22 de noviembre de 2008

Hogar

Solitario y gris, el humo del cigarrillo inunda la habitación.
A través de la puerta la cálida luz del sol lo ilumina y descubre algodonadas formas, que revolotean y se acarician.

La música llega desda la cocina, Paul Young canta wherever I lay my hat, that´s my home, y el Oráculo se inclina sobre la mesa del comedor, poniendo una pieza más en el puzzle.

El pequeño Miki se estira sobre mis zapatillas y cambia de postura, la televisión está apagada, mas allá de la ventana el viento agita suavemente las ramas de los árboles, casi vacías, y las últimas hojas se deslizan lentamente hacia el suelo, que cubierto de cientos de ellas parece un mar de olas amarillas y ocres.

El cielo es completamente azul, llega el silencio e inunda cada espacio como un océano de calma, sólo escucho mi respiración.

Siento que el Oráculo camina hacia la caja del puzzle y busca alguna pieza, la elige, y después vuelve al puzzle.
Me giro a mirarle y está sobre la mesa, observando cual es el lugar perfecto para ella. Lo encuentra.
Levanta la cabeza y me mira.

- ¿Qué pasa pequeñita?
- Que te quiero

30 de septiembre de 2008

Hyde Park

El Señor Hyde caminaba tambaleándose directamente hacia ella, unos pasos más y conseguiría tocarla.
Se mantuvo firme, mirándole, observando su ropa hecha jirones, viendo como la sangre se derramaba de sus heridas.

Alzó su brazo derecho, sosteniendo con fuerza el revólver, la mano izquierda rodeó la muñeca y apuntó a la cabeza.
Un disparo, dos, y el gigante cayó a sus pies. Rozó levemente la punta de su zapato.

Dejó caer el revólver, se giró hacia la barra y apuró el último sorbo del martini.
Recogió la gabardina del taburete, se la puso y caminó hacia la puerta, lentamente.
El silencio era tenso, espeso, como la niebla de humo en la que el bar estaba envuelto.
Se apartaron para dejarla pasar y alguien abrió la puerta.

Salió a la calle y la lluvia comenzó a mojarle el cabello, el Doctor Jekyll la esperaba fuera, paciente, sabía que lo conseguiría. Abrió su paraguas y la abrazó, cobijándola en él.

14 de septiembre de 2008

El Anillo Único

Desde el miércoles, cualquier cosa que suceda se la achaco al colisionador de hadrones, también conocido como LHC.

Si hay un atasco poco habitual de camino al trabajo, si se cae el bote de bolis de la mesa, si hace mucho calor o frio, si graniza hielo del tamaño de pelotas de pin-pon, no me caben los pantalones que llevaba antes del verano o tengo migraña, de todo tiene la culpa el colisionador de hadrones.

Y es que el fin del mundo se acerca, poco a poco, no iba a ser algo automático, que se abriera el agujero negro de un pis pas y todos al vacío interestelar pasando por Ginebra, no, se producirán pequeños cambios a nivel molecular y en unos años, zas!, la Tierra será engullida en el interior del LHC y desaparecerá.

Así que ya no hay de qué preocuparse, acabaremos siendo polvo estelar y nada importará, nadie se acordará de que una vez existimos y en el lugar en el que ahora está el planeta Tierra sólo quedará un anillo de 27 kilómetros de diámetro con un feliz bosón de Higgs girando en su interior.

Unos cuantos años después el anillo acabará rompiéndose, el bosón saldrá de su interior y un nuevo universo comenzará a crearse.

En el principio el bosón creará los cielos y la tierra, la tierra estará desordenada y vacía y las tinieblas estarán sobre la faz del abismo y el espíritu del bosón se moverá sobre la faz de las aguas.
El bosón dirá, hágase la luz y la luz se hará.
Y verá el bosón que la luz es buena, y separará la luz de las tinieblas...

10 de julio de 2008

Rendición

Camina lentamente hacia la casa, con aspecto cansado, sus pisadas van dejando huella en la nieve, atrás queda la noche helada.
Los copos caen sobre su rostro y se licúan, confundiéndose con las lágrimas que queman sobre sus mejillas.

Le ha costado toda una vida llegar hasta el cálido umbral, y ahora que se encuentra frente a él, no encuentra qué sentido tiene atravesarlo.
Sabe lo que le espera dentro, sabe que ese es su sitio.

Cae sobre su rodillas, rendida, buscando una respuesta que no llegará.

15 de junio de 2008

Entrevista con Vicente

Mi querido amigo Vicente me ha hecho una entrevista para Periodista Digital, podéis verla directamente aqui.

