14 de abril de 2008

Irregular

Gerry era incapaz de mantener la regularidad en nada de lo que hacía. Perdió sus anteriores empleos porque aunque se aplicaba con todo su esfuerzo en la tarea que se le encomendase, no conseguía hacerlo de forma continuada.

Le pedían que repusiera los estantes de las conservas y cuando el encargado iba a revisar su tarea, Gerry ya no estaba, la estantería estaba medio vacía y Gerry andaba llevando las bolsas a una anciana a su automóvil, o se había dedicado a barrer el almacén, que seguro que necesitaba un repaso, pero no en ese preciso momento.
"Prioridades, Gerry, prioridades ¿como te lo tengo que decir? así no vas a durar aqui, muchacho".

Era un buen chaval y todos los que le despidieron de sus anteriores trabajos lo hicieron con una gran pena, que olvidaron al minuto siguiente.
"El tiempo no espera a nadie Gerry, debes hacer lo que debes hacer y cuando debes hacerlo, lo demás no importa, si no, el momento pasa y no vuelve", recordaba las palabras de su madre como si estuviera allí mismo diciéndoselas, aunque hiciera años que había muerto.

Así que consiguió un préstamo de Johnny "cooldead" y puso una tienda. Sin encargados que le despidieran llevaría su propio negocio sin problemas, le caía bien a la gente, eso sería suficiente para sacarlo adelante.

El primer día se prometió que dedicaría todas sus fuerzas a limpiar el local y cuando cayó la noche sólo había conseguido sacar algunas cajas del almacén, limpiar parte del mostrador y los cristales, arreglar dos de las cuatro luces y poner parte del escaparate.
Unos días después no había avanzado mucho más, pero puso el cartel de abierto. Casi nadie entró, los que lo hicieron pensaron que aún seguía de mudanza y como Gerry no estaba en ese preciso momento detrás del mostrador, no pudo invitarles a entrar.

Pasaron varias semanas hasta que la tienda empezó a parecerlo.
Las mercancías estaban expuestas, no todas, pero sí la gran mayoría, la tienda no estaba limpia, aunque tampoco estaba realmente sucia.
La máquina de café seguía con el cartel de "No funciona", no había helados porque Gerry aún no había enchufado el congelador, y el horno del pan siempre lo quemaba, había que estar allí cuando sonara el timbre para sacarlo recién hecho, y Gerry nunca estaba donde debería estar.

Los chavales del barrio se animaban a entrar y robar algunas cosas, no muchas, porque les resultaba demasiado fácil hacerlo.
A veces se cruzaban con Gerry en el pasillo, cargado con alguna caja de camino a algún sitio, o sacando las bolsas de pan quemado a la basura y siempre les decía "Ahora mismo estoy con vosotros".
Cambiaron su juego y empezaron a jugar a esperarle para que les cobrara lo que habían cogido, y el que ganó fue Mickey, el más pequeño, aguantó hasta pasadas las diez de la noche para que le cobrara una bolsa de golosinas, fueron cinco horas de larga espera que exhibía con orgullo en la pandilla "Nadie es capaz de aguantar más que yo" y era cierto, nadie aguantaba el tiempo suficiente para que Gerry consiguiera cobrarles.

Por eso el negocio cada vez iba peor, o en realidad, nunca fue bien.
Las deudas se empezaban a acumular y como Gerry tampoco sabía contar bien los días, porque para él era todo un continuo temporal inaprensible, decidió hacer un enorme cartel que explicara detalladamente a sus queridos vecinos cuando podían encontrarle en la tienda.
Le dedicó mucho tiempo, hasta practicó su mejor caligrafía y estudió exactamente cuando estaría en el mostrador dispuesto y alegre para servirles.
Quiso ser muy preciso, no fuera a entrar algún cliente y quedara insatisfecho y desatendido:
"Abierto la mayoría de los días sobre las 9 ó 10, ocasionalmente más pronto, a las 7, pero algunos días más tarde, sobre las 12 ó 1.
Cerramos sobre las 5:30 ó 6, a veces sobre las 4 ó 5, pero ocasionalmente más tarde, a las 7 ó 8.
Algunos días o tardes no estamos aqui, pero últimamente he estado aqui casi todo el tiempo, excepto cuando estoy en otro lugar."

Y por fin, un día, estando tras el mostrador, exactamente detrás de su caja registradora sin estrenar, salvo por aquellos dos dólares que le cobró al bueno de Mickey, la puerta de la tienda se abrió.
Sintió el impulso de salir a recoger una caja que estaba justo en medio del pasillo, pero recordó las palabras de su madre y no se movió ni un milímetro. Esperaría a que el cliente cogiera lo que quisiera y le cobraría.

