25 de diciembre de 2013

Feliz Navidad


Hoy se cumplen 45 años de la primera fotografía de nuestro hogar desde la Luna.

El 21 de Diciembre de 1968, la tripulación del Apollo 8, Frank Borman, James Lovell y William Anders viajaron al espacio en el cohete Saturno V, completaron diez órbitas alrededor de la Luna y regresaron a casa el 27 de diciembre. 

El 24 de Diciembre, al abandonar la cara oculta de la Luna, obtuvieron esta fotografía de nuestro Planeta Tierra.

Feliz Navidad

 

25 de noviembre de 2013

Anoche soñé con Tielmes

Llegué a las siete y media de la mañana, como cada día, a mi trabajo.
Encendí el ordenador y Antonio, mi compañero, andaba rebuscando en su cajón, porque no encontraba las llaves de su casa.

- Tranquilo, ya aparecerán.
- Es que no sé donde tengo la cabeza, siempre las pierdo. Las llevaba cuando he salido de casa, seguro, espero que no se me hayan caído por el camino.
- No te pongas en lo peor, mira bien en el abrigo.
- Ya he mirado...

Se ponía nervioso con esos despistes. Era muy exigente consigo mismo, mucho. 
Tenía cincuenta y siete años pero parecía que sólo rozaba la cincuentena. Conservaba una forma física extraordinaria, había sido campeón de España de culturismo y venía andando hasta la oficina, veinte minutos de caminata, aunque nevara.

Tenía una berlina Mazda azul oscuro, de gasolina, un coche precioso, con los asientos en cuero beige, eligió hasta el último detalle que lo adornaba, le había costado gran parte de sus ahorros, pero no le importaba, era su capricho. Y seguramente había sido más que un capricho, porque con el trabajo de Conserje no se lo podía permitir y lo dejaba aparcado en el garaje la gran mayoría de los días.

Le gustaban las películas del Oeste Americano, tanto las antiguas como las más recientes. En los días que compartimos aquel espacio lúgubre y oscuro que era nuestro despacho, apartados del resto de compañeros, me contaba cómo le hubiera gustado vivir aquella época y viajar por aquellos paisajes infnitos llenos de nubes y montañas de arena rojiza.
Una época en la que importaban los principios y los valores, en la que la palabra de un hombre valía tanto como su vida, en la que el honor era la moneda más preciada y la traición se cobraba con las balas de un revólver.

Antonio era una persona muy especial, única. 
Había estado casado hacía tiempo con una mujer a la que recordaba con tristeza. Habían tenido un hijo al que amaba con todo su corazón. 
Cuando se divorciaron, en la década de los ochenta, la custodia se la dieron a ella y él le pasaba la pensión religiosamente, cada mes. Me contaba lo terrible que fue para él separarse de su hijo y cómo con el tiempo, el niño fue queriendo ir a verle cada vez más a menudo.

Cuando cumplió once años le dijo que quería vivir con él y no con su madre, a lo que su exmujer accedió sin ningún problema, siempre que ella se quedara con la casa.
Acordaron una pensión que ella nunca le pagó y él nunca reclamó porque no quería pasar por más líos de juzgados, como él los llamaba. Tenía a su hijo con él y nada más le importaba.

Ahora su hijo tenía casi treinta años. Un día fue a visitarlo a la oficina, para ver cómo nos habíamos instalado finalmente. Antonio estaba muy contento con el cambio, en el otro edificio en el que estábamos le habían relegado a una silla al lado de la puerta, sin calefacción ni aire acondicionado.
Ahora al menos, compartía un espacio agradable conmigo.

Lo que para mi era un agujero sin ventanas, con una sola puerta a la calle por la que entraban casi una centena de personas al día, para él era un oasis de comodidad.
Habíamos conseguido tener calefacción y aire acondicionado y que estuviera adecuadamente iluminado, aunque para conseguirlo tuve que estar insistiendo hasta el absurdo. 
Ese espacio que para mi era no sólo un obstáculo, sino un infierno, a la hora de desarrollar mi trabajo como Técnico en orientación laboral, para él era el paraíso.

Y como me decía, lo que más le gustaba, era que podía charlar conmigo. 
La hora que teníamos antes de que la gente empezara entrar sin pausa, la pasábamos hablando de cine, de filosofía, de política, de economía, de teología, de Derecho, de astronomía, de ciencia-ficción...

Antonio no había podido estudiar una carrera universtaria, pero era una persona extraordinariamente culta. Se había acostumbrado a vivir sin televisión, hacía más de una década que no la tenía, porque un día se dió cuenta de que quemaba las horas tumbado en el sofa y le deprimía. Así que después de trabajar iba a la biblioteca municipal, a diario.
Ahora sé que si pude aguantar todo aquello hasta el final, fue gracias a él.

- No sé qué haría sin tí, aquí están las llaves.
- Te lo dije, es que a veces cuando uno se agobia no ve ni lo que tiene delante.
- Menos mal... por cierto, te quería contar un sueño que tuve anoche. Soñé con Tielmes.

Yo procuraba evitar la historia de Tielmes, porque era tan terrible que me afectaba muy profundamente, pero a él le hacía bien hablar de ello.

La primera vez que me contó su historia no pude evitar llorar. 
Ya nos conocíamos lo suficiente como para que él pensara que yo merecía conocer aquella parte de su vida. Nunca se la había contado a nadie del trabajo, ni por lo general se lo contaba a nadie. Sólo la conocía su familia. 
Aún no sé por qué tuve el honor de que sintiera que podía ser completamente sincero conmigo, pero hay cosas que sencillamente ocurren y tampoco hay que pensar por qué.

La primera vez que me lo contó fue un día que había estado nevando toda la noche y cuando llegó por la mañana, le dije que no comprendía cómo podía venir andando hasta la oficina, porque hacía mucho frío. Que al menos se pusiera guantes, porque debía tener las manos heladas.

Me contó que para él, aquello no era pasar frío, porque había pasado mucho frío cuando era pequeño. Me quedé un poco descolocada y él continúo:
- Es que de pequeño estuve en un internado y allí sí que pasábamos frío.
- Ah, bueno, pero... 
- Nada, que esto no es frío, no te preocupes.

Le sonreí. Dejó el abrigo y se sentó.
Seguí ojeando un documento en el ordenador, cuando me dijo:
- Es que nadie de aqui lo sabe, bueno, en realidad, no es algo que cuente a nadie.
Le miré sin entender del todo.
- Si quieres puedes contármelo.
- Lo mismo te aburro.
Reí y le contesté:
- Sabes que no me aburres, sino todo lo contrario. De todos los compañeros que he tenido en este antro, durante todo este tiempo, de lejos, eres la persona más interesante y divertida de todas.

Y era completamente sincera, porque no sólo es que supiera charlar de cualquier tema que surgiera, es que además tenía un fino sentido del humor, siempre andaba contando chistes y sacaba punta a todo.
- Pero esto igual te sorprende un poco.
- Prueba a ver.
- Vale... como te he dicho, de pequeño estuve en un internado, en Tielmes. Tielmes es un pueblo del sur de Madrid, cerca de Alcalá. Mi padre era alcohólico y supongo que mi madre pensó que lo mejor era que mis hermanos y yo estuviéramos lejos de casa, así que cuando yo tenía siete años, entré en el internado.
- Vaya, no sabía que...
- Si, mi padre era alcohólico, nos maltrataba. Con el tiempo aprendí a perdonarle... pero no del todo. Bueno, como te contaba, nos internaron en un colegio en Tielmes, era un internado católico, sólo de monjas. Los vecinos nos llamaban los niños del Palacio, porque en sus buenos tiempos aquel edificio había sido un Palacio en el que vivía gente de la nobleza. Era el Colegio de los Santos Niños Justo y Pastor. Aún hoy sigue existiendo, pero creo que ya no es un internado. 

Noté que le costaba continuar, era como si los recuerdos estuvieran surgiendo de una parte de él arrinconada por el tiempo o por el sufrimiento.
- Esto no es pasar frío -me dijo sonriendo-, yo he tenido sabañones en las manos que me sangraban y en las rodillas. Los zapatos que tenía no me abrigaban y los dedos de los pies se me congelaban. Teníamos un uniforme que era obligatorio que lleváramos, con pantalón corto, aunque fuera invierno. Había algunos padres de otros compañeros que les llevaban a sus hijos pantalones largos y las monjas los tiraban a la basura. Decían que teníamos que hacernos fuertes. Mis padres al principio fueron a visitarnos un par de veces, pero después no fueron más que una vez al año. Estuve internado hasta los catorce años, porque en el colegio sólo se podía estar hasta esa edad y después nos pasaron al Reformatorio, porque no había otro sitio en el que meternos.

Me miró, esperando que asimilara lo que me estaba contando.
- ¿En el Reformatorio? pero eso no es para...
- Si, nos juntaron con chavales que estaban allí porque eran delincuentes, pero nosotros nos mantuvimos unidos para protegernos.
- Entiendo -le respondí, tratando de entenderlo-.
- Lo pasamos tan mal en el internado que creamos una familia entre nosotros, aún hoy en día nos juntamos a veces y recordamos aquellos tiempos. