5 de septiembre de 2007

Rosas negras

Va a encontrarse con él en uno de los barrios marginales de la ciudad.

Los bloques de pisos se amontonan sin sentido, dejando apenas espacio entre ellos para que se acumulen los cubos de basura.

Casi es de noche y empieza a sentir miedo de que algo en ella la delate como ajena a este mundo olvidado, pero pasa desapercibida y consigue llegar al portal.

Él vive en el último piso y cuando acaba de subir las escaleras siente que le falta la respiración. Llama a la puerta pero no hay respuesta. Se abre la puerta a su espalda y sale de ella una mujer con la que parece que la vida se ha ensañado con placer. Su pelo está arremolinado alrededor de su cabeza y le tapa prácticamente la cara, pero se puede adivinar el desprecio en su mirada.
Abre su boca de forma que parece que sonríe:
- Tiene que llamar más fuerte, el cabrón estará durmiendo, como siempre.
Vuelve a llamar, con más fuerza y espera.
- Si eso es todo lo fuerte que puede aporrear la puerta, le está haciendo ganar el dinero muy fácilmente, menudo vago. Aunque a ti ya te debería dar vergüenza.

Está completamente desnudo, la invita a pasar y cierra la puerta.
- Deja la pasta sobre la mesa. Me voy a dar una ducha. Qué pronto has llegado, joder.

Entra en la única habitación del piso. En la esquina hay una mesa llena de libros sobre la que deja el dinero. 150 euros. La cama ocupa casi toda la habitación y frente a ella hay dos ventanas, se acerca y mira a través de una de ellas. Sólo un mar de tejados renegridos por la contaminación.
En la calle, las pocas farolas que están en pie prefieren no echar demasiada luz sobre este infierno. Cierra las cortinas.

La puerta del cuarto de baño está abierta y puede verle. No sabe la edad que tiene, pero no llega a los treinta. Es alto, su cuerpo es musculoso y el pelo le cae sobre los hombros. Su belleza es salvaje y sus movimientos arrogantes.
Se seca con una toalla que tira al suelo.

- ¿Aún estás vestida?.
- Tenemos que hablar.
- Claro mujer, pero después.