Cuando escribí las respuestas pensaba que teníamos una conversación compartiendo una paella al lado del mar mediterráneo, en Valencia.
Así fue mucho más fácil porque Vicente es una persona alegre, cercana y buena, y eso me hizo tener el ánimo de decir las cosas desde el corazón.

Confieso que cuando la he visto publicada me he sentido algo expuesta, pero espero que sirva para que los superdotados que se sienten algo desorientados encuentren una respuesta más que les ayude a encontrar su propio camino.

"María Paz Díaz Pérez: "Hay que tener en cuenta que la sociedad no tolera bien las diferencias, sean del tipo que sean"

06.06.08 | 12:42. Archivado en Educación
Vicente Torres (PD)-. María Paz Díaz Pérez nació en Valladolid el 18 de noviembre de 1967. Estudió en un colegio privado y a los 21 años dejó la licenciatura de derecho. Estuvo hasta los 24 años trabajando hasta que se casó. Acabó retomando sus estudios y acabó la carrera. Trabajó de pasante en un despacho de abogados y llegó a poner su propio despacho que compaginaba con otros empleos. Decidió dejar de trabajar cuando se quedó embarazada de su hija. Actualmente trabaja como Técnico de formación para una empresa pública y tiene el blog El Color del Cristal.
-¿Cuándo supiste que eres superdotada?
Demasiado tarde, con 34 años, aunque desde niña supe que era diferente. Me resultaba evidente que era capaz de aprender más rápido que los demás, mi capacidad para expresarme y resolver cualquier problema era superior y mi imaginación volaba realmente más allá de lo normal.
Todos esos indicadores me hacían pensar que era diferente, pero no necesariamente que fuera mucho más inteligente. Ni en mi familia, ni en el colegio, ni siquiera en la sociedad se valoraban esas características como determinantes de una inteligencia superior.
Cuando me quedé embarazada y llegó mi hija, comencé a ver en ella comportamientos que no eran los que cabía esperar para una niña de su edad. Investigué tratando de saber qué podía esperar de su evolución y así llegué a darme cuenta de que tanto ella como yo cumplíamos el perfil que poseen los superdotados. Realicé el test de Mensa, una asociación de superdotados y confirmé lo que ya esperaba.
-Tengo entendido que tu infancia transcurrió en un lugar muy céntrico de Madrid. ¿Cómo eras entonces?
Me gusta pensar que entonces era como soy ahora, he tratado de evolucionar hacia la inocencia de aquellos días. Crecí buscando respuestas que ya tenía y ahora sólo disfruto del conocimiento. Resultó muy dificil crecer ignorando cual era la barrera que aparentemente me separaba de los demás, y ahora que lo sé, sólo siento que necesito descansar de tanta búsqueda y tratar de ser feliz.
-Tras estudiar derecho, pasaste a trabajar en un despacho de abogados. Abandonaste el trabajo para cuidar a tu hija, que acababa de nacer. ¿Te costó mucho dar este paso?
Fué la decisión más fácil que he tomado y de la que menos me he arrepentido. Creo que la sociedad no valora la importancia de cuidar de los niños cuando más lo necesitan, de estar con ellos cuando empiezan a aprender qué es el cariño y el amor, qué pueden esperar del mundo que les rodea. Soy consciente de que tuve el privilegio de poder cuidar de mi hija y lo aproveché, pero creo que todo el mundo debería poder tener ese privilegio.
-Eres una mujer muy romántica y sensible, capaz de pasar el rato en tu jardín mirando a las ardillas o escuchando el canto de los pájaros, aunque al mismo tiempo eres capaz de tomar decisiones sin vacilar. ¿Qué cosas te duelen más en la vida? ¿Qué decisión te ha costado más de tomar?
Me duele la maldad, es lo único que realmente me ofende. Todo lo demás es comprensible y justificable. Comprendo la vida en toda su amplitud, comprendo a las personas y asumo cualquier inconveniente, nadie es perfecto, pero lo que no apruebo es que las personas no traten de ser mejores consigo mismas y con los demás.
Creo que he dirigido mi vida influida por ese convencimiento, y en cualquier decisión que he tomado siempre he valorado el bien que se pudiera llegar a conseguir. La sensibilidad ayuda a tomar mejores decisiones, cuando te abres a lo que te rodea posees más información y puedes decidir más acertadamente.
-¿Qué diferencias ves entre los superdotados y quienes no lo son?
Creo que en general los superdotados tienen más curiosidad por aprender cosas nuevas, son intelectualmente más inquietos, más observadores, y poseen un sentido de la lógica y la justicia más acusado. Son precisamente estas características las que hacen que se sientan injustamente valorados, lo perciben de una forma más nítida.

