11 de julio de 2011

Practicando el desapego

Uno de los fundamentos del budismo es la afirmación de que el deseo es la fuente del sufrimiento, y en líneas generales es una verdad incontestable.
Pero ¿en qué consiste el deseo?, porque se puede desear desde dormir bien hasta dar la vuelta al mundo en velero, y no parece que ambos deseos se encuentren en el mismo nivel.

Podemos desear objetos creyéndo que poseerlos nos hará sentir mejor, o podemos desear, directamente, sentirnos mejor, y esa será la forma más inteligente de enfocar el deseo.

Si no duermes bien, o tienes exceso de peso, o acumulas ansiedad por el trabajo, o sencillamente no estás en tu mejor momento, puedes llegar a pensar que montones de objetos o situaciones cambiarán eso.

Puedes pensar que todo cambiará si disfrutas de quince días en las playas de Bali, o haces un crucero por los países Bálticos, te subes a un Jeep en Kenia y miras durante horas a leones, elefantes y jirafas, o te toca la lotería y no vuelves a trabajar nunca más.

Puedes pensarlo, pero eso no ocurrirá, porque tu percepción de la realidad no cambia por muchos objetos o experiencias que acumules, sólo cambia cuando tú decides que cambie, y en esa decisión no existe nada, más allá de tu propia piel, que pueda conseguirlo.

Por eso sí puedes desear sentirte mejor, pero sólo si asumes que depende exclusivamente de ti conseguirlo, y que eso no incluye nada que puedas obtener, nadie con quien puedas estar, ni el cumplimiento de ninguna expectativa que puedas imaginar.

Es una idea bastante simple, y en principio optimista, ya que sentirte mejor sólo depende de ti, y no de ninguna persona, cosa o situación que te rodee. 
Pero también tiene su vertiente amarga, ya que toda la responsabilidad de que te sientas mejor recae exclusivamente sobre ti, y no podrás responsabilizar a nadie, ni a nada, de no conseguirlo.

Por eso de vez en cuando es muy recomendable practicar el desapego con todo aquello que te rodea, establecer la distancia necesaria entre lo que deseamos y nuestro yo, porque en ocasiones es la única manera de darse cuenta que no merece la pena acortar la distancia para volver a unirnos, o que tal vez esa distancia debería ser aún más estrecha.