25 de diciembre de 2013

Feliz Navidad


Hoy se cumplen 45 años de la primera fotografía de nuestro hogar desde la Luna.

El 21 de Diciembre de 1968, la tripulación del Apollo 8, Frank Borman, James Lovell y William Anders viajaron al espacio en el cohete Saturno V, completaron diez órbitas alrededor de la Luna y regresaron a casa el 27 de diciembre. 

El 24 de Diciembre, al abandonar la cara oculta de la Luna, obtuvieron esta fotografía de nuestro Planeta Tierra.

Feliz Navidad

 

More than this


Nostromo entró en el restaurante, estaban casi todos los sitios ocupados, pero había dos huecos libres y juntos, en la esquina de una de las mesas.
El sitio perfecto para Thor y para ella.
Se sentaron y casi inconscientemente Nostromo echó un vistazo alrededor, para ver a quien reconocía de la reunión de Ilógico.

Cruzó la mirada con Hari, que la sonrió y la saludó alzando una cerveza medio vacía, ella le devolvió el saludo y siguió mirando, en otra mesa estaban Kentley y Gandalf y quedaba un sitio libre, entonces sintió como una mano se apoyaba en su hombro, se giró y vió a Dallas.

Era aún más atractivo de lo que recordaba, el pelo muy corto, la barba perfectamente cuidada y esa sonrisa burlona.

- ¡Has venido!, ¿qué se te ha perdido por aqui?, dijo Dallas.
- Pues no lo sé... esperaba volver a verte, así que debo tener mucho de masoquista, respondió Nostromo sonriendo.
Thor se giró hacia Dallas al escuchar la respuesta de Nostromo, le miró y se levantó.
- Hola, soy Thor, encantado de conocerte.
- Hola soy Dallas, supongo que igualmente.
Thor le miró extrañado y Nostromo intervino riéndose.
- Déjalo Thor, es que es un poco borde... pero es sólo al principio, cuando coge confianza es aún peor.

Nostromo se levantó y le dió dos besos a Dallas, entonces se dió cuenta de que estaba acompañado.
- Os presento a Campanilla, una amiga de Kentley, dijo Dallas.
Nostromo no esperaba que Dallas acudiera acompañado y tardó en reaccionar, Thor se adelantó:
- Hola, encantado de conocerte, soy Thor.
- Si, hola, disculpa, me llamo Nostromo... encantada.
- Hola, qué tal -dijo sonriendo Campanilla, que era menuda y frágil, de presencia casi imperceptible. Ni siquiera asomó completamente desde detrás de Dallas para saludar.

- Bueno, nos vamos a sentar por allí, hasta luego, dijo Dallas.
- Hasta luego -dijo Campanilla, sin soltar la mano de Dallas.
- Nos vemos, dijo Nostromo.
Thor se sentó y le comentó a Nostromo:
- Vaya tío más borde ¿no? ¿y esperabas volver a verle?.
- Es sólo una forma de hablar... ya conocerás a gente más maja, contestó Nostromo.
Nostromo vió como Dallas y Campanilla se iban acercando donde quedaba un sitio libre, Kentley acercó una silla y la pusieron al lado de la que quedaba vacía. Thor le preguntó a Nostromo:
- ¿Estás bien?
- Si, muy bien ¿por qué?, respondió Nostromo.
- Por nada... pareces enfadada, dijo Thor acercándose a ella y besándola en la mejilla.

Tardaron más de una hora en cenar, había tanta gente que el personal del restaurante no era suficiente, estaba claro que les venía grande organizar una cena tan numerosa.
Cuando ya iban a pedir el postre, Nostromo se levantó para salir a fumar un cigarrillo.
- Ahora vuelvo amor, no puedo aguantar más y además aqui hace mucho calor, le dijo a Thor.
- Vale, pero llévate el abrigo, respondió Thor.

Nostromo se dirigió hacia la salida. Se detuvo un momento mientras se cerraba el abrigo y cuando fue a abrir la puerta, se adelantó Dallas, que venía detrás de ella.
Le abrió la puerta con una sonrisa y se apartó para dejarla pasar.
- Las damas primero, pasa por favor.
- Tanta amabilidad va a matarme -dijo riendo Nostromo- pero gracias.

Salieron a la calle, había pequeños grupos de gente fumando fuera de cada local de copas y de cada restaurante. Resultaba interesante ver cómo la prohibición de fumar había cambiado las costumbres de la gente, ahora las charlas más agradables solían producirse en la calle, sin el ruido de la música ni ninguna otra distracción. Sólo el silencio de la noche y el apagado bullicio que surgía de los interiores de los locales abarrotados de gente.
Fuera, los fumadores hacían pequeños grupos, a veces interactuaban entre ellos, se pedían fuego o algún cigarro, era una oportunidad de hacer una pausa en medio de la noche.
Cada cambio produce inevitablemente una reacción inesperada y la prohibición no sólo no había conseguido que la gente dejara de fumar, sino que había abierto el camino a una nueva forma de relacionarse.

- ¿Quieres un cigarro?, preguntó Dallas.
- No hace falta, gracias, ya saco uno, respondió Nostromo.
Dallas sacó el mechero para encender el cigarro de Nostromo. No corría una gota de viento, pero aún así, Nostromo envolvió con sus manos las de Dallas.
Aspiró el humo del cigarro y vió como Dallas se encendía el suyo.
- Lo estoy pasando muy bien, esto del club es genial -dijo Nostromo- y hay un montón de gente, ¿cuántos somos? ¿casi cincuenta personas?.
- Seguramente y eso que no estamos todos los de Madrid, somos más de cien.
- ¿Los de Madrid? ¿hay más gente de Ilógico fuera de Madrid?.
- Si, formamos parte del club Ilógico de España.
- ¿En serio? -dijo Nostromo sorprendida- ¿y el sistema para que la  gente se apunte es el mismo?, ¿una invitación?.
- Si, no sé quien las redacta... llevo en esto bastante tiempo y la verdad es que al final te cansas de preguntar. Hasta los que llevan más tiempo lo desconocen.
- Pero... eso sí que es raro, dijo riéndose Nostromo.
- Raro no, rarísimo. Por eso cuando alguien que entra nuevo pregunta quien ha enviado la invitación, le decimos que no tiene nombre, que es un acertijo, dijo Dallas
- Es cierto, eso fue lo que me dijo Gopher, respondió Nostromo.
- Si, hay un personaje, sin nombre, que protagoniza una novela de ciencia ficción. También hicieron una película, dijo Dallas.
- Un personaje protagonista que no tiene nombre, y que además lleva el correo... dijo Nostromo, como si estuviera pensando en voz alta.
- Si, veo que casi lo tienes, eres muy rápida, dijo riendo Dallas.
- Claro, cómo no se me había ocurrido, es "The postman" que en España se tradujo como "Mensajero del futuro", vaya, sí que es curioso, dijo riendo Nostromo.
- Sí que lo es, respondió Dallas.
- Entonces... no sabéis quien envía las invitaciones, dijo Nostromo.
- Creo que Hari sí lo sabe, por eso decimos medio en broma, medio en serio, que no tiene nombre, porque los demás no sabemos quien es. Sólo sabemos que las invitaciones se envían, porque de vez en cuando llega gente nueva al club, dijo Dallas.
- ¿Y por qué me la ha enviado a mi?, preguntó Nostromo.
- Eso es lo más divertido, hemos llegado a pensar que tal vez envíe las invitaciones de forma arbitraria, pero por zonas conretas, porque a veces ha llegado gente de la misma zona. Por ejemplo, ha pasado dos veces que llegaron dos personas que vivían muy cerca la una de la otra y en general llega gente que vive en la misma localidad. Por eso creemos que envía las invitaciones por zonas.
- Pues sí, tiene algo de sentido, dijo Nostromo.
- Si, y si lo piensas más, tiene mucho sentido, dijo Dallas.
- ¿Por qué?, preguntó Nostromo.
- Hay una novela de misterio que no está mal, en la que el argumento es muy parecido, dijo Dallas.
- Espera, no puedes referirte a..., dijo Nostromo, mientras pensaba en el título de la novela.
- No me puedo creer que también aciertes esa, dijo Dallas riendo.
- Claro, es "Sé lo que estás pensando" de John Verdon. En la novela, el asesino envía cartas de forma arbitraria y sólo los que responden se convierten en sus víctimas, dijo Nostromo.
- Pues sí, eso es, me sorprendes, porque no tienes pinta de leer cosas así, dijo Dallas.