-¿Crees que los superdotados pueden aportar algo a la sociedad?
Como individuos y como colectivo podrían aportar mucho a la sociedad, si la sociedad supiera cómo entenderles, porque de hecho existe una absoluta falta de comunicación.
-¿Por qué crees que los superdotados tienen tan escasa tendencia a asociarse?
Porque no han sido educados desde niños a asociarse. Al contrario que los demás niños que pueden experimentar y crecer con otros niños, los superdotados no pueden hacerlo, no tienen compañeros de juegos, crecen en soledad. Las personas no somos necesariamente seres sociales, pertenecer a un grupo es bueno si te ayuda a mejorar, te aporta algo y puedes aportar algo al grupo, de lo contrario, no tiene sentido.
Los superdotados no podemos socializarnos de forma completa porque la relación intelectual con los demás es prácticamente inexistente, y eso acaba por alejarnos también emocionalmente. No puedes compartir el sentimiento de soledad e incomunicación intelectual con quien nunca lo ha sentido.
¿Harías algo para modificar esta circunstancia?
Por supuesto que si, desgraciadamente no tengo las herramientas para hacerlo, que son fundamentalmente políticas y legislativas. No basta con que exista una Ley, hay que poner los medios y los recursos para hacer que se cumpla. Hay que tener muy claro el objetivo que se quiere conseguir y que este objetivo supondrá un beneficio para los superdotados y para la sociedad. En mi opinión, la legislación actual no supone ningún beneficio para los superdotados como colectivo y por tanto, tampoco lo supondrá para la sociedad.
Los superdotados deberían poder crecer y desarrollarse dentro de su normalidad, que no es la de los demás, no se puede tratar de igual forma a los que son distintos.
-¿Crees que los niños superdotados están siendo bien atendidos en nuestro país?
Definitivamente no. La inteligencia en nuestra cultura es un motivo más para envidiar. Desde niños sabemos que es una característica que conviene ocultar frente a quien no la posee, que no está reconocida como tal y de la que no obtendremos ningún beneficio. Hay que tener en cuenta que la sociedad no tolera bien las diferencias, sean del tipo que sean.
No se están tomando medidas eficaces, no existen programas orientados específicamente a la identificación de los superdotados, ni a su orientación, ni a la relación con sus iguales, que sería fundamental para que pudieran crecer con normalidad.
Se trata de solucionar con parches a un sistema educativo que en esencia resulta perjudicial para los superdotados. Tampoco resulta conveniente desde un punto de vista emocional adelantar uno o varios cursos a un niño superdotado y obligarlo a relacionarse emocionalmente con personas adultas. Un niño superdotado sigue siendo emocionalmente un niño y debe ser tratado como tal.
Aunque se están dando pasos para tratar de solucionar la problemática de los superdotados, no se están dando en la dirección correcta, existe buena intención, pero también existe una absoluta falta de información."

6 de junio de 2008

Lágrimas de sangre

En una profunda y lúgubre noche sin luna los Demonios ascendían lentamente al techo de la montaña.
Subían en fila de tres, por un angosto pasadizo, entre brillantes y negros peñascos empapados de fina lluvia, iluminados por el fuego de las antorchas, susurrando un cántico sobrecogedor.

Ocultos bajo las capuchas de las túnicas escondían los acartonados y ennegrecidos rostros, reflejo de sus almas, depravadas y malditas.
Las manos entrelazadas sobre el pecho eran huesudas y ásperas, el olor, pestilente.
Uno tras otro iban llegando y colocándose en círculo para dar paso al Ritual, y una vez éste terminara, los Ángeles caerían fulminados y acabarían al fin con cualquier rastro de bondad.

Porque los Ángeles eran la esencia de la pureza y la bondad, bellos y majestuosos, la luz que emitían deslumbraba como la misma luz del sol.
Los pocos Demonios que habían sobrevivido a su ataque los describían como gigantescos y musculosos cuerpos del color de la más pura nieve, cegadora, cubiertos de un fino vello que se agitaba con el combate.
Sus alas cubiertas de nacaradas plumas batían el aire con fuerza, con un ruido ensordecedor, y desplegadas por encima de sus cabezas los sostenían mientras los rayos que surgían de sus manos pulverizaban todo aquello que tocaban, pero no eran inmortales.

Sólo quedaban unos pocos y menos aún eran los que infiltrados en la comitiva, alertados de la celebración del Ritual, esperaban el momento preciso para atacar.
Ocultos bajo las mismas túnicas, pintados los rostros con carbón, encorvados, con sus articulaciones forzadas a parecer deformes y las alas replegadas, ascendían al lado de sus enemigos.
El dolor del hedor penetrando en sus pulmones, como bocanadas de venenoso humo, corroía la pureza de sus cuerpos.
Esperaban alcanzar la cima y allí se descubrirían, volarían por encima de los Demonios y detendrían el Ritual.

Pero entonces comenzó a llover con fuerza, con tanta fuerza que las holgadas capuchas se empaparon y el agua discurrió libremente por sus rostros, el tizne se diluyó y las blancas pieles resplandecieron.
Su disfraz, desapareció.
Parecía que la balanza del destino, esa noche, había decidido inclinarse definitivamente del lado de la maldad.

Descubierto el engaño, los Demonios cargaron contra ellos sujetándolos de las túnicas que los envolvían, clavandoles sus garras en la blanca carne, desgarrándola. Con las alas aún replegadas, resistieron hasta que su luz se apagó.
Pero algunos consiguieron liberarse y combatieron, consiguiendo llegar hasta la cumbre, brillaban en su cima, con los cuerpos ensangrentados, con las alas desechas que apenas los sostenían.
El combate era tan desigual que uno tras otro fueron cayendo sobre los Demonios, que los despedazaban.

El último de ellos, el más poderoso, el más hermoso, consiguió alzar el vuelo por encima de la masacre. El ruido de sus magníficas alas cortando el viento detuvo por un instante cualquier otro movimiento, sólo la lluvia cubría impasible tan siniestro escenario.
Desde el cielo los rayos de sus manos abrasaban los cuerpos de los Demonios, que inmóviles como estatuas esperaban pacientes que cayera.

Sintiéndose impotente, herido de muerte, vertiendo la roja sangre sobre sus verdugos, contempló el final de sus hermanos, sintió su propio final y gritó salvajemente.
Y fue entonces cuando lo sintió, sintió la presencia de Él.

Era tan hermoso contemplarlo suspendido sobre aquella turba de malolientes seres, era tan vibrante la fuerza que desprendía, era tan brillante su blanca luz, que Él se sintió atraído por su belleza, por su valor, se sintió atraído por la pasión con que se aferraba al combate y a la vida.

Le miró mientras batía sus ensangrentadas alas, mientras sus lágrimas se confundían con el negro del carbón y el rojo de la sangre.
Le miró y alzando una mano lo sostuvo en el aire para que no cayera, mientras que con la otra, lentamente, con la palma hacia abajo y como si de una suave brisa se tratara, despojó de cualquier atisbo de vida la cumbre de la montaña.

Lo posó sobre los montones de cadáveres de Ángeles y Demonios que allí yacían, y sin ningún asomo de culpa, sin que ya tuviera ninguna importancia, sin recordarlo si quiera, miró hacia otro lado y se desvaneció.

El Ángel, completamente solo y confuso, comenzó a entender cual era el sentido de toda aquella lucha, de tanto sufrimiento y tanta muerte.

18 de mayo de 2008

Todos esos momentos

Abrió los ojos y reconoció la habitación. La botella de Moët estaba sobre la mesa, al fondo, junto a las dos copas.
Así que finalmente acabaron aqui.
No recordaba mucho más que una bruma llena de sensaciones y calor, de labios y gemidos, de sábanas ardientes y cuerpos desbordados por la pasión.

Habían quedado a cenar en el restaurante del hotel de Las Letras para hablar del último libro que estaba escribiendo, y estaban acabando cuando se desató la tormenta, fue implacable, rios de agua se vertían sobre las calles, el espectáculo era sobrecogedor y nada invitaba a introducirse en él.

Demoraron la despedida hasta que el cielo se abriera y decidieron tomar una última copa en el salón, pero el cielo se convirtió en firme cómplice de lo que sucedería y continuó impidiéndoles abandonar el hotel.

Con el tiempo la conversación fue perdiéndose por los lugares más intimos y para cuando la lluvia dejó de golpear con fuerza las ventanas, ya sabían que no querían que la noche acabara.
Comprendieron que ese instante era único.
Llegó el primer beso, la primera caricia, y después nada pudo contenerles. Sintió como si siempre hubiera besado aquellos labios, como si siempre la hubieran abrazado aquellos brazos.
Imparable, como la tormenta, el deseo se convirtió en lo único que era posible, contemplaron esos momentos como aquellos por los que merece la pena existir, solo importaba el ahora, el día de mañana nunca llegaría.

Pero ese día llegó, y era hoy.
Se giró y allí estaba, con su cabeza apoyada sobre la almohada, las sábanas dejaban al descubierto su espalda, pensó que era tan bello que dolía estar allí sin acariciarlo.

Se levantó sin hacer ruido, recogió la ropa y entró en el baño para vestirse.
Al minuto salió, él seguía durmiendo, aún no había despertado del mágico sueño que los había envuelto. Se acercó, despacio, y le besó en la frente, después se dirigió a la puerta y sin mirar atrás, abandonó la habitación.

