El rebaño

El otro día leí un artículo interesantísimo que me ha ayudado a conocer de donde puede venir mi peculiar forma de relacionarme con el mundo, se titula "El cerebro que nos aborrega".

(Nota de la autora: Ahora deberías leerlo o nada de lo que escribo a continuación tendrá ningún sentido. O si.)

No son mis principios, ni la empatía que los empapa, tampoco la hipersensibilidad, ni la capacidad de predecir el futuro, desde luego no es el inconformismo, ni el carácter de mil demonios que me gobierna de vez en cuando, ni siquiera el exceso de inteligencia, o ver la vida como un juego divertido al que hay que encontrarle el truco.

Mi peculiar forma de relacionarme con el mundo parece ser que se debe a una carencia física, más concretamente, en mi cerebro.
Nunca me he hecho un scanner, ni un TAC, ni falta que me hace ya, porque con la información del artículo ya sé que no me funciona correctamente la región rostral cingular, y carezco completamente de núcleo accumbens.

Me resbala la recompensa del grupo al que se supone que "pertenezco", mi cerebro está estructurado de forma diferente y el mundo no tiene sentido si no es a través de mi ojos.
No es que no confíe en los demás, es que no existe esa posibilidad.
Y no es por propia experiencia, porque no la he tenido, nunca he confiado en los demás, es porque además he comprobado como los demás lo hacen y se estrellan de forma estrepitosa y llamativa.

Así que se podría decir que mi cerebro para colmo confirma cómo fracasan los demás cuando siguen al rebaño, obtienen recompensas que no siento que lo sean, y creen cometer errores que a mi me parecen aciertos formidables y geniales.

Es como el otro día, sonó el horno avisando de que el pan ya estaba hecho y a partir de ese momento empezaría a quemarse.
No quería levantarme del sofá porque había tenido un día bastante complicado, pensé mil excusas para que el Oráculo fuera a apagar el horno y al final dije la que más funciona en este mundo:
- Me levantaría a apagar el horno y a sacar el pan, pero mi religión me lo impide.

Si funciona para arrasar continentes y masacrar a millones de personas, debería funcionar para cualquier cosa, y si, funcionó.

Durante un instante no sentí la necesidad de levantarme y apagar el horno, no tenía por qué, ya no era yo, era el rebaño al que pertenecía quien balaba autocompasión por mi, mi religión, mi recompensa, me relevaba de tan tediosa tarea.

Qué cómodo es pensar así y tener un cerebro que te lo aguante.
Pero el mío no lo aguantó más que ese instante, y menos mal, porque el pan se hubiera quemado sin remedio, ya que no sólo no pertenezco a un rebaño, es que a mi alrededor es imposible que se cree ninguno.

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