Nostromo sonrió y se quedó en silencio, dió la última calada al cigarrillo y expulsó el humo suavemente, observando como creaba delicadas formas que se disolvían al ascender al cielo. Tiró la colilla lejos y preguntó a Dallas:
- Vaya... ¿y de qué tengo "pinta"?.
- Venga, que es broma, respondió Dallas.
- Lo sé, sólo es una broma, el día que hables en serio te va a dar algo, más que nada por la falta de costumbre, dijo Nostromo riendo.
- Lo siento, parece que no acierto contigo -dijo Dallas, agachando la cabeza y levantando la mirada hacia ella- pero esta noche voy a intentar portarme bien.
- ¿Conmigo o con la humanidad en general? lo digo para poder anunciarlo al resto de los mortales que habitamos en tu universo y así puedan dormir hoy más tranquilos, dijo Nostromo riendo.
- Por cierto, ¿de donde has sacado a tu novio? ¿lo has comprado en algún catálogo de moda?, dijo Dallas.
- No es mi novio y sí, realmente podría ser modelo o algo parecido, es muy guapo -dijo Nostromo- ¿y a tu novia?, ¿de donde la has sacado, has asaltado alguna guardería?.
- Mira, también sabes ser borde, dijo Dallas.
- Aprendo rápido, dijo Nostromo.
- Si, es muy joven. La conocí hace mucho tiempo, es amiga de una exnovia de Kentley. El fin de semana pasado montamos una pequeña fiesta y apareció con un grupo de gente. Nos acabamos enrollando y se ha quedado en mi casa desde entonces, nunca me había pasado algo así, dijo Dallas.
-  Vaya, sí que es raro. Yo conocí a Thor en fin de año, desde entonces nos hemos ido viendo, pero no le he dejado que se quede en mi casa, no sé, me agobiaría bastante, dijo riendo Nostromo.
- Ya, es que ella vive fuera de Madrid y como le dije que se viniera a la cena conmigo y sólo faltaban unos días... , dijo Dallas.
- Entiendo, era la opción más cómoda, dijo Nostromo.
- Supongo que sí, dijo Dallas.

El ruido de una botella contra el asfalto les hizo girarse y mirar calle arriba, un chaval que se había pasado con la bebida colgaba del hombro de un amigo y sujetaba abierta la puerta de un local de copas. Podía escucharse como comenzaba a sonar "More than this" de Roxy Music.
- Me gusta esa canción, dijo Dallas.
- Siempre que la escucho me recuerda a la película "Lost in translation" ¿la has visto?, dijo Nostromo.
- Si, me gustó mucho, pero no recuerdo esa canción, dijo Dallas.
- Es una de las que ponen en el karaoke, dijo Nostromo.
- Me fijaré la próxima vez que la vea, dijo Dallas.
La canción siguió sonando mientras el amigo del chaval trataba de convencerle para volver dentro del local, finalmente lo consiguió y mientras acababa la canción, se cerró la puerta.

- ¿Cuando es la próxima reunión de Ilógico?, es que no he traído el descifrador de códigos y no me acuerdo, dijo riendo Nostromo.
- Dentro de dos viernes ¿irás?, dijo Dallas.
- Pues si, tenía pensado ir a todas, dijo Nostromo.
- Pero si no te gustaba salir de casa, dijo Dallas.
- Y no me gusta, la verdad es que no me gusta nada, dijo Nostromo.
- ¿Entonces?, dijo Dallas.
Nostromo le sonrió y pensó lo que iba a contestar, dudó y le contestó:
- Ya ves, a veces hay que renunciar a la comodidad de lo que ya conoces, si hay algo que crees que merece la pena conocer... vamos dentro, que empiezo a tener frío y hace un rato que dejamos de fumar. Van a pensar que hay algo entre nosotros.
Se giró dejando a Dallas tras ella. Abrió la puerta del restaurante y entraron, se quitó el abrigo y caminaron juntos hacia las mesas del comedor.
Thor miró como se acercaban, Nostromo pudo leer en sus ojos que pensaba que había estado demasiado tiempo fuera.
Campanilla no esperó a que Dallas llegara a su asiento, se levantó, le dijo que ya le había pedido el postre y le cogió de la mano. Cuando se sentaron le besó y después miró a Nostromo, que desvió la mirada.

Capítulos anteriores:
1.- La invitación
2.- La búsqueda
3.- El encuentro
4.- Hari Seldon
5. ¿Quién soy?
6.- Ilógico
7.- El Martillo de Thor
8.- Brindando con hidromiel 
9.- El patrón

25 de noviembre de 2013

Anoche soñé con Tielmes

Llegué a las siete y media de la mañana, como cada día, a mi trabajo.
Encendí el ordenador y Antonio, mi compañero, andaba rebuscando en su cajón, porque no encontraba las llaves de su casa.

- Tranquilo, ya aparecerán.
- Es que no sé donde tengo la cabeza, siempre las pierdo. Las llevaba cuando he salido de casa, seguro, espero que no se me hayan caído por el camino.
- No te pongas en lo peor, mira bien en el abrigo.
- Ya he mirado...

Se ponía nervioso con esos despistes. Era muy exigente consigo mismo, mucho. 
Tenía cincuenta y siete años pero parecía que sólo rozaba la cincuentena. Conservaba una forma física extraordinaria, había sido campeón de España de culturismo y venía andando hasta la oficina, veinte minutos de caminata, aunque nevara.

Tenía una berlina Mazda azul oscuro, de gasolina, un coche precioso, con los asientos en cuero beige, eligió hasta el último detalle que lo adornaba, le había costado gran parte de sus ahorros, pero no le importaba, era su capricho. Y seguramente había sido más que un capricho, porque con el trabajo de Conserje no se lo podía permitir y lo dejaba aparcado en el garaje la gran mayoría de los días.

Le gustaban las películas del Oeste Americano, tanto las antiguas como las más recientes. En los días que compartimos aquel espacio lúgubre y oscuro que era nuestro despacho, apartados del resto de compañeros, me contaba cómo le hubiera gustado vivir aquella época y viajar por aquellos paisajes infnitos llenos de nubes y montañas de arena rojiza.
Una época en la que importaban los principios y los valores, en la que la palabra de un hombre valía tanto como su vida, en la que el honor era la moneda más preciada y la traición se cobraba con las balas de un revólver.

Antonio era una persona muy especial, única. 
Había estado casado hacía tiempo con una mujer a la que recordaba con tristeza. Habían tenido un hijo al que amaba con todo su corazón. 
Cuando se divorciaron, en la década de los ochenta, la custodia se la dieron a ella y él le pasaba la pensión religiosamente, cada mes. Me contaba lo terrible que fue para él separarse de su hijo y cómo con el tiempo, el niño fue queriendo ir a verle cada vez más a menudo.

Cuando cumplió once años le dijo que quería vivir con él y no con su madre, a lo que su exmujer accedió sin ningún problema, siempre que ella se quedara con la casa.
Acordaron una pensión que ella nunca le pagó y él nunca reclamó porque no quería pasar por más líos de juzgados, como él los llamaba. Tenía a su hijo con él y nada más le importaba.

Ahora su hijo tenía casi treinta años. Un día fue a visitarlo a la oficina, para ver cómo nos habíamos instalado finalmente. Antonio estaba muy contento con el cambio, en el otro edificio en el que estábamos le habían relegado a una silla al lado de la puerta, sin calefacción ni aire acondicionado.
Ahora al menos, compartía un espacio agradable conmigo.

Lo que para mi era un agujero sin ventanas, con una sola puerta a la calle por la que entraban casi una centena de personas al día, para él era un oasis de comodidad.
Habíamos conseguido tener calefacción y aire acondicionado y que estuviera adecuadamente iluminado, aunque para conseguirlo tuve que estar insistiendo hasta el absurdo. 
Ese espacio que para mi era no sólo un obstáculo, sino un infierno, a la hora de desarrollar mi trabajo como Técnico en orientación laboral, para él era el paraíso.

Y como me decía, lo que más le gustaba, era que podía charlar conmigo. 
La hora que teníamos antes de que la gente empezara entrar sin pausa, la pasábamos hablando de cine, de filosofía, de política, de economía, de teología, de Derecho, de astronomía, de ciencia-ficción...