15 de mayo de 2008

La buena educación

Cuando tienes que compartir un montón de horas con una persona, hay que tener muy presente que la amabilidad es un aspecto de la conducta que se debe cuidar al máximo.

Si eres borde, quédate en casa y pide la baja por insoportable, seguro que el médico, a poco que sea buena gente y se solidarice con tus compañeros de curro, te la firma.

Si eres ordinario, métete un calcetín en la boca, que hayas usado durante una semana completa sin ducharte, así podrás tener una idea algo aproximada del sabor que tienen las expresiones que utilizas.

Si vas de oseasoylomás, cuando te levantes por la mañana ponte un tutú rosa pálido y una diadema cuajada de brillantitos del mismo color, y por favor, no te olvides las bailarinas con lazos de raso, así podrás comprobar cual es la imagen exacta que transmites con tu actitud.

Porque la amabilidad esconde la realidad.
El silencio y una sonrisa te debería indicar que tal vez estés superando el límite de lo humanamente tolerable.
También soy borde, también soy ordinaria, también soy osealomás, soy tan humana como tú, pero no estoy tan mal educada como para ir anunciándolo en neón a cada minuto del día.

Resulta que la naturalidad ha adquirido un nuevo significado, ahora ser "natural" equivale a invadir el espacio y la sensibilidad de los que te rodean en un perímetro de al menos cincuenta metros.

Que sientes la necesidad de estar con cara de ajo y soltar sarcasmos a cada oportunidad, pues venga todo el día con cara de ajo, después te extrañarás de que la gente huya cuando te ve aparecer.
Que no sabes decir una frase sin intercalar "mari" unas siete veces, pues no te cortes, la comunicación está sobrevalorada, seguro que esa debe ser la razón por la que las conversaciones contigo no duran más de dos minutos.
Que tu autoestima está tan ausente que tienes que ser la viva imagen de la princesa Letizia, si, con "z", pues osea, vale, cariño, lo entiendo, eres super, super natural, en realidad estás de muy de moda, eres lo más y si los demás no se rinden a tus pies es que son todos unos envidiosos.

Qué poco valorada está la amabilidad.

Porque la buena educación importa, para todo.
No es lo mismo hablar a gritos que hablar en un tono adecuado, ni utilizar palabras soeces a no hacerlo, ni comer como un cerdo que comer como una persona.
No es lo mismo decir buenos días que decir "eeeh", ni existe la necesidad de saber qué es lo que exactamente vas a hacer al cuarto de baño, ni importa más allá del interés por tu salud, los detalles específicos de tus dolencias gástricas.
Y si alguien se interesa por tu bebé, es por la idea general de tu bebé, incluso podrías hablar de los agradables sentimientos que produce ser madre, pero ahórrate las diferentes formas en que consigue expulsar la comida de su cuerpo.

Existe tanta belleza en la naturaleza que nos rodea que al menos deberías tratar de no desentonar.

Lo siento, pero a medida que pasa el tiempo cada vez voy valorando más los detalles, la delicadeza, la elegancia, y me produce repugnancia la absoluta carencia de armonía.
Cada uno en su casa que haga lo que quiera, pero por favor, cuando se comparte espacio con alguien hay que intentar, al menos intentar, no ser rematadamente "natural".

14 de abril de 2008

Irregular

Gerry era incapaz de mantener la regularidad en nada de lo que hacía. Perdió sus anteriores empleos porque aunque se aplicaba con todo su esfuerzo en la tarea que se le encomendase, no conseguía hacerlo de forma continuada.

Le pedían que repusiera los estantes de las conservas y cuando el encargado iba a revisar su tarea, Gerry ya no estaba, la estantería estaba medio vacía y Gerry andaba llevando las bolsas a una anciana a su automóvil, o se había dedicado a barrer el almacén, que seguro que necesitaba un repaso, pero no en ese preciso momento.
"Prioridades, Gerry, prioridades ¿como te lo tengo que decir? así no vas a durar aqui, muchacho".

Era un buen chaval y todos los que le despidieron de sus anteriores trabajos lo hicieron con una gran pena, que olvidaron al minuto siguiente.
"El tiempo no espera a nadie Gerry, debes hacer lo que debes hacer y cuando debes hacerlo, lo demás no importa, si no, el momento pasa y no vuelve", recordaba las palabras de su madre como si estuviera allí mismo diciéndoselas, aunque hiciera años que había muerto.

Así que consiguió un préstamo de Johnny "cooldead" y puso una tienda. Sin encargados que le despidieran llevaría su propio negocio sin problemas, le caía bien a la gente, eso sería suficiente para sacarlo adelante.

