19 de enero de 2010

En el escritorio

En el escritorio los objetos permanecen intemporales, parece que siempre han estado ahí.
No repara en su existencia hasta que los necesita.

Un bolígrafo para escribir, que coge del vaso en el que varios de ellos están a la espera de ser el escogido, un block de post-it rosa, en forma de corazón, la impresora que siempre está apagada, el teléfono a su izquierda, o la lámpara, de la que se acuerda cuando el atardecer ha llegado a su fin.

Sólo observa de forma constante el monitor, es un LG Flatron L1715S.
Con esa información no se distingue de ningún otro monitor de la misma marca y modelo, pero siempre que lo mira recuerda por un instante cuando lo compró.
Habían pasado unos pocos días desde que lo había instalado, cuando recibió una llamada.
Cogió el teléfono y era su madre, la llamaba para decirle la habitación y la planta a la que habían trasladado a su padre, habitación 17, planta 15 de oncología.

Mientras le preguntaba a su madre por qué lo habían trasladado a esa planta si lo habían ingresado por una neumonía, buscaba un bolígrafo para escribir el número de habitación y la planta, y a su derecha lo encontró, junto a varios más.
Sus ojos continuaban recorriendo la mesa mientras escuchaba a su madre, iban de un lado a otro, buscando un post-it donde escribir, allí está, el corazón rosa, al lado de la impresora.

Continuó escuchando, mirando el monitor, como si en él fuera a encontrar una respuesta diferente a la que le ofrecía su madre por el teléfono.
Pasó el tiempo y el protector de pantalla se activó, era un río que reflejaba los árboles de la ribera, en el que de vez en cuando, aleatoriamente, caían hojas secas.

Le pidió que repitiera el número de la habitación y la planta, 17 y 15, los apuntó en el corazón, y se despidió de ella.

Su mirada seguía el curso de las hojas por la superficie del río, se recostó en el sillón, subió la mirada y allí estaba, en la parte superior del monitor, a la izquierda, Flatron L1715S.
Seguramente esa era una forma mejor de no volver a olvidarlo.

Se inclinó lo suficiente para llegar al interruptor de la lámpara, el atardecer volvía a llegar a su fin.