Antonio no había podido estudiar una carrera universtaria, pero era una persona extraordinariamente culta. Se había acostumbrado a vivir sin televisión, hacía más de una década que no la tenía, porque un día se dió cuenta de que quemaba las horas tumbado en el sofa y le deprimía. Así que después de trabajar iba a la biblioteca municipal, a diario.
Ahora sé que si pude aguantar todo aquello hasta el final, fue gracias a él.

- No sé qué haría sin tí, aquí están las llaves.
- Te lo dije, es que a veces cuando uno se agobia no ve ni lo que tiene delante.
- Menos mal... por cierto, te quería contar un sueño que tuve anoche. Soñé con Tielmes.

Yo procuraba evitar la historia de Tielmes, porque era tan terrible que me afectaba muy profundamente, pero a él le hacía bien hablar de ello.

La primera vez que me contó su historia no pude evitar llorar. 
Ya nos conocíamos lo suficiente como para que él pensara que yo merecía conocer aquella parte de su vida. Nunca se la había contado a nadie del trabajo, ni por lo general se lo contaba a nadie. Sólo la conocía su familia. 
Aún no sé por qué tuve el honor de que sintiera que podía ser completamente sincero conmigo, pero hay cosas que sencillamente ocurren y tampoco hay que pensar por qué.

La primera vez que me lo contó fue un día que había estado nevando toda la noche y cuando llegó por la mañana, le dije que no comprendía cómo podía venir andando hasta la oficina, porque hacía mucho frío. Que al menos se pusiera guantes, porque debía tener las manos heladas.

Me contó que para él, aquello no era pasar frío, porque había pasado mucho frío cuando era pequeño. Me quedé un poco descolocada y él continúo:
- Es que de pequeño estuve en un internado y allí sí que pasábamos frío.
- Ah, bueno, pero... 
- Nada, que esto no es frío, no te preocupes.

Le sonreí. Dejó el abrigo y se sentó.
Seguí ojeando un documento en el ordenador, cuando me dijo:
- Es que nadie de aqui lo sabe, bueno, en realidad, no es algo que cuente a nadie.
Le miré sin entender del todo.
- Si quieres puedes contármelo.
- Lo mismo te aburro.
Reí y le contesté:
- Sabes que no me aburres, sino todo lo contrario. De todos los compañeros que he tenido en este antro, durante todo este tiempo, de lejos, eres la persona más interesante y divertida de todas.

Y era completamente sincera, porque no sólo es que supiera charlar de cualquier tema que surgiera, es que además tenía un fino sentido del humor, siempre andaba contando chistes y sacaba punta a todo.
- Pero esto igual te sorprende un poco.
- Prueba a ver.
- Vale... como te he dicho, de pequeño estuve en un internado, en Tielmes. Tielmes es un pueblo del sur de Madrid, cerca de Alcalá. Mi padre era alcohólico y supongo que mi madre pensó que lo mejor era que mis hermanos y yo estuviéramos lejos de casa, así que cuando yo tenía siete años, entré en el internado.
- Vaya, no sabía que...
- Si, mi padre era alcohólico, nos maltrataba. Con el tiempo aprendí a perdonarle... pero no del todo. Bueno, como te contaba, nos internaron en un colegio en Tielmes, era un internado católico, sólo de monjas. Los vecinos nos llamaban los niños del Palacio, porque en sus buenos tiempos aquel edificio había sido un Palacio en el que vivía gente de la nobleza. Era el Colegio de los Santos Niños Justo y Pastor. Aún hoy sigue existiendo, pero creo que ya no es un internado. 

Noté que le costaba continuar, era como si los recuerdos estuvieran surgiendo de una parte de él arrinconada por el tiempo o por el sufrimiento.
- Esto no es pasar frío -me dijo sonriendo-, yo he tenido sabañones en las manos que me sangraban y en las rodillas. Los zapatos que tenía no me abrigaban y los dedos de los pies se me congelaban. Teníamos un uniforme que era obligatorio que lleváramos, con pantalón corto, aunque fuera invierno. Había algunos padres de otros compañeros que les llevaban a sus hijos pantalones largos y las monjas los tiraban a la basura. Decían que teníamos que hacernos fuertes. Mis padres al principio fueron a visitarnos un par de veces, pero después no fueron más que una vez al año. Estuve internado hasta los catorce años, porque en el colegio sólo se podía estar hasta esa edad y después nos pasaron al Reformatorio, porque no había otro sitio en el que meternos.

Me miró, esperando que asimilara lo que me estaba contando.
- ¿En el Reformatorio? pero eso no es para...
- Si, nos juntaron con chavales que estaban allí porque eran delincuentes, pero nosotros nos mantuvimos unidos para protegernos.
- Entiendo -le respondí, tratando de entenderlo-.
- Lo pasamos tan mal en el internado que creamos una familia entre nosotros, aún hoy en día nos juntamos a veces y recordamos aquellos tiempos. Fueron terribles, casi no nos daban de comer, recuerdo que íbamos a las pocilgas que tenían allí con algunos cerdos, a quitarles los trozos de pan duro que les echaban. Y si te veían hacerlo, te pegaban.
Recuerdo haber pasado tanto frío que si te caías al suelo de rodillas, no te dolían, porque estaban congeladas. Pero lo que más recuerdo de todo aquello era la sensación de abandono, de tristeza, sólo quería irme de allí. Algunos de los compañeros lloraban toda la noche. Pero cuando fueron pasando los años, me acostumbré. 
A veces salíamos a dar un paseo por el pueblo y si las monjas te veían pedir comida a los vecinos, al llegar al colegio te llevaban a una habitación, te pegaban con una especie de tabla de madera y te dejaban sin comer varios días. No importaba si hacía frío o calor, todos los días había que salir al patio y estar allí viendo morir las horas, sin nada que hacer. Y no se podía protestar, nadie lo hacía. Por eso, al final, lo único que tenías eran los otros niños que lo estaban pasando tan mal como tú.

Se detuvo y me miró. Le sostuve la mirada y no pude decir nada.
- Por eso cuando a los catorce años nos pasaron al Reformatorio, éramos como una pequeña mafia. Nadie podía tocarnos, pero no creas que no nos costaba, porque allí había chavales que eran realmente malos. Es verdad que algunos de mis compañeros se torcieron, pero no se les puede reprochar, porque eran muy malas compañías y es más fácil siempre tirar por el mal camino. Hay algunos que después, con los años, acabaron en la cárcel. Otros ya han muerto. Lo sentí mucho porque yo les conocía bien y sabía que eran buena gente, ¿sabes? para mí eran como mi verdadera familia.

Las lágrimas empezaron a surgir como un torrente de mis ojos. 
- Lo siento mucho, Antonio... no sabía que...
- Si, es una historia terrible. No sé por qué te la he contado. Por eso no me gusta la Iglesia, ni los curas, ni las monjas.
- Ya, claro...
- No sé por qué, pero a pesar de lo mal que lo pasé en el Reformatorio, fue mucho peor el internado. Supongo que era porque llegué muy pequeño y tardé años en acostumbrarme. Recuerdo el frío que hacía en aquel lugar, en las paredes, en el suelo, es como si a pesar de los años, no se me hubiera quitado del todo. Por eso siempre tengo frío en los pies, haga lo que haga.
- A ver Antonio... para tí es tu vida y te parece normal, pero es que... lo siento, no puedo parar de llorar, lo siento...
- Anda, no seas tonta, ya sé que muy normal no es.
- Es que...
- Por eso no me importa el frío que hace cuando vengo caminando, además de que enseguida entro en calor, en cuanto me pongo a andar.
- Claro...
- Y por eso, cuando el otro día te dije que habías tenido mucha suerte por haber podido estudiar una carrera, pensaba en que a mí me hubiera gustado muchísmo estudiar. No pude porque cuando cumplí los diecisiete años me sacaron del Reformatorio y me tuve que poner a trabajar para ganarme la vida. Volví a casa de mis padres, pero casi nunca estaba allí. Hacía trabajos por ahí. Pero me hubiera gustado estudiar. Al menos encontré lo del culturismo y eso me ayudó a no liarme en cosas raras.
- Entiendo -le volví a responder, sabiendo que era imposible que yo pudiera entender por todo lo que había pasado-.

Llegó el silencio y después de un rato me dijo:
- Ahora que te lo he contado me siento mejor.
- Me alegro, pero yo no... creo que podía vivir perfectamente sin saberlo...