El primer día se prometió que dedicaría todas sus fuerzas a limpiar el local y cuando cayó la noche sólo había conseguido sacar algunas cajas del almacén, limpiar parte del mostrador y los cristales, arreglar dos de las cuatro luces y poner parte del escaparate.
Unos días después no había avanzado mucho más, pero puso el cartel de abierto. Casi nadie entró, los que lo hicieron pensaron que aún seguía de mudanza y como Gerry no estaba en ese preciso momento detrás del mostrador, no pudo invitarles a entrar.

Pasaron varias semanas hasta que la tienda empezó a parecerlo.
Las mercancías estaban expuestas, no todas, pero sí la gran mayoría, la tienda no estaba limpia, aunque tampoco estaba realmente sucia.
La máquina de café seguía con el cartel de "No funciona", no había helados porque Gerry aún no había enchufado el congelador, y el horno del pan siempre lo quemaba, había que estar allí cuando sonara el timbre para sacarlo recién hecho, y Gerry nunca estaba donde debería estar.

Los chavales del barrio se animaban a entrar y robar algunas cosas, no muchas, porque les resultaba demasiado fácil hacerlo.
A veces se cruzaban con Gerry en el pasillo, cargado con alguna caja de camino a algún sitio, o sacando las bolsas de pan quemado a la basura y siempre les decía "Ahora mismo estoy con vosotros".
Cambiaron su juego y empezaron a jugar a esperarle para que les cobrara lo que habían cogido, y el que ganó fue Mickey, el más pequeño, aguantó hasta pasadas las diez de la noche para que le cobrara una bolsa de golosinas, fueron cinco horas de larga espera que exhibía con orgullo en la pandilla "Nadie es capaz de aguantar más que yo" y era cierto, nadie aguantaba el tiempo suficiente para que Gerry consiguiera cobrarles.

Por eso el negocio cada vez iba peor, o en realidad, nunca fue bien.
Las deudas se empezaban a acumular y como Gerry tampoco sabía contar bien los días, porque para él era todo un continuo temporal inaprensible, decidió hacer un enorme cartel que explicara detalladamente a sus queridos vecinos cuando podían encontrarle en la tienda.
Le dedicó mucho tiempo, hasta practicó su mejor caligrafía y estudió exactamente cuando estaría en el mostrador dispuesto y alegre para servirles.
Quiso ser muy preciso, no fuera a entrar algún cliente y quedara insatisfecho y desatendido:
"Abierto la mayoría de los días sobre las 9 ó 10, ocasionalmente más pronto, a las 7, pero algunos días más tarde, sobre las 12 ó 1.
Cerramos sobre las 5:30 ó 6, a veces sobre las 4 ó 5, pero ocasionalmente más tarde, a las 7 ó 8.
Algunos días o tardes no estamos aqui, pero últimamente he estado aqui casi todo el tiempo, excepto cuando estoy en otro lugar."

Y por fin, un día, estando tras el mostrador, exactamente detrás de su caja registradora sin estrenar, salvo por aquellos dos dólares que le cobró al bueno de Mickey, la puerta de la tienda se abrió.
Sintió el impulso de salir a recoger una caja que estaba justo en medio del pasillo, pero recordó las palabras de su madre y no se movió ni un milímetro. Esperaría a que el cliente cogiera lo que quisiera y le cobraría.

Observaba sonriente la puerta y lo primero que vió entrar fueron las botas camperas, después el cañon de la recortada y sosteniéndola, a Johnny "cooldead".

Mientras moría desangrado, seguía convencido de que al menos, el cartel había sido una estupenda idea.

3 de abril de 2008

La mariposa blanca

La reunión había empezado a las diez, eran ya las doce y cuarto y no tenía la impresión de que fuera a acabar pronto.
- Disculparme un momento, tengo una llamada urgente, ahora mismo vuelvo.

Salió de la sala de reuniones mirando el móvil y fingiendo tocar los botones. No aguantaba más.

Su Jefe era un plasta consistente, no había dejado de hablar desde que comenzó la reunión.
Era un incontinente verbal encantado de escucharse a si mismo, un torrente de palabras encadenadas sin el menor sentido de las bondades de un argumento sintético.
Un pesado sublime de esos que no te dá opción a preguntar, a rebatir, a pensar.

Sólo hablaba y hablaba, llenando el aire de imaginarias burbujas vacías de cualquier información o interés, sólo el murmullo, el río del tedio fluyendo sobre la mesa de reuniones, entre los papeles, desparramándose hacia el suelo, invadiendo las paredes, asfixiando cualquier iniciativa, ahogando cualquier resquicio de inteligencia.

