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Mostrando entradas de marzo, 2006

También me equivoco

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Acabaron de cenar y fueron saliendo por la puerta del restaurante. M. iba solo, caminando delante de ella, a unos pocos metros giró a la derecha y entró en el local en el que habitualmente se reunían.
Después de lo que la habían contado durante la cena, y al menos hasta que tuviera un momento para pensarlo, no quería encontrárselo, así que esperó a que alguien más saliera del restaurante. Esperó en vano, el destino nunca la había ayudado y no iba a empezar ahora, ¿no?.

M. asomó la cabeza a ver si llegaba alguien más y ella echó a andar, tampoco quería que la viera parada en medio de la calle.
Llegó a la puerta y comenzó a subir los escalones, mirándolos, uno a uno.
Cuando llegó al último vió también que la puerta estaba abierta, M. la sujetaba, sonriendo, esperando a que ella entrara, como si nada hubiera pasado.

Mucho tiempo después se dió cuenta de que seguramente las cosas no eran como se las habían contado, pero el daño ya estaba hecho.
No volvió a verlo.

No hay un nosotros

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Sentada junto a él miraba lo que M. había sacado de la cartera. Le pareció realmente curioso, y le preguntó si llevaba más cosas parecidas. M. contestó que no, abriendo la cartera y dejando ver la foto de su pareja. Era un detalle tan romántico y a la vez ponía tanta distancia entre ellos, que una vez más pensó que allí estaba fuera de lugar. Claro que M. era adorable, pero sencillamente nunca lo sería con ella.
No recordaba cuando fue la última vez que había ido allí sin pensar si encontraría a M.
Desde la primera vez, siempre esperó volver a encontrarlo, y desde la primera vez, ya sabía que no tendría ninguna posibilidad.
Ahora que hacía más de un año que no le veía, pensaba en aquellos momentos como si fuera otra persona la que los hubiera vivido, tal vez deseando que hubiera sido otra persona la que los hubiera vivido y hasta en eso se engañaba, ya que si después de tanto tiempo aún le dolía, era porque aunque sólo fuera con dolor, quería que su amor siguiera vivo.

Alegría

Aún resuena en mis oidos la risa del Arcángel, pilla, simpática y revoltosa, y no podía ser menos, porque es nieto de mi querido amigo Vicente, una persona extraordinaria en todos los sentidos, con un sentido del humor genial y travieso.

Son muchas veces las que nos reimos sacando punta a todo lo divino y lo humano, nunca deja de sorprenderme su intrínseca bondad y su valor, siempre es un placer conversar con él, y si además la conversación está llena de alegría y de luz, de flores, de mar, de fallas, de pólvora y de gente, de la vida que transcurre formando a cada pequeño paso un trozo de historia, queda en el alma una agradable sensación de paz.

La flor del almendro

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Cuando me tuve que meter en cama por el gripazo era aún invierno, hacía tanto frio que la calefacción no paraba de funcionar durante todo el día.

Antes de ayer salí al jardín a darle un achuchón a Patonetes y todo el calor de la vida que contiene la primavera me penetró en los pulmones.
Menudo escalofrío.
Pensé que me había vuelto a subir la fiebre, pero no, inesperadamente me dí cuenta de que todo lo que me rodeaba había cambiado en unos pocos dias.
La primavera ya está aqui y se ha llevado todos mis males, o casi todos, los que quedan caerán como frutas maduras a no mucho tardar.

La Reina me vió salir de casa y vino corriendo a darme un beso.
Cuando la abracé, percibí el aroma de su cabello ardiendo por el sol, el de la brisa que ha pasado entre las flores y ha acariciado su piel, percibí el pulso de la vida, de mi propia vida que vive en ella.

Creo que no hay otra forma de describir la felicidad.

Para el Arcángel

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Pues nada, que lo prometido es deuda, así que antes de desconectarme del blog quiero dejar un par de enlaces para el Arcángel, que sé que me visita.
Son dos juegos, a mi Reina le encantan, así que espero que también le gusten a él. Aqui está el del tablero de colores, y aqui el de los ladrillos.

Gripazo

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Tengo un gripazo que me asola las vias respiratorias, de tal forma, que parecen conductos creados con el único fin de estar inundados de mucosidades más o menos viscosas. Puaj, qué asco.
Odio estar enferma, me pongo aún más borde de lo habitual, eso si, se me pasa cualquier atisbo de nostalgia, depre o estados de ánimo similares. Será una autodefensa o algo.