Se rió y continué:
- ¿Sabes? no sé si has pensado en el mérito que tienes. Dices que te hubiera gustado estudiar, tener un título universitario y para mí, que hayas llegado donde has llegado, con lo que traías a la espalda, tiene infinítamente más valor.
- Si, a veces lo pienso, pero... no soy el único, otros también consiguieron salir de todo aquello bastante bien.
- Encima no repartas el mérito, que no tiene nada que ver. Eres sencillamente admirable.
 
Por eso, cuando aquella mañana me dijo que había soñado con Tielmes, me preparé para revivir con él sus recuerdos, que pugnaban por salir y que al hacerlo, le aliviaban de alguna manera el peso que soportaba su alma.

Cuando meses después le despidieron del trabajo, con una pequeña reunión de cinco minutos y un cheque con su indemnización, me abrazó, con lágrimas en los ojos y me dijo que volvería a verme algún día, que todo iría bien, que no me preocupara.
A mí me despidieron dos días después, por lo visto a la Empresa no le salían las cuentas.
Trabajó durante dieciocho años en lo que para él fue el mejor trabajo de su vida, de una vida que nació en la desgracia y que sólo él consiguió reconducir, sin ninguna ayuda. 

Me pregunto si a los últimos responsables de mi Empresa les importaba, de alguna manera, Antonio. 
Y la respuesta es muy sencilla... no.
Todos y cada uno de ellos contribuyeron a que Antonio, aquel día que tuvo que despedirse de mi, entre lágrimas, añadiera otra muesca más a su enorme lista de decepciones.

Espero que Dios los recompense como merecen, porque esa sería la única razón por la que ahora debería existir, cuando antes nunca lo hizo.

18 de octubre de 2013

El patrón

La mañana del 14 de Febrero era fría pero soleada. El viento se negaba a mover la atmósfera cercana al cero absoluto y el sol, aprovechando su desgana, calentaba hasta abrasarla cualquier superficie que tocaba. Ese invierno iba camino de ganar el trofeo del más caluroso de las últimas décadas.

Nostromo se despertó ilusionada con la idea de acudir a la cena de Navidad y volver a encontrarse con aquella gente tan extraordinaria. Sonrió al pensar en las conversaciones de Ilógico y en las extravagantes formas de plantear cualquier asunto, porque reconoció que se sentía tan extravagante como ellos, pero era una sensación extraña, porque hasta en esa extraordinaria locura, el ego quiere ser único. Tenía tantas preguntas que hacerles y tantas cosas de las que quería saber qué pensaban, que sabía que el tiempo no sería suficiente.

Mientras tomaba un café encendió el móvil. Eran casi las diez de la mañana.
Le sirvió el desayuno a Conan y escuchó la notificación de un mensaje. Era Thor, le enviaba una postal con un corazón por el día de los enamorados. Qué encanto, lo cierto es que era adorable, pero. Esa era la realidad por mucho que retrasara la conclusión de su relación. Era adorable, pero.

Salió al jardín por la puerta del salón, a fumar el primer cigarro del día. Se sentó en el banco que había al lado de la piscina. Este año tampoco había puesto la piscina en marcha y la lona que la cubría mostraba evidentes signos de fatiga, se hundía por el centro, provocando que el agua desbordara por los tres agujeros centrales. Con los años, se había formado una pequeña charca que contenía un ecosistema propio, ya habían enraizado algunas hierbas sobre la tierra que había ido acumulando la lona y dos piñas caídas de la última tormenta aumentaban el peso y hacían la charca más profunda. Con el frío del invierno las algas se habían ido al fondo y el agua se veía cristalina. A los pájaros les encantaba bañarse en la charca, generalmente al mediodía, excepto en verano, que lo hacían al atardecer.

Cada año, cuando llegaba mayo, Nostromo pensaba si pondría en marcha la piscina e invariablamente recordaba a los pájaros. Les gustaba la charca tal y como estaba, la piscina con el agua clorada era como un desierto para ellos, no se acercaban. Pero la charca era una parte indispensable de su hogar.
En primavera las golondrinas y los mirlos traían a beber a sus polluelos. Las palomas paseaban por la lona, Nostromo pensaba que les encantaba el tacto del material plástico en sus patas, porque no buscaban comida, sólo paseaban arriba y abajo de la lona, bebían un poco de agua y seguían su paseo. Las urracas tenían su propia forma de acercarse, siempre en un picado, directas al borde de la charca, bebían, miraban a un lado y a otro y despegaban como si tuvieran prisa.

Durante el primer año que ocupó la casa, los pájaros que vivían en el jardín la rehuían, no importaba por qué puerta saliera o que no hiciera ruido, que todos los pájaros, de todo el jardín, echaban a volar hacia arriba, lejos.
Años después, podía salir por la puerta que quisiera, haciendo todo el ruido que quisiera, que ninguno se marchaba, la miraban y seguían a lo suyo. En verano, algún polluelo ya crecido que andaba despistado se asustaba al verla, hasta que imitando a los demás pájaros, continuaba tranquilamente con lo que estuviera haciendo, picotear la hierba, revolotear de rama en rama o permanecer en silencio al sol del atardecer.

La primera vez que Thor vió la piscina, le dijo a Nostromo que si ella quería, le ayudaba a limpiar la lona y a ponerla en marcha para el verano. Nostromo le contestó que le gustaba que los pájaros vinieran a bañarse. Thor se rió y con cara de sorpresa le contestó que era una tontería, nadie tenía una piscina para eso, insistió en que era mucho trabajo para ella y que por eso no lo había hecho, pero que ahora él la ayudaría. Nostromo le besó y le dió las gracias porque, a su modo, intentaba agradarla.

Le recordaba al patrón que parecía inevitable que se cumpliera con todas sus relaciones. No sólo sus otras parejas no habían entendido lo que había detrás de cada fotografía de su pequeño mundo y tampoco era que hubiera una falta de interés por entenderlo, porque las rupturas habían sido siempre muy dolorosas, lo que ocurría sencillamente es que no podían comprenderla. Parecía como si existiera una barrera que no podían superar, no se planteaban ni siquiera que alguien pudiera pensar así, que se condujera por la vida de aquella manera.

Recordó a su primera pareja estable, un chaval muy inteligente que había conocido a través de una amiga. Había ido al colegio de la urbanización de al lado de la suya, un colegio que exigía mucho nivel de estudio a sus alumnos. Había sacado las mejores notas de su curso, era lo que normalmente se denomina un empollón. Ese año había empezado la carrera de Ingeniería de Telecomunicaciones y le iba muy bien.
Se conocieron una noche que él fue de pasada a un pub de Majadahonda al que Nostromo, en aquel entonces, iba los jueves, viernes, sábados, domingos y en general, en cuanto tenía un par de horas libres, pero no sin antes pasar primero a tomar unos minis de cerveza al bar de al lado. Los sábados, a eso de la una de la madrugada, bajaba a alguna discoteca de Madrid, hasta las cuatro o las cinco. Sin que importara nada más, como si no existiera otra forma de vivir. El resto de la semana era irrelevante.

Al principio su relación fue tan superficial como cabría esperar, pero más adelante comenzó a resultar interesante para Nostromo en cuanto al nivel de conocimientos que podían compartir, que era muy superior al de todos los chicos con los que había estado con anterioridad.
Aquel chaval parecía tener una enciclopedia en la cabeza.
Sin embargo, a medida que le iba conociendo, se dió cuenta de que la enciclopedia no era un medio para él, sino un fin. Le gustaba escucharse a sí mismo acerca de lo mucho que conocía de cualquier asunto del que se hablara, hasta el más mínimo dato, aunque careciera de interés para el caso concreto. Era imposible tratar de comunicarse con él a otro nivel, al nivel de relacionar los conocimientos y extraer conclusiones, simplemente por el placer de pensar.

Y es que seguramente era eso lo que había fallado siempre, que Nostromo disfrutaba pensando, perdiéndose por los caminos de los razonamientos más infrecuentes, tratando de llegar a conclusiones imposibles para después darles la vuelta. Observar cómo lo que pensaba un dia, al siguiente se presentaba como una idea imposible, sin necesidad de adquirir nuevos datos, porque lo que importaba no eran los datos, es el pensamiento que los recoloca, los retuerce hasta el límite o los rompe para ver qué esconden, siempre dirigidos por una insaciable curiosidad por tratar de comprenderlo todo.
Incluso quien no conoce nada, sólo porque piensa, está comprendiendo.