Su incompetencia debería ser delito de ejecución inmediata, por la mano de aquellos que la sufrían. Su estupidez, su mediocridad, su incoherencia, todas las cualidades que le adornaban deberían ser agravantes para que esa ejecución conllevara un sufrimiento mayor.

Qué gigantesca ineficacia, qué falta de respeto hacia la humanidad que pretende evolucionar desde el eslabón perdido.

Con esos pensamientos en su cabeza bajaba las escaleras hacia el portal del edificio, para fumarse un cigarrillo. No había salido aún cuando ya lo tenía en sus labios y según cruzó la puerta el chasquido de la piedra del mechero contra el metal de la rueda produjo la llama.
La acercó al cigarrillo y aspiró, sintió el humo entrar en su boca, en sus pulmones. Un segundo y lo expulsó con furia.

Siguió caminando, hacia el parking, daría una vuelta y volvería cuando ya se hubiera calmado. Otra calada. Sin ningún resultado. La ansiedad no decrecía. Otra más.
Se apoyó en el muro del edificio. Hacía sol, un día precioso.
O un día como tantos, como muchos que había pasado perdiendo el tiempo de similares maneras ¿qué sentido tenía todo esto?, ¿merecía la pena?.

Volvían a su recuerdo las conversaciones consigo misma acerca de lo inhumano de vivir de esta manera, de lo absurdo de permanecer constantemente aguantando, sin límite, cuando apareció, de repente, una pequeña mariposa blanca.
Brillante y delicada aleteaba frente a ella, a la altura de su mirada.
Iba arriba y después bajaba. Fue hacia la derecha, voló al lado del muro y regresó de nuevo, permaneció un momento justo enfrente y después voló rápidamente hacia arriba, en dirección al sol. Trató de seguirla hasta que se deslumbró.

Pensó en la alegría que simbolizan las mariposas, pensó en la transformación, en la crisálida que se abre para dar lugar a un nuevo ser, la misma esencia con alas de libertad.

Sonrió y tiró el cigarrillo, ya no le hacía falta, la ansiedad había desaparecido. Su espíritu volaba, como la mariposa, por encima de todo aquello que lo ataba a la tierra. La esencia era la misma, pero ella era diferente.
Cualquier experiencia tiene el valor que uno quiera darle y ella decidió que de aquel día, la experiencia valiosa sería el vuelo de la mariposa y no aquella inútil y superflua reunión que no le aportaba nada.

Regresó de un humor excelente e hizo una propuesta para sucesivas reuniones.
Se podría plantear un orden previo de asuntos a debatir y un control del tiempo en las exposiciones, para conseguir que no se dilataran de forma irremediable.
Después de un sepulcral silencio, de varias miradas cómplices y muchas sonrisas escondidas, la propuesta fue calurosamente acogida por el resto del equipo, incluso una compañera se atrevió a decir, más allá de lo conveniente para conservar su trabajo, que traería para la próxima reunión un reloj, y lo pondría en el centro de la mesa.

La reunión se dió por finalizada.

9 de febrero de 2008

La inspiración

La sala es gigantesca, las estanterías repletas de libros se ordenan una detrás de otra, no hay apenas luz, está atardeciendo y los últimos rayos del sol iluminan la bóveda central, a varios metros de altura.

Se asoma temerosa por el arco de la entrada, el suave sonido cada vez se escucha más cerca, pero no sabe de donde procede. Agazapada sigue escuchando, mientras anochece.

Al fin se decide a entrar sin hacer ruido y cuando la oscuridad inunda completamente la estancia, al fondo, en una de las mesas de lectura, puede distinguir una silueta que oculta tras de sí la tenue luz de una lámpara. Está sentado de espaldas, parece un anciano, se encorva sobre la mesa y sus movimientos son rítmicos.

Está escribiendo. El sonido lo produce el golpeteo de sus dedos sobre las teclas de una máquina de escribir. No descansa, sus dedos acarician las teclas, cada palabra que escribe atraviesa el tiempo y el espacio y consigue que en alguna parte del mundo alguien sienta la necesidad de crear.

Es el maestro de la inspiración. Los libros que llenan la biblioteca son las obras que serán creadas en el futuro, y hay millones de ellas esperando transformar la realidad.

- Maestro, siento mucho molestarle.
Pero el anciano continúa con su tarea, no parece escucharla.
- Maestro, necesito su ayuda, no consigo encontrar las palabras adecuadas, no consigo encontrar el momento, mi inspiración me ha abandonado, he perdido el amor.
El anciano se detiene y reposa sus manos en su regazo.
- Por favor Maestro, dígame sólo una palabra que consiga volver a inspirarme, no necesito nada más, sólo una palabra que me guíe a través de esta oscuridad. Quiero recuperar mi inspiración.

El anciano se incorpora como si nunca antes lo hubiera hecho, se levanta de la silla, muy despacio, coge la lámpara y camina lentamente hacia las estanterías.

La oscuridad a medida que avanzan es cada vez más densa, ella le sigue detrás, muy cerca, caminan a través de laberínticos pasillos, dejando atrás miles de volúmenes, libros grandes, pequeños, estrechos y alargados, de lomos dorados o sencillos lomos de cartón, gruesos como enciclopedias, todos esperando ser escritos algún día.

Finalmente se detiene y despacio, coge uno de ellos. Es muy delgado y liviano, parece muy antigüo, a pesar de que aún no ha sido escrito. Extiende su mano hacia ella y se lo da, oculta la luz de la lámpara, y en silencio se aleja.

Ella permanece en la oscuridad, abrazando el libro con todo el amor que alguna vez fue capaz de sentir, hasta que se queda dormida.
Cuando despierta, el sol ilumina la biblioteca. Se levanta y corre entre las estanterías hasta que encuentra el camino hacia la mesa donde estaba el Maestro, que ahora está vacía.

Se sienta en el mismo sitio que él ocupaba y con sus manos temblorosas deja el libro sobre la mesa, acaricia su lomo y lo abre.
En la primera página las palabras comienzan a escribirse:

"La sala es gigantesca, las estanterías repletas de libros se ordenan una detrás de otra..."

3 de enero de 2008

Cribo, luego existo

Mi amiga C. no consiguió que ninguna de sus relaciones cuajase. Tenía especial querencia a arrimarse a fulanos engreídos, colmados de sí mismos, rutilantes, espléndidos en regalos materiales y usureros de cariño.

Siempre pensé que mejor que se quedara sola que con alguno de ellos, así que ahora, cumplidos ya los cuarenta, charlamos de cómo nos ha ido la vida y siempre salen a colación esos extraños seres humanos que son los hombres.

Me comenta que los ojos se le van tras los chavales que rondan la treintena, porque los que se supone que le corresponderían por edad están todos hasta arriba de complicaciones, estrés, familias, exfamilias, hipotecas, michelines, abandono y desilusión.
No le puedo criticar el gusto, porque lo comparto.
Hay tan pocos hombres que continúen manteniendo la capacidad de seducir según van sumando años, que al menos los que aún sienten la llamada más salvaje saben cómo hacer para llegar al corazón de una mujer, aunque como siempre sea sólo como medio para llegar al lugar que realmente les importa.

Y es que a estas alturas ya no esperas que te regalen una docena de rosas rojas, como símbolo del profundo amor que sienten por ti. Sólo esperas que mantengan la armonía adecuada que no haga desaparecer la pasión, al menos hasta que se consuma, y no acabar tirados por ahí como autómatas que sólo buscan satisfacer un deseo que, para eso, bien puede cumplirlo uno misma.

De vuelta al mercado de las relaciones contemplo mis posibilidades y trato de ser optimista. Tal vez podría ser peor, aunque ¿cómo?, no consigo imaginarlo.

Al menos con la juventud los defectos se desdibujan entre músculos repletos de fuerza y hormonas que arden en las zonas más oscuras. La expresión más instintiva del sexo invita a dejar de pensar en la obviedad de que hay momentos que tienen establecido de antemano un final, pero con una cierta edad eso ya no ocurre. El listón está tan alto que sólo pensar en que hay que llegar hasta allí, desmotiva.

Buscas entre los fantasmas de garitos desfasados alguna mirada que te haga soñar, sin darte cuenta que ni siquiera la tuya lo consigue.
No esperas encontrar a alguien con quien compartir lo mejor de ti, porque lo mejor de ti ya lo has vivido, y tampoco sabes cómo podrás compartir la cuesta abajo en compañía, cuando es tan dificil hacerlo en soledad.

Creo que con el paso del tiempo uno se acostumbra a tolerar entre poco y nada, lo que deja muy poco margen para comenzar cualquier relación.
Un sólo gesto espanta, una palabra dicha de un modo determinado borra al autor del planeta de posibles candidatos, la búsqueda sólo terminará después de una elaborada y analítica criba que ni siquiera el más perfecto de los hombres superaría.

Siempre se puede ser menos exigente, claro, y de vez en cuando ocurre, justo antes de que te preguntes por qué demonios cambiaste al soñado príncipe azul por ese gañán.

En fin, tampoco hay que ser tan derrotista, en algún escondido lugar sigue existiendo el amor, aunque no sea correspondido.