El problema es que me pasa lo mismo con los demás, siento empatía cero por los malestares de mis supuestos congéneres. Lo dicho, un asco. Y si a eso le sumo que ya me tocan de por si las narices ciertos temas recurrentes, pues entonces lo mejor es dejar este post y seguir en otro momento más adecuado y conveniente.

Adivina, adivinanza

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20Q es un programa que trata de adivinar en qué estás pensando a través de una serie de preguntas, y suele acertar.
Eso si, no sabe lo que es una nube, ni lo que es una bola del mundo, ni lo que es M., pero vamos, aún así mola, y además ahora lo hay de bolsillo.

¿Como te ves?

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Cómo te ves depende de hacia dónde vayas.

Mira qué frase más sencilla y cuanto contenido.
Andaba leyendo el Gadgetoblog y me he topado con esta frase que me ha hecho pensar, y eso es bueno, a veces, hoy debe ser una de ellas.

Las crónicas de Riddick

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Las crónicas de Riddick se estrenó en Madrid por el 2004 ó 2005.
Recuerdo que fui al cine y la tenían en cartel, pero no entré a verla porque por entonces no sabía quien era Vin Diesel, ni había visto Pitch Black, ni me sonaba de nada.
Me llamó la atención el poster de la película, y qué demonios, el mismo Vin Diesel que está como un tren, pero me decidí por lo seguro, entré a ver una película de corte comercial que no consigo recordar ni cual fue.
El otro día me compre el DVD y aluciné, me encanta la peli, y si, he sido gilipollas por no haber ido a verla al cine, por no haber hecho caso de mi instinto y entrar a verla, por haber perdido aquella tarde viendo no sé ni el qué, y por haberme dejado llevar por lo conocido, por la rutina y por el gusto de la mayoría.

Siempre que hago caso a mis prejuicios me pierdo algo fantástico. No falla.

De nuevo, Marzo

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Al final de cada mes arranco la hoja del calendario.
Cada vez que lo hago le echo un último vistazo, miro las anotaciones que he ido haciendo, recuerdo las cosas que han pasado y rompo la hoja.
Se agolpan buenos y malos recuerdos, es un balance exprés de mi vida, en un segundo, que desaparece con el sonido de la hoja rasgándose. No vuelvo a pensar en ello, no me gusta hacer balances, porque ya hace demasiado tiempo que no gano nada con ellos.
Tiro la hoja y miro el mes que vendrá. Observo cada día, intentando adivinar qué es lo que ocurrirá, qué camino seguiré, qué personas conoceré y cómo seré al final de ese mes, cuando me acerque de nuevo al calendario, le eche un último vistazo, y arranque la hoja.

Si hablara, sería un chillón

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De vez en cuando cometemos locuras y eso nos hace sentirnos libres.
No hay nada más maravilloso que romper una regla que sigues a diario, al pie de la letra, que cumples como si en ello te fuera la vida, para ver que después de romperla no pasa absolutamente nada, o lo que pasa lo puedes asumir con total tranquilidad. No importa que la regla sea fundamental en tu vida, pero si lo es, mayor es el sensación de libertad.
Es como salirte del camino que te lleva a casa, perderte durante un rato a ver qué hay por ahi, y descubrir un paisaje fantástico.
Cuando al dia siguiente vuelves por el camino de siempre, y llegas al punto donde decidiste cambiar de ruta, sabes que puedes decidir seguir adelante o volver a perderte, la decisión es sólo tuya, y si sigues adelante ya no lo haces por costumbre, sino porque quieres.
La libertad nos hace amar la vida, porque nos deja elegir amarla, pero se paga, y suele salir muy cara, aunque en este caso no lo fue mucho, estaba de rebajas. Ahora sólo queda…

La década del buey

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Hoy hace diez años que compramos la casa en la que vivimos.
Pusimos muchas ilusiones en juego, nos arriesgamos y ganamos.
Por aquel entonces vivíamos entre Madrid y Martos, un pueblo de Jaén, y veníamos a ver la casa los fines de semana, pensando cómo reformarla, cuanto nos costaría vivir en ella, si conseguiríamos cerrar la operación felizmente, en fin, soñábamos.
En estos diez años han pasado muchas cosas, la casa ya no es la misma, yo tampoco, y sin embargo, recuerdo con nostalgia aquellos días. No me arrepiento de haberme embarcado en aquella aventura, pero no la repetiría, no compensa tirar del carro, el yugo hace mella en el alma, que debe ser siempre libre.