Así que el día que el chaval le dijo que no la veía muy entusiasmada con su relación, Nostromo no pudo más que estar de acuerdo con él. Fue frustrante, porque durante los seis meses que habían  pasado juntos, la había sacado de la espiral de salir de marcha y amortiguar su vacío con fiestas, alcohol y relaciones, como poco, peligrosas. Habían ido al cine, al teatro, a algún concierto, hasta a un museo y aquello era algo que Nostromo echaría de menos.

Pero esa era la realidad, relaciones que siempre estaban a punto de ser, sin conseguirlo, relaciones de las que había aprendido, pero que, después de tantos años, le hacían pensar que en la enigmática ecuación del amor, lo que fallaba era la variable que ella aportaba y no la de su complemento, que por una u otra razón, no podía ofrecer más.

Thor era vital y sincero con Nostromo, transparente y generoso. Y bellísimo. Pero el amor no entiende de conveniencias. O aparece sin que le inviten o nunca llega, por mucho que le llames y le insistas.
Y después de un tiempo, sabes que ya no va a venir. Puedes seguir llamando a un número que nunca existió, pero es una evidente pérdida de tiempo. Incluso aunque se trate de un soberbio Dios Nórdico.

Capítulos anteriores:
1.- La invitación
2.- La búsqueda
3.- El encuentro
4.- Hari Seldon
5. ¿Quién soy?
6.- Ilógico
7.- El Martillo de Thor
8.- Brindando con hidromiel

16 de octubre de 2013

Brindando con hidromiel

Dallas estaba leyendo "El Juego de Ender" cuando sonó el teléfono.
- ¿Dígame?
- Hola Dallas, soy Gandalf
- Hola, qué hay
- Me ha dicho Gopher que Nostromo va a ir a la cena de Navidad, no había podido escribirle el email hasta ahora, así que fallaste en tu pronóstico de que no volvería a aparecer, no había vuelto porque Gopher no le había dicho nada
- Pues muy bien y a mi qué me importa
- Qué borde eres tío, pensé que te gustaría saberlo, creo que le molas, aunque no tengo ni idea de qué ha podido ver en tí, dijo riéndose Gandalf
- Ya ves, a mí me parece una pija que seguramente no tiene nada mejor que hacer que mirarse al espejo, así que...
- Vale, vale, ya lo pillo, o sea que de sentarte a su lado ya ni hablamos ¿no?, es que aunque no hay sitios adjudicados, me ha dicho Hari que no la dejemos colgada, como es nueva y eso...
- Que se busque la vida, a mi no me la pongáis al lado.
- Pues la otra noche se os veía muy bien.
- Será que necesitas gafas.
- Joder tío, me ha quedado claro -dijo riéndose- se lo diré a Hari.
- Ok, hasta luego tío.

Colgó el teléfono y siguió leyendo, después de algunas líneas se dió cuenta de que no se estaba enterando de nada, así que salió al balcón a fumarse un cigarro.

Era una séptima planta en el Barrio de Chamberí y el balcón daba a un patio de manzana.
Cuando ponía el anuncio en internet para alquilar alguna de las habitaciones que iban quedando libres, siempre lo mencionaba como una ventaja, porque a pesar de estar en Madrid, los edificios que rodeaban el patio amortiguaban el ruido de la calle.
Toda la planta baja la ocupaba un parking cubierto por un tejado. La fachada del edificio de enfrente y las de los edifcios colindantes estaban lo suficientemente lejos como para conseguir una ilusión de privacidad. Algunas mañanas de domingo podía escucharse el silencio.

Pensó en Nostromo, con aquella permanente sonrisa y esa irritante seguridad en sí misma. Estaba buena, muy buena en realidad, pero no soportaba a las pijas, niñas de papá con la cabeza hueca que se pasaban el día pensando en sí mismas. Sin embargo en Nostromo había algo que no le cuadraba, no sabía qué era y desde que la conoció no había dejado de pensar en ello.
Gandalf se equivocaba al pensar que podía gustarle, no le había dado ningún motivo, se había comportado como un imbécil. Tampoco pensó que volvería a verla, no se le había ocurrido que Gopher no la escribiera y que por eso ella no había vuelto. Gopher siempre había sido un desastre para eso.

Empezaba a hacer frío allí fuera, pero no le apetecía entrar, Kentley estaba en su habitación acompañado por una chica que había conocido en la Universidad. Era simpática, aunque para lo que le duraban las relaciones a Kentley, no se iba a molestar en aprenderse su nombre.
No comprendía cómo Kentley no se aburría de tener ese tipo de relaciones, aunque aburrirse no sería la palabra adecuada, porque no le daba tiempo. Desde que Kentley se mudó, el piso era un desfile de veinteañeras, los fines de semana organizaba fiestas y la que fuera su pareja temporal en ese momento solía venir acompañada de sus amigas, otras veinteañeras universitarias, con muchos proyectos por delante y pocas ganas de compromiso. 
Imaginaba que ese era el universo perfecto para Kentley, personas con ganas de viajar por su vida sin detenerse mucho a pensar cada paso que daban.
Exactamente lo contrario de lo que él era.

No podía negar que Kentley le había sacado de su ostracismo, había conocido más mujeres en ese par de años que ocupaba el piso, que las que había conocido en toda su vida.
No le gustaba salir de copas, le agobiaban las discotecas, los pubs, hasta los bares, en general prefería pasar el sábado por la noche acompañado de un buen libro o una buena película. 

La universidad había sido un refugio ideal para él, podía pasar las horas en las que no tenía que dar clase, en la biblioteca del Departamento de la Facultad, puliendo sus ideas, aprendiendo más y más de todo aquello que le apasionaba, se había ganado la plaza de Profesor de Derecho Civil cuando acabó la carrera. Pasó de poner excusas para evitar los botellones de la adolescencia, a no excusarse más, se centró en su carrera y de esa forma las relaciones románticas pasaron a ocupar el último lugar. 

Pero echaba de menos tener a alguien a su lado, contaba con muy buenos amigos y desde que conoció Ilógico se habían ampliado sus relaciones, pero sentía que no era lo mismo. 
Sentía que le faltaba algo, sentía que seguramente echaba de menos enamorarse.
Cuantas más mujeres trataba de conocer, más sentía que ya no quería conocer a ninguna más. Las decepciones empezaban a pesar demasiado y las relaciones superficiales ni siquiera eran estimulantes.

Y de nuevo pensó en Nostromo. Tan políticamente correcta y simpática, siempre con una sonrisa, nada de lo que dijo tratando de incomodarla funcionó. Se había comportado como un idiota, normalmente no era amable, pero esa noche, con ella, se había comportado como un solemne imbécil. Y aún no sabía por qué.

O tal vez si, su aspecto lo descolocó, era como una guerrera Valkiria de brillantes ojos azules, casi tan alta como él, no llevaba pulseras ni anillos, sólo unos pendientes de cristal. Su melena le caía por los hombros algo despeinada, como si acabara de salir de la ducha.
Era extraordinariamente femenina, pero se empeñaba en ocultarlo, estaba claro que prefería las relaciones puramente racionales y en ningún momento hizo ademán de querer ser deseada como mujer. Decididamente Gandalf no se enteraba de nada.

Recordó cómo a medida que avanzó la noche, comenzaron a hablar de filosofía. Hasta ese momento no parecía que nada la hubiera sacado de su férreo control, pero Magneto, tal y como hacía de vez en cuando, trató de convencer al resto de la indubitada existencia de Dios. 
Fue entonces cuando vió algo más en ella, fue lo que vió en ese momento lo que no cuadraba, comenzó a discutir con Magneto con simpatía pero con firmeza, cuanto más insistía Magneto, más sonreía la Valkiria pero más enfadada parecía, llegó un momento en el que Magneto dió todo lo que podía dar de sí mismo y acorralado, comenzó a perder el respeto por sí mismo y por los demás.
No podía asegurarlo y menos aún a aquellas horas de la noche y con cuatro gin-tonics en el cuerpo, pero le pareció que sus azules ojos centelleaban de la más pura y legendaria furia de los dioses.
Le hubiera parecido normal que hubiera dado un salto sobre la mesa, hubiera sacado una espada y cogiendo al imbécil de Magneto por el cuello, lo hubiera cortado en pedazos, después los hubiera ofrecido en un altar a Odín y finalmente, alzando un cuerno de hidromiel, hubiera propuesto un brindis por los dioses de la mitología nórdica.
Al menos a él no le hubiera extrañado nada.

