2 de diciembre de 2011

La búsqueda

Se había levantado algo de brisa, estaba refrescando, así que decidió entrar en la casa. Dejó el correo en el mueble de la entrada y fue a buscar una Coca-Cola a la cocina, mientras la servía iba pensando en el haiku: "Es el invierno de tu..." ¿como seguía?.

Volvió a la entrada, cogió de nuevo el sobre y lo abrió, volvió a leer el texto de la invitación, la secuencia de números y el haiku: "Es el invierno de tu indiferencia, alma helada".
Vaya, no era muy alegre, no parecía lo más adecuado para motivar a alguien a ir de copas, y la secuencia de números tampoco parecía tener sentido 180 7 924 6 609 1.

Se sentó en el sofá del salón, cogió el sobre y empezó a imaginar sumas y restas, contó las palabras, las letras, nada encajaba, así que algo frustrada se levantó y fue a buscar una bolsa anacardos a la cocina.
"Es el invierno de tu indiferencia..." pensó masticando un anacardo, "alma helada".

Decir de alguien que tiene el alma helada resultaba muy poético, aunque algo excesivo, hay pocas cosas peores que decir de una persona, pero al menos había un motivo, el autor requería una atención que no se le prestaba. 
La indiferencia puede producir una sensación extremadamente árida y fría en quien la perciba, y por lo visto esta sensación estaba, además, en plena estación invernal, en fin, eso no la hacía pensar en el nombre de una calle, ni en un número. Tal vez tuviera que ver con el nombre del local.

Miró por la ventana de la cocina hacia la parte trasera del jardín, los gorriones se arremolinaban alrededor de las migas de pan que había puesto, al levantarse por la mañana, en la casita del árbol, y Conan, su perro yorkshire, esperaba pacientemente a que en medio de tanta disputa cayera alguna miguita para él.

"Alma helada..." si, podría ser el nombre de local, aunque no le veía mucho empuje comercial, en cualquier caso no le preocupaba demasiado el nombre, sabiendo la calle sería suficiente, incluso el número podría ser también accesorio. 
Lo importante era el nombre de la calle, no le cabía la menor duda, y mientras se concentraba en esta idea, que le resultaba absurda y divertida, se hundió en el sofá, prometiéndose a sí misma que no se levantaría de allí hasta que tuviera una respuesta.
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No sabía bien cómo, pero se había quedado dormida, había tenido un sueño bastante turbador, recordaba la entrada de un templo, una bóveda anaranjada, paredes de piedra, estanterías llenas de libros y un número sobre una puerta que parecía brillar como si estuviera tallado en bronce, el 67.

Odiaba quedarse dormida durante el día, miró por la ventana y por la posición del sol debía ser ya media tarde. Al menos había conseguido descifrar el maldito enigma, aunque fuera sólo en parte.

El local, del que no sabía el nombre, estaba en algún número de la Calle Caballero de Gracia. Había acertado un enigma de tres, no era perfecto pero era suficiente, sólo tendría que ir el día de la inauguración y recorrer esa calle hasta dar con el sitio, y una vez que estuviera segura de que era allí, volvería a casa a ocuparse de ver fluir el tiempo entre las hojas de los árboles. 
Era sólo pura curiosidad, no tenía ningún otro interés, tenía que saber si había acertado.

Capítulo anterior:
1.- La invitación

29 de noviembre de 2011

La invitación

No le gustaba salir de casa, había construido a su alrededor un pequeño mundo bello y confortable en el que se sentía completamente en paz.

No se había planteado la necesidad de tener nada más de lo que tenía, podía afrmar que no necesitaba nada, cada mañana despertaba dulcemente sabiendo que ese día sería tan maravilloso como los demás y al acostarse, sabía que dormiría plácidamente deseando descansar para ver un nuevo amanecer.

Pero no siempre había sido así, de hecho, desde que podía recordar, nunca había sido así y tal vez por esa razón, se aferraba incondicionalmente a su pequeño mundo.

Un día, que era indistinguible de otros muchos días, salió a buscar el correo al buzón, cruzó el paseo que conducía desde la casa hasta la valla que rodeaba el exterior del jardín, caminó bajo los pinos, cruzó entre los prunos, pensó mirando al suelo que ya era el momento de barrer las hojas, y salió a la calle.

No había nadie, eran las doce de la mañana de un soleado final de noviembre y como siempre la calle estaba desierta. Oía como el jardinero del vecino de la casa de enfrente se entregaba a la tarea de podar los pinos, después le tocaría al seto, como siempre, y se detuvo un momento a pensar qué agradable era que todo siempre fuera tan previsible y tranquilo.

