29 de noviembre de 2011

La invitación

No le gustaba salir de casa, había construido a su alrededor un pequeño mundo bello y confortable en el que se sentía completamente en paz.

No se había planteado la necesidad de tener nada más de lo que tenía, podía afrmar que no necesitaba nada, cada mañana despertaba dulcemente sabiendo que ese día sería tan maravilloso como los demás y al acostarse, sabía que dormiría plácidamente deseando descansar para ver un nuevo amanecer.

Pero no siempre había sido así, de hecho, desde que podía recordar, nunca había sido así y tal vez por esa razón, se aferraba incondicionalmente a su pequeño mundo.

Un día, que era indistinguible de otros muchos días, salió a buscar el correo al buzón, cruzó el paseo que conducía desde la casa hasta la valla que rodeaba el exterior del jardín, caminó bajo los pinos, cruzó entre los prunos, pensó mirando al suelo que ya era el momento de barrer las hojas, y salió a la calle.

No había nadie, eran las doce de la mañana de un soleado final de noviembre y como siempre la calle estaba desierta. Oía como el jardinero del vecino de la casa de enfrente se entregaba a la tarea de podar los pinos, después le tocaría al seto, como siempre, y se detuvo un momento a pensar qué agradable era que todo siempre fuera tan previsible y tranquilo.

Abrió el buzón y recogió las cartas, algunas del banco, el periódico de Boadilla, el catálogo de Ikea, la revista del mes de diciembre de Majadahonda, varios folletos de publicidad de Carrefour, de Mediamarkt, del Toys, y un sobre granate con su dirección, pero sin remitente.

Miró el sobre granate con curiosidad, tal vez alguna boda o bautizo.
Antes de entrar en el jardín escuchó que se acercaba un coche por la calle, no le apetecía saludar a nadie, así que antes de que llegara a la altura de la puerta la cruzó y la cerró tras de sí.

El sol era magnífico, parecía mentira que la temperatura fuera tan elevada en esa época del año. El almendro aún no había perdido todas sus hojas y no había más remedio que esperar algo más para podarlo. Iba a ser cierto lo que Al Gore decía del cambio climático, por mucho que a ella al principio  no se lo pareciera.

Con un día así era una pena entrar dentro de la casa, así que se sentó en el banco que estaba frente al magnolio y abrió el correo, empezando por el misterioso sobre granate.

Era una invitación para asistir a la fiesta de inauguración de un local de copas en Madrid.
Lo normal es que la hubiera tirado sin más, hacía ya mucho tiempo que no salía de marcha por Madrid y no sólo porque estuviera lejos, sino principalmente porque como siempre decía, cuando salía de marcha era para ligar algo, y una vez que ya no tienes ese interés, también desaparece el de pasar el rato en sitios atiborrados de gente, con la música a tope, y soportando conversaciones que siendo muy indulgente, eran soporíferas.

Sin embargo, por mucho que miraba la invitación, no encontraba la dirección del local.
Revisó el sobre, lo abrió del todo, para ver si es que quedaba algo más dentro, y nada, no había nada más. ¿Puede existir una publicidad más inútil que enviar una invitación sin decir cual es el nombre del local, ni la dirección?.

El texto de la invitación decía: "Tenemos el placer de invitarle a la inauguración de nuestro bar de copas en Madrid, un sitio diferente, elitista y exclusivo, pensado para personas como usted. No tenemos ninguna duda de que acudirá a la cita, el 22 de diciembre, a las 22.00 horas."
Después había una secuencia de números y un haiku. Nada más.

Sólo había algo que le gustara más que la absoluta paz que la rodeaba y pasar el día contemplando las nubes, y ese algo eran los enigmas. No podía resistirse a tratar de adivinar cualquier clave, cualquier rompecabezas, cualquier misterio o cualquier puzzle, así que se puso a pensar si la invitación escondía algo más de lo que se podía leer a simple vista.