Pero de repente, de forma casi imperceptible, la Valkiria desapareció, la guerrera ya no estaba, sólo tuvo que inspirar distraídamente y volver a sonreir.
La calma había vuelto, estaba seguro de que nadie lo había visto, de hecho había llegado a pensar que se lo había imaginado. No era posible, detrás de esa sonrisa no podía haber nada más, no debería, porque si lo hubiera, él estaría perdido.

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12 de octubre de 2013

El Martillo de Thor

Pasaron varias semanas hasta que recibió el email de Gopher.
Había pensado en volver a Ilógico desde el momento en que acabó la reunión, pero cuando fueron pasando las semanas sin noticias del club, se planteó si era mejor no embarcarse en una aventura que tal vez no resultara como ella esperaba. 

Gopher se disculpaba por no haberla escrito antes, había tenido asuntos familiares que atender y como habían quedado en que haría, le detalló los días de reunión.
También le decía que la semana siguiente debería ser la próxima reunión, pero no se iba a celebrar, porque en su lugar se reunirían para la cena de Navidad.

- ¿Una cena de Navidad a mediados de Febrero?, dijo en voz alta.
Conan se acercó hasta ella y la miró esperando algo más.
- No es por tí Conan, es por esta gente tan curiosa, están completamente locos - dijo riéndose - como también lo estoy yo, hablando sola o hablando contigo, que no sé qué es peor.
Conan se subió tratando de alcanzar la zona alta de su rodilla, era tan pequeño que no llegaba hasta arriba.
- Mi pequeño General, mi bichito ¿qué te parece si voy a la cena? ¿te gustaría?.
Escuchar "cenar" y "gustaría" fue la señal para que Conan recordara de alguna manera que era hora de comer algo, así que se apretó contra sus zapatillas y empezó a reclamar su atención.
- No, ahora no, aún queda un rato para cenar, bichito.
Estaba segura de que Conan la comprendía perfectamente. La miró, bajó la cabeza y se sentó en su alfombra.

Tenían que hacer la reserva en el restaurante, así que debía responder hoy mismo o mañana, como muy tarde, si iría o no a la cena. Parecía fácil, seguramente lo sería para cualquiera, pero no era fácil para ella.

Salió al jardín, este otoño había sido muy caluroso y el invierno no estaba siendo digno de llamarse así, incluso la noche de Fín de Año, que siempre había sido condenadamente fría, resultó soportable con un mini-vestido de noche y medias de cristal.
Había ido a cenar con su familia y después de tomar las doce uvas, fue a una fiesta que se celebraba en un chalet de una ubanización próxima a la suya. Su primo, que siempre había sido un bala, estaba allí con sus amigos y le presentó a uno de ellos, que muy bien podría ser la reencarnación de Thor, el Dios del Trueno, un atlético rubio de ojos verdes de casi dos metros, con una mirada que conseguía que se te olvidara quien eras, qué hacías allí y qué sentido tenía todo lo que no fuera dejarte caer rendida a su exclusiva voluntad.

Fue una forma grandiosa de empezar el año, al menos hasta la mañana siguiente, cuando se despertó en casa acompañada de aquella escultura griega de sangre caliente y una estupenda resaca.
Era inevitable, después de un café comenzó a sentirse algo incómoda, aquel era su mundo, su castillo, su fortaleza y si bien su deseado amante era digno de contemplar a cada segundo y en cada gesto, su soledad reclamaba el espacio que merecía.
 
Caminó hasta la mesa de la terraza, cogió una silla y la movió hasta sentarse bajo la sombra de uno de los pinos, se encendió un cigarrillo y contempló el sol de media tarde, otro año más y se iba afianzando la idea de que pasaría el resto de su vida sola, pero no sentía que la soledad se arraigara en su ánimo con tragedia, simplemente lo asumía, asumía que tal vez debería rendirse y conformarse con relaciones superficiales pero placenteras. Sin compromisos, sin felicidad pero sin dramas, un estupendo equilibrio de vacío emocional.

Aspiró el humo del cigarrillo y lo expulsó con la fuerza del desencanto, el humo subió y se quedó enredado entre las púas del pino, tal y como ella se sentía. Miró el humo tratando de disolverse, no había ni una sola gota de aire que lo ayudara.

Las semanas que habían pasado desde la reunión habían ido apagando su entusiasmo por regresar a Ilógico, tal vez fuera mejor añorar lo que nunca llegó a suceder, que estrellarse contra una realidad burda y ordinaria. Sin embargo, en su pensamiento aún quedaba pendiente un acertijo, un enigma, seguramente el enigma más complicado de todos con los que cualquier persona pueda llegar a enfrentarse, tratar de llegar a conocer profundamente a otra persona.

Miró hacia arriba y el humo comenzaba a discurrir entre las púas, hacia arriba y hacia los lados, hasta desaparecer.
Le hubiera gustado que Dallas estuviera allí mismo, frente a ella, le hubiera gustado saber qué escondía detrás de esa mirada arrogante y esa inteligencia tan extraordinaria.
Se sorprendió de la intensidad con la que emociones aletargadas desde hace tiempo, comenzaban a invadirla frente a la posibilidad de volver a encontrarse con él.
Por un instante llegó a sentir que tal vez pudiera compartir su tiempo, en ese espacio sagrado que había construido a su alrededor, con él.

Llamaron al timbre de la puerta y regresó a la realidad.
Entró en la cocina y se dirigió a la entrada, miró al monitor de la cámara de la puerta del jardín y le vió. Sonrió al instante, era insultantemente bello.
- ¿Si? dijo ella apretando el botón de micrófono.
- Hola preciosa, soy yo.
- Hola amor... no te esperaba, pasa, dijo ella abriendo la puerta de la valla del jardín.

Abrió la puerta de la entrada y le vió subir por el camino, hacia ella.
Era magnífico, se podría pasar toda la vida mirándole, llevaban casi un mes saliendo.
Desde la noche de Fín de Año se habían visto varias veces, no podía creer que aún no hubiera conseguido asustarle. Era cierto que tampoco tenían una relación muy profunda, pero con menos aún había conseguido asustar a la mayoría de los hombres que había conocido.
Aunque tenía que ser sincera consigo misma, con Thor estaba teniendo muchísimo cuidado, como cuando coges de la vitrina del salón principal una escultura de porcelana de Lladró y la observas en todos sus detalles, en todos sus recovecos y curvas, su perfección, su exquisita belleza.
Sabes que no puedes más que contemplarla y volverla a dejar en su lugar, no puedes llevarla contigo a todas partes, por mucho que te guste. Su sitio no está contigo, no podría soportar el viaje, tal vez al principio sólo se rallaría, pero más adelante saldría alguna grieta, después otra más y con el paso del tiempo, se rompería.

Ahora estaba contemplándolo sólo un poco más, sabía que no había nada que pudiera hacer para retenerlo a su lado, por lo que cada momento era más especial.

- Te he comprado un regalo, dijo Thor.
- Qué tontería, no tenías que hacerlo.
- Espero que te guste -dijo Thor, ofreciéndole un pequeño paquete-.
- A ver... oh, una pulsera ¡qué bonita!.
- Si, he visto que no llevas ninguna y he pensado que te gustaría llevarla. Así piensas más en mi, que me tienes abandonado.

La abrazó y la besó, ella pensó que podría quedarse entre sus brazos durante el resto de su vida.

- Ya sabes que no me gusta mucho llamar por teléfono... me encanta la pulsera, es preciosa -dijo ella sin mentir del todo, porque seguramente lo era para alguien a quien le gustara llevar pulseras.
- Ven que te la pongo.
- Gracias amor, pero ahora me siento mal porque no tengo nada para ti... espera, ¿o si tengo algo?, dijo ella con una sonrisa maliciosa.
- ¿Me has comprado algo? -dijo sorprendido- ¡qué coincidencia!
- Si, sería una increíble coincidencia, porque no sabía que venías a verme.
- Es verdad...
- Bueno, no importa, no te he comprado nada, pero tengo algo para ti que sé que te gusta más que cualquier cosa...

No esperó a que lo entendiera, le cogió de la mano y subieron las escaleras al dormitorio, sentía la fría pulsera en su muñeca, tal vez esa fuera la primera grieta de su adorada escultura.

