6 de junio de 2008

Lágrimas de sangre

En una profunda y lúgubre noche sin luna los Demonios ascendían lentamente al techo de la montaña.
Subían en fila de tres, por un angosto pasadizo, entre brillantes y negros peñascos empapados de fina lluvia, iluminados por el fuego de las antorchas, susurrando un cántico sobrecogedor.

Ocultos bajo las capuchas de las túnicas escondían los acartonados y ennegrecidos rostros, reflejo de sus almas, depravadas y malditas.
Las manos entrelazadas sobre el pecho eran huesudas y ásperas, el olor, pestilente.
Uno tras otro iban llegando y colocándose en círculo para dar paso al Ritual, y una vez éste terminara, los Ángeles caerían fulminados y acabarían al fin con cualquier rastro de bondad.

Porque los Ángeles eran la esencia de la pureza y la bondad, bellos y majestuosos, la luz que emitían deslumbraba como la misma luz del sol.
Los pocos Demonios que habían sobrevivido a su ataque los describían como gigantescos y musculosos cuerpos del color de la más pura nieve, cegadora, cubiertos de un fino vello que se agitaba con el combate.
Sus alas cubiertas de nacaradas plumas batían el aire con fuerza, con un ruido ensordecedor, y desplegadas por encima de sus cabezas los sostenían mientras los rayos que surgían de sus manos pulverizaban todo aquello que tocaban, pero no eran inmortales.

Sólo quedaban unos pocos y menos aún eran los que infiltrados en la comitiva, alertados de la celebración del Ritual, esperaban el momento preciso para atacar.
Ocultos bajo las mismas túnicas, pintados los rostros con carbón, encorvados, con sus articulaciones forzadas a parecer deformes y las alas replegadas, ascendían al lado de sus enemigos.
El dolor del hedor penetrando en sus pulmones, como bocanadas de venenoso humo, corroía la pureza de sus cuerpos.
Esperaban alcanzar la cima y allí se descubrirían, volarían por encima de los Demonios y detendrían el Ritual.

Pero entonces comenzó a llover con fuerza, con tanta fuerza que las holgadas capuchas se empaparon y el agua discurrió libremente por sus rostros, el tizne se diluyó y las blancas pieles resplandecieron.
Su disfraz, desapareció.
Parecía que la balanza del destino, esa noche, había decidido inclinarse definitivamente del lado de la maldad.

Descubierto el engaño, los Demonios cargaron contra ellos sujetándolos de las túnicas que los envolvían, clavandoles sus garras en la blanca carne, desgarrándola. Con las alas aún replegadas, resistieron hasta que su luz se apagó.
Pero algunos consiguieron liberarse y combatieron, consiguiendo llegar hasta la cumbre, brillaban en su cima, con los cuerpos ensangrentados, con las alas desechas que apenas los sostenían.
El combate era tan desigual que uno tras otro fueron cayendo sobre los Demonios, que los despedazaban.

El último de ellos, el más poderoso, el más hermoso, consiguió alzar el vuelo por encima de la masacre. El ruido de sus magníficas alas cortando el viento detuvo por un instante cualquier otro movimiento, sólo la lluvia cubría impasible tan siniestro escenario.
Desde el cielo los rayos de sus manos abrasaban los cuerpos de los Demonios, que inmóviles como estatuas esperaban pacientes que cayera.

Sintiéndose impotente, herido de muerte, vertiendo la roja sangre sobre sus verdugos, contempló el final de sus hermanos, sintió su propio final y gritó salvajemente.
Y fue entonces cuando lo sintió, sintió la presencia de Él.

Era tan hermoso contemplarlo suspendido sobre aquella turba de malolientes seres, era tan vibrante la fuerza que desprendía, era tan brillante su blanca luz, que Él se sintió atraído por su belleza, por su valor, se sintió atraído por la pasión con que se aferraba al combate y a la vida.

Le miró mientras batía sus ensangrentadas alas, mientras sus lágrimas se confundían con el negro del carbón y el rojo de la sangre.
Le miró y alzando una mano lo sostuvo en el aire para que no cayera, mientras que con la otra, lentamente, con la palma hacia abajo y como si de una suave brisa se tratara, despojó de cualquier atisbo de vida la cumbre de la montaña.

Lo posó sobre los montones de cadáveres de Ángeles y Demonios que allí yacían, y sin ningún asomo de culpa, sin que ya tuviera ninguna importancia, sin recordarlo si quiera, miró hacia otro lado y se desvaneció.

El Ángel, completamente solo y confuso, comenzó a entender cual era el sentido de toda aquella lucha, de tanto sufrimiento y tanta muerte.