24 de diciembre de 2007

Feliz Navidad

- ¿Se imagina que los deseos pudiesen conventirse en reales?, ¿qué desearía?.
Me lo dijo sin apenas darle importancia. Ibamos sentados el uno al lado del otro, nos conocíamos sólo hacía unos minutos, desde que entré en el vagón del metro y me senté a su lado.
Era un hombre mayor, tendría unos setenta años, los ojos azules como el cielo, el pelo ya completamente blanco. Vestía una cazadora roja, pantalones oscuros y botas de montaña. La barba le caía hasta el pecho y su aspecto era el de una persona pulcra y amable, sonriente.

Habíamos hablado del tiempo, del frío que estaba haciendo, de lo tremendo que es ir por Madrid en estos días, llenos de gente yendo de un lado para otro, comprando regalos, encontrándose con los amigos, con los familiares, aprovechando este ambiente que invita a tratar de ser un poco mejor, aunque sea sólo por una vez al año.

Al escuchar la pregunta le miré divertida, pensando qué es lo que más deseaba en ese momento, que me gustara que fuera realidad. Pensé en que me acababa de tocar la pedrea de la lotería y el reintegro, no era mucho, pero me hizo feliz. Pensé en mi familia, que están todos bien, con trabajo, con salud, sin demasiadas preocupaciones, pensé en mis amigos, en la gente del trabajo, miré a las personas sentadas cerca de mi, los chavales, la abuela con su nieta, el ejecutivo leyendo el periódico, la pandilla del fondo, la chica envuelta en una enorme bufanda azul y le contesté,
- Desearía que todo el mundo fuese feliz esta Navidad, completamente feliz, aunque fuera sólo por un día. Se lo merecen, nos lo merecemos, todos deberíamos poder vivir un día en el que supiéramos que todo el mundo, en el mismo momento, fuera tan completamente feliz como nosotros.
- ¿Nada más?
- Bueno, me parece que eso sería más que suficiente.
- Quien sabe, si lo desea mucho tal vez su deseo se haga realidad.

Me sonrió y por un momento parecía estar hablando completamente en serio. Ya no era una conversación trivial de una parada a otra, parecía como si estuviera convencido de que mi deseo se podría cumplir. Le devolví la sonrisa y por un momento creí que era posible, me sentí bien al pensar que podría ser posible.

Llegaba mi parada, tenía que bajarme.
- Me bajo en esta parada, ha sido un placer charlar con usted.
Me levanté, cogí mi bolso, el paraguas, las bolsas con los regalos. El vagón se detuvo y abrió las puertas.
- Igualmente.
- Muchas gracias, le deseo que tenga una muy Feliz Navidad.
Le sonreí y mientras me daba la vuelta me contestó,
- Lo mismo deseo para ti, Marena.
Me detuve y le miré ¿cómo sabía mi nombre? no se lo había dicho. Las puertas iban a cerrarse, no podía quedarme a averigüarlo.
Me miró travieso, se quitó la gorra roja, a modo de despedida y rió,
- Jo jo jo, te deseo que seas muy feliz esta Navidad.

Salí del vagón y me quedé allí parada, sin poder creerlo, mirándo como se alejaba.
El aire olía a mazapán, a flores de almendro y a gominolas, me sentí en una nube y miré a mi alrededor buscando a alguien que tambien lo hubiera visto, que también se hubiera dado cuenta, pero ya no quedaba nadie en el andén.

Caminé hacia las escaleras, pensando en lo que había ocurrido. Al salir comenzó a nevar, la ciudad parecía distinta, las luces eran cálidas, se escuchaban campanillas, villancicos y risas, la gente caminaba tranquila y alegre, algo había cambiado.
Parecía como si todo el mundo sintiera que mañana sería una Navidad feliz para todos.

2 de diciembre de 2007

La rosa azul

El amor es un cúmulo de momentos que se van hilvanando con suavidad.
Apenas sin darte cuenta se van arropando alrededor de tu corazón, llenandolo de frescor, de vida, de ilusión y de proyectos.
El amor es el tiempo que llenamos con los mejores sentimientos, es la construcción más esforzada y delicada porque al estar formada sólo por pensamientos intangibles, se ve amenazada constantemente por el olvido y la pérdida.

Podemos olvidar los gestos generosos, las palabras escuchadas en el momento preciso que nos ayudaron a salir de una encrucijada, las caricias y los abrazos que nos prestaron su calor cuando más lo necesitábamos.

Y cuando eso ocurre, cuando olvidamos, perdemos no sólo la conciencia de que inspiramos el amor, sino que también perdemos una parte de nosotros mismos, lo que fuimos capaces de ser para inspirarlo.

En la rosa azul cada pétalo se abraza suavemente, como si supiera que cuando deje de hacerlo, caerá.
Podría existir así para siempre, debería existir así para siempre, pero la realidad no se detiene como en una fotografía, el tiempo transcurre.
Primero cede uno, después otro y van dejando al descubierto el corazón de la rosa, que no puede sobrevivir expuesto.