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26 de septiembre de 2013

IKEA es un infierno


Dicen que es más difícil salir del IKEA que de las drogas y quien lo dijo seguramente había sido adicto a la cocaína, a la heroína y al crack y aún así, había superado su adicción y estaba completamente limpio.

Hace unos diez años fui una vez a IKEA, teníamos que comprar la mesa y las sillas de la cocina y como no había nada por la zona que nos gustara demasiado y no habíamos ido nunca, nos animamos a ir. Fue tan frustrante la experiencia, que siempre me había negado en redondo a volver de nuevo.

Por si alguien no lo sabe, cuando entras en IKEA ya no puedes salir, al menos hasta que te hayas recorrido completamente toda la tienda. No puedes salir, literalmente. 
Me figuro que si enfermas gravemente o te pones de parto sí que te dejan salir, pero si sólo pides amablemente que quieres salir de allí, por favor, de inmediato, te contestan que no hay salida y que sigas adelante, sin piedad.

No sé a quien se le habrá ocurrido esta genial idea, pero al menos a mí me ha mantenido apartada de la tienda casi diez años, hasta el otro día que el Oráculo y yo decidimos que había que volver, porque nos gustan sus muebles y nos gusta el precio que tienen. Nadie es perfecto.

Así que nos levantamos, desayunamos fuerte, nos pusimos ropa cómoda y salimos con el ánimo rebosante de conseguir una victoria. Aparcamos casi en la puerta y nos dirigimos a la entrada.
Miré hacia atrás por un segundo, antes de cruzar las puertas, sabiendo que no volvería a ver la luz del sol en horas, respiré hondo y entré.

El hall estaba lleno de gente, de niños corriendo de un lado para otro, de cochecitos, de niñas preadolescentes mirando sus móviles y chocando con todo el mundo y entre todos ellos conseguí ver la escalera de madera que subía a la tienda. Al lado del pasamanos, dispuestos a acompañarnos en la tortura, reclamaban su atención un metro de papel, una hojita en la que apuntar lo que quieras comprar y un lapicerito muy mono con el logo de IKEA.

Los cogimos y ascendimos por las escaleras con paso firme, esto no había hecho nada más que empezar, sabámos que aún podíamos escapar, pero estábamos decididos a llegar hasta el final.
 
Queríamos comprar una mesa y un sillón para el PC, un mueble para la televisión y la mesa y las sillas del comedor. Nada más.
- Cuánta ingenuidad. -
Así que una vez encarrilados en el redil, fuimos caminando entre símiles de dioramas que nos mostraban lo happy flower que es la decoración interior sueca, con los potenciales clientes abarrotando cada escenario como voluntarios actores y actrices, hasta que llegamos al diorama de los salones y los muebles de televisión.

Sólo queríamos un mueble para la televisión, sólo un mueble en el que pones la televisión encima y ya está. Pero no, no es tan fácil. No hay nadie allí para ayudarte, nadie a quien preguntar, vi a un empleado de la tienda y en cuanto se dió cuenta de que iría a preguntarle desapareció entre espejos. cortinas, cojines y sofás. Le seguí durante un tiempo, pero consiguió despistarme.

Así que estábamos solos en esto, montones de muebles para poner una televisión encima, un metro de papel, un lápiz y una hojita. 
No nos importaba, en la batalla lo realmente importante es el valor y no las armas, así que después de una hora de mirar tamaños, colores, disposición de las baldas, los cajones, las puertas, las patas y los tiradores... conseguimos apuntar en la hojita un número de pasillo y de columna.

Seguimos adelante, yo tenía sed, pero no quise decir nada, no iba a dar ninguna señal de que mi entereza empezaba a flaquear.
Pasamos entre las mesas de centro, las habitaciones para niños y llegamos a lo que llaman centros de trabajo, con mesas para ordenadores y sillones. Montones de sillones, de montones de colores, texturas, formas, tamaños, montones de mesas, de montones de colores y tamaños y lo que es peor, con montones de patas donde elegir... un infierno. Así que comenzamos a tratar de decidir cual sería la mejor opción.
Sabíamos que la mejor opción era escapar, pero continuamos.
Nos sentamos en los sillones y sacamos el metro de papel para medir las mesas. Me corte con la hoja en el dedo y empezó a sangrar. No me importaba, era sólo una herida visible que podría mostrar con orgullo cuando la batalla hubiera acabado.
Después elegimos las patas, pero no pudimos apuntar el número de pasillo, en su lugar había una nota que decía "Pregunte al personal de la tienda". Además de torturarnos se reían de nosotros.

Acabamos allí y seguimos hacia las mesas y sillas de comedor. Exhaustos. Yo ya no tenía sed, había dejado de sentir mi cuerpo de forma natural. Sólo sentía punzadas de dolor en los pies y las piernas comenzaban a pesarme, cuando ante nosotros se abrió el mayor de los dioramas que habíamos visto hasta entonces.
Comedores de todos los colores y formas, uno al lado del otro, en algunos las mesas eran iguales salvo que cambiaba el color, en otros eran exactamente iguales, salvo que en un sitio estaba cerrada y en otro abierta. También podía despistar que las sillas cambiaban en todos los comedores, así que era realmente difícil saber cuantos modelos de mesas había y casi imposible saber cuantos modelos de sillas, además de que había aún más sillas colgadas a lo largo de dos paredes. El Horror.

Me senté, por primera vez. Quise llorar pero me contuve. Vi a un empleado escabullirse detrás de un práctico armario con espejo de baldas negras y rosas, con cajones llenos de cojines y mantas. Juraría que se estaba riendo.
Pero no nos ibamos a dar por vencidos ahora que casi habíamos acabado.
-Una vez más, cuánta ingenuidad-
Así que me armé del valor que me quedaba, me levanté y sacando el metro y el lápiz nos dispusimos a acabar de una vez por todas. 
Después de más de una hora, temblorosamente, escribimos un número de pasillo para la mesa, otro para las sillas y ninguno para las fundas de las sillas, convencidos de que en algún momento conseguiríamos atrapar a un empleado.

Al fin, la victoria estaba cerca. Mareada, con la boca seca y con dolor en las piernas, nos encaminamos a la salida.
Fue entonces cuando empezamos a darnos cuenta de los letreros que había encima de los caminos. Todo estaba lleno de letreros que indicaban qué era lo que ibas a encontrar más adelante. Una demostración más de la crueldad y el sarcasmo del diseñador de este infierno, porque necesariamente íbamos a tener que verlo, quisieramos o no.

Y llegamos al final de la primera planta, había unas escaleras de madera prácticamente iguales que las de la entrada y sonreí feliz, le dije al Oráculo que no había sido para tanto y que mi memoria recordaba la experiencia peor de lo que había sido.
Bajamos las escaleras y a la izquierda vimos las puertas de cristal de la salida, a través de un parque infantil en donde los padres pueden dejar a sus hijos, me figuro que IKEA ofrece ese servicio para evitarse una demanda por maltrato infantil.
Me encaminé sonriente hasta la valla de colorines que rodea el parque y cerraba el acceso y llamé a la empleada que atendía a los niños.

Me miró como quien mira al león en el zoo. Volví a llamarla y se acercó, dejando tres metros de distancia. Le pregunté a gritos si me podía abrir para salir. Sonrió y me dijo que no, que tenía que recorrer toda la tienda. Le grité que ya había acabado y que quería salir, y me dijo que no me podía abrir la puerta.
Se dió la vuelta sin ninguna compasión y me quedé ahí durante un rato, mirando las puertas de salida y el sol que aún brillaba. Era un día precioso, la libertad es preciosa, qué poco la valoramos.

Así que era la guerra, pues tendrían guerra, nos cogimos de la mano, nos miramos a los ojos y supimos lo que teníamos que hacer. Correr. 
Correr como si un sanguinario dragón nos persiguiera escupiendo fuego, como si las llamas del infierno quisieran atraparnos para toda la eternidad. Correr por la libertad, por la vida, por el amor, correr por un mundo en el que las personas importan, las empresas se preocupan por su clientes y a los diseñadores de infiernos como IKEA se les juzga y se les encarcela por el resto de sus vidas.
Correr sin mirar atrás, sin mirar más letreros, sin mirar a los lados, sin ver esa colcha tan mona que te hace juego con los cojines de la cama, esa lámpara divina que es justo lo que buscabas, esa plantita que seguro que no se va a morir a los dos días de llegar a casa. Correr por el tiempo que estás perdiendo, correr por tu vida.