Abrió el buzón y recogió las cartas, algunas del banco, el periódico de Boadilla, el catálogo de Ikea, la revista del mes de diciembre de Majadahonda, varios folletos de publicidad de Carrefour, de Mediamarkt, del Toys, y un sobre granate con su dirección, pero sin remitente.

Miró el sobre granate con curiosidad, tal vez alguna boda o bautizo.
Antes de entrar en el jardín escuchó que se acercaba un coche por la calle, no le apetecía saludar a nadie, así que antes de que llegara a la altura de la puerta la cruzó y la cerró tras de sí.

El sol era magnífico, parecía mentira que la temperatura fuera tan elevada en esa época del año. El almendro aún no había perdido todas sus hojas y no había más remedio que esperar algo más para podarlo. Iba a ser cierto lo que Al Gore decía del cambio climático, por mucho que a ella al principio  no se lo pareciera.

Con un día así era una pena entrar dentro de la casa, así que se sentó en el banco que estaba frente al magnolio y abrió el correo, empezando por el misterioso sobre granate.

Era una invitación para asistir a la fiesta de inauguración de un local de copas en Madrid.
Lo normal es que la hubiera tirado sin más, hacía ya mucho tiempo que no salía de marcha por Madrid y no sólo porque estuviera lejos, sino principalmente porque como siempre decía, cuando salía de marcha era para ligar algo, y una vez que ya no tienes ese interés, también desaparece el de pasar el rato en sitios atiborrados de gente, con la música a tope, y soportando conversaciones que siendo muy indulgente, eran soporíferas.

Sin embargo, por mucho que miraba la invitación, no encontraba la dirección del local.
Revisó el sobre, lo abrió del todo, para ver si es que quedaba algo más dentro, y nada, no había nada más. ¿Puede existir una publicidad más inútil que enviar una invitación sin decir cual es el nombre del local, ni la dirección?.

El texto de la invitación decía: "Tenemos el placer de invitarle a la inauguración de nuestro bar de copas en Madrid, un sitio diferente, elitista y exclusivo, pensado para personas como usted. No tenemos ninguna duda de que acudirá a la cita, el 22 de diciembre, a las 22.00 horas."
Después había una secuencia de números y un haiku. Nada más.

Sólo había algo que le gustara más que la absoluta paz que la rodeaba y pasar el día contemplando las nubes, y ese algo eran los enigmas. No podía resistirse a tratar de adivinar cualquier clave, cualquier rompecabezas, cualquier misterio o cualquier puzzle, así que se puso a pensar si la invitación escondía algo más de lo que se podía leer a simple vista.

11 de julio de 2011

Practicando el desapego

Uno de los fundamentos del budismo es la afirmación de que el deseo es la fuente del sufrimiento, y en líneas generales es una verdad incontestable.
Pero ¿en qué consiste el deseo?, porque se puede desear desde dormir bien hasta dar la vuelta al mundo en velero, y no parece que ambos deseos se encuentren en el mismo nivel.

Podemos desear objetos creyéndo que poseerlos nos hará sentir mejor, o podemos desear, directamente, sentirnos mejor, y esa será la forma más inteligente de enfocar el deseo.

Si no duermes bien, o tienes exceso de peso, o acumulas ansiedad por el trabajo, o sencillamente no estás en tu mejor momento, puedes llegar a pensar que montones de objetos o situaciones cambiarán eso.

Puedes pensar que todo cambiará si disfrutas de quince días en las playas de Bali, o haces un crucero por los países Bálticos, te subes a un Jeep en Kenia y miras durante horas a leones, elefantes y jirafas, o te toca la lotería y no vuelves a trabajar nunca más.

Puedes pensarlo, pero eso no ocurrirá, porque tu percepción de la realidad no cambia por muchos objetos o experiencias que acumules, sólo cambia cuando tú decides que cambie, y en esa decisión no existe nada, más allá de tu propia piel, que pueda conseguirlo.

Por eso sí puedes desear sentirte mejor, pero sólo si asumes que depende exclusivamente de ti conseguirlo, y que eso no incluye nada que puedas obtener, nadie con quien puedas estar, ni el cumplimiento de ninguna expectativa que puedas imaginar.

Es una idea bastante simple, y en principio optimista, ya que sentirte mejor sólo depende de ti, y no de ninguna persona, cosa o situación que te rodee. 
Pero también tiene su vertiente amarga, ya que toda la responsabilidad de que te sientas mejor recae exclusivamente sobre ti, y no podrás responsabilizar a nadie, ni a nada, de no conseguirlo.

Por eso de vez en cuando es muy recomendable practicar el desapego con todo aquello que te rodea, establecer la distancia necesaria entre lo que deseamos y nuestro yo, porque en ocasiones es la única manera de darse cuenta que no merece la pena acortar la distancia para volver a unirnos, o que tal vez esa distancia debería ser aún más estrecha.