Observaba sonriente la puerta y lo primero que vió entrar fueron las botas camperas, después el cañon de la recortada y sosteniéndola, a Johnny "cooldead".

Mientras moría desangrado, seguía convencido de que al menos, el cartel había sido una estupenda idea.

3 de abril de 2008

La mariposa blanca

La reunión había empezado a las diez, eran ya las doce y cuarto y no tenía la impresión de que fuera a acabar pronto.
- Disculparme un momento, tengo una llamada urgente, ahora mismo vuelvo.

Salió de la sala de reuniones mirando el móvil y fingiendo tocar los botones. No aguantaba más.

Su Jefe era un plasta consistente, no había dejado de hablar desde que comenzó la reunión.
Era un incontinente verbal encantado de escucharse a si mismo, un torrente de palabras encadenadas sin el menor sentido de las bondades de un argumento sintético.
Un pesado sublime de esos que no te dá opción a preguntar, a rebatir, a pensar.

Sólo hablaba y hablaba, llenando el aire de imaginarias burbujas vacías de cualquier información o interés, sólo el murmullo, el río del tedio fluyendo sobre la mesa de reuniones, entre los papeles, desparramándose hacia el suelo, invadiendo las paredes, asfixiando cualquier iniciativa, ahogando cualquier resquicio de inteligencia.

Su incompetencia debería ser delito de ejecución inmediata, por la mano de aquellos que la sufrían. Su estupidez, su mediocridad, su incoherencia, todas las cualidades que le adornaban deberían ser agravantes para que esa ejecución conllevara un sufrimiento mayor.

Qué gigantesca ineficacia, qué falta de respeto hacia la humanidad que pretende evolucionar desde el eslabón perdido.

Con esos pensamientos en su cabeza bajaba las escaleras hacia el portal del edificio, para fumarse un cigarrillo. No había salido aún cuando ya lo tenía en sus labios y según cruzó la puerta el chasquido de la piedra del mechero contra el metal de la rueda produjo la llama.
La acercó al cigarrillo y aspiró, sintió el humo entrar en su boca, en sus pulmones. Un segundo y lo expulsó con furia.

Siguió caminando, hacia el parking, daría una vuelta y volvería cuando ya se hubiera calmado. Otra calada. Sin ningún resultado. La ansiedad no decrecía. Otra más.
Se apoyó en el muro del edificio. Hacía sol, un día precioso.
O un día como tantos, como muchos que había pasado perdiendo el tiempo de similares maneras ¿qué sentido tenía todo esto?, ¿merecía la pena?.

Volvían a su recuerdo las conversaciones consigo misma acerca de lo inhumano de vivir de esta manera, de lo absurdo de permanecer constantemente aguantando, sin límite, cuando apareció, de repente, una pequeña mariposa blanca.
Brillante y delicada aleteaba frente a ella, a la altura de su mirada.
Iba arriba y después bajaba. Fue hacia la derecha, voló al lado del muro y regresó de nuevo, permaneció un momento justo enfrente y después voló rápidamente hacia arriba, en dirección al sol. Trató de seguirla hasta que se deslumbró.

Pensó en la alegría que simbolizan las mariposas, pensó en la transformación, en la crisálida que se abre para dar lugar a un nuevo ser, la misma esencia con alas de libertad.

Sonrió y tiró el cigarrillo, ya no le hacía falta, la ansiedad había desaparecido. Su espíritu volaba, como la mariposa, por encima de todo aquello que lo ataba a la tierra. La esencia era la misma, pero ella era diferente.
Cualquier experiencia tiene el valor que uno quiera darle y ella decidió que de aquel día, la experiencia valiosa sería el vuelo de la mariposa y no aquella inútil y superflua reunión que no le aportaba nada.

Regresó de un humor excelente e hizo una propuesta para sucesivas reuniones.
Se podría plantear un orden previo de asuntos a debatir y un control del tiempo en las exposiciones, para conseguir que no se dilataran de forma irremediable.
Después de un sepulcral silencio, de varias miradas cómplices y muchas sonrisas escondidas, la propuesta fue calurosamente acogida por el resto del equipo, incluso una compañera se atrevió a decir, más allá de lo conveniente para conservar su trabajo, que traería para la próxima reunión un reloj, y lo pondría en el centro de la mesa.

La reunión se dió por finalizada.