Salimos de los dioramas y llegamos al almacén, cajas amontonadas por todas partes, números de pasillos y columnas, gente con la mirada perdida apoyados en sus carritos, prisioneros en la ilusión de que algún día saldrían de allí. Miré hacia arriba, tratando de encontrar un balcón desde el que un guardian vigilara a los prisioneros y recordé la serie Almacén 13. Cada objeto expuesto estaba encantado, maldito, era mejor no tocarlos, ni siquiera acercarse.

Conseguimos sortear los obstáculos y divisamos la salida sin compra, la cruzamos, vimos una máquina de bebidas y paré un segundo para mirar el precio: 2 euros una mini botella de agua.
Sabían hacer muy bien su trabajo, al enemigo, ni agua.

Cruzamos las puertas de la salida y respiramos al fin el aire puro. Habíamos vencido.

Ya ha pasado un tiempo de todo aquello y tanto sufrimiento no ha quedado en nada, tenemos los muebles que queremos, pero nunca más hemos vuelto a entrar en la tienda. 
Hay otros modos de conseguirlo. 
Bendito internet.

19 de septiembre de 2013

Ilógico

ilógico
- Y además de jugar ¿qué otras cosas hacéis por aqui?, dijo Nostromo.
- Charlar, beber cerveza y de vez en cuando nos reunimos a cenar. Una vez al año, en el puente de diciembre, hacemos las maletas y viajamos a alguna parte, este año hemos ido a Garrovillas de Alconétar, lo hemos pasado muy bien, dijo Gopher.
- Visitamos la ciudad y organizamos partidas en el hotel en el que estemos, reservamos una sala sólo para nosotros y nos pasamos el día jugando -dijo Gandalf, mientras daba vueltas a un cubo de Rubik.
- ¿En serio? parece divertido, djo Nostromo.
- Sí que lo es, el año que viene tienes que apuntarte, dijo Kentley.
- Antes tengo que decidir si volveré una segunda vez. No es que me guste mucho salir de casa, en realidad no me gusta nada. No hubiera venido hasta tan lejos si no es por curiosidad, ya sé que sueno como un bicho raro, pero es así, dijo Nostromo.
- ¿Donde vives?, dijo Dallas.
- Cerca de Majadahonda, respondió Nostromo.
- ¿Y eso está lejos? -dijo Dallas sorprendido-, pues sí que suenas como un bicho raro.
- ¿Y qué haces para ir a trabajar, o para ir a comprar?, dijo Gandalf.
- No es que no salga nunca de casa, salgo a comprar, aunque normalmente pido lo que necesito por internet, en cuanto a trabajar, soy escritora, no sé si eso se puede considerar un trabajo, sobrevivo como redactora de contenidos para páginas web y sólo tengo que ir al trabajo una vez a la semana, así que me las apaño para no salir mucho.

Se miraron entre ellos sorprendidos.
- A ver, no es una enfermedad ni nada de eso, más bien es lo mismo que le pasaba a Obelix cuando quería poción mágica, no le daban porque se había caído en la marmita cuando era pequeño. He tenido mucha actividad social, de hecho más de la que me gustaría y ahora estoy en un momento de calma. En serio que no pensaba haber venido y ahora no me puedo creer que esté pensando en volver una segunda vez, no me puedo creer que esto sea real, dijo Nostromo riéndose.
- Pues tienes que volver al menos otra vez, eso está claro, dijo Kentley.
- Es posible, pero ¿tendré que esperar una nueva invitación?, preguntó Nostromo.
- No, ya no, ahora que nos has encontrado puedes venir siempre que quieras. Nos reunimos en este local todos los primeros y terceros viernes de cada mes, a las diez de la noche, también hay reuniones por la tarde los sábados posteriores al primer viernes de mes, pero esas reuniones son para los que tienen hijos, dijo Gopher.
- Si me lo repites o mejor me lo apuntas igual consigo volver en el día correcto, porque te prometo que ahora mismo no sería capaz de saber qué día volver, dijo riéndose Nostromo.
- Es bastante complicado de aprender al principio, pero después lo ves hasta normal -dijo Gopher riéndose- si quieres me das tu email y te lo envío por correo.
- Vale, apúntalo -dijo Nostromo, dictándole su email.

Cuando Gopher acabó de apuntar el email llegó Hari, con una cerveza para ella.
- Muchas gracias Hari, justo a tiempo, me acabo de terminar la otra.
- Es para mantener a raya las neuronas, así no se nos va la pinza con tanto juego -dijo Hari- dime, ¿cómo te están tratando estos chicos?, ¿se están portando bien?, ¿Dallas ha sido tan amable como siempre?.
- Me están tratando muy bien, ¡hasta estoy pensando en volver!.
- He hecho lo que he podido -dijo Dallas- pero me temo que está encantada con nosotros, qué le vamos a hacer.
- Como siempre, en tu línea Dallas -dijo Hari, apoyándose en el hombro de Nostromo en señal de consuelo y sentándose a su lado- Ya te acostumbrarás, Dallas es así con todo el mundo pero le queremos igual, por mucho que le moleste, o tal vez sea precisamente porque le molesta, dijo riéndose.

Pasaron el resto de la noche charlando sobre películas, juegos de mesa, astronomía, decoración, biología, sushi, matemáticas, paradojas y filosofía.
A la mesa se fueron uniendo algunos otros, como Magneto, Yoda, Sherlock o Ultravioleta, las conversaciones eran originales, cada uno aportaba un punto de vista diferente y le daba una vuelta más de tuerca al argumento del otro.

Casi eran las tres de la mañana cuando el camarero les avisó que era la hora de cerrar. Nostromo no podía creer que el tiempo hubiera pasado tan rápido, se hubiera quedado toda la noche.
Al mirar alrededor se dió cuenta de que el local se había quedado vacío, eran los últimos en marcharse. Fueron saliendo todos y Nostromo se fue despidiendo de cada uno, hasta que sólo quedaron Hari y ella.
 
- Ha sido un verdadero placer Hari, no sé qué esperaba encontrar, pero no era gente como vosotros, lo he pasado realmente bien, estaré aquí en la próxima reunión, cuando haga los cálculos para averiguar el día.
- Aqui estaremos -dijo con una amplia sonrisa-, ¿cómo has venido?, si quieres te acerco a algún lado, tengo el coche aquí mismo.
- No hace falta, muchas gracias, cogeré un taxi.... hasta la próxima Hari.
- Hasta entonces, Nostromo.

La fría noche de diciembre sobre Madrid, ahora parecía extrañamente cálida para ella. No desaparecía la sonrisa de su rostro, como cuando recibes un regalo que no esperas y además es exactamente lo que deseas.

Caminó despacio bajo la tenue luz de las farolas, aún quedaba gente por la calle, algunos vestidos con disfraces de Santa Claus, otros adornados con espumillones dorados, plateados, rojos, en Madrid la Navidad es otro motivo más para salir a la calle y divertirse.

Las conversaciones que había tenido fueron regresando a la memoria de Nostromo, qué personas tan curiosas, pensó, parecen personajes de una novela.
Pensó en Kentley, simpático e impulsivo, en Gandalf, que tal vez fuera diferente de quien aparentaba ser, en Gopher, que era el más extrovertido, pero a la vez desconfiaba de todo, en el gigante Hari, que era todo corazón, si no hubiera abierto él la puerta seguramente no se habría atrevido a entrar, y finalmente pensó en Dallas ¿qué le ocurría a Dallas?, de todos ellos era el que despertaba más su curiosidad.

Pero no era sólo la personalidad de Dallas la que le atraía, como tienta cualquier adicción que sabes que no debes probar, es que era asombrosamente parecido a James, el pelo corto y oscuro, la mirada, hasta la estatura y la constitución física era exacta. Y lo más sorprendente era su sonrisa ¿cual es la probabilidad de que dos personas, por mucho que se parezcan en sus rasgos, sonrían exactamente igual?, posiblemente era mínima, como también lo era la posibilidad de que existiera un club como Ilógico, y existía. 
Iba a empezar a creer que, después de todo, la Navidad no había dejado de ser mágica.

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1.- La invitación
2.-La búsqueda
3.-El encuentro
4.-Hari Seldon
5.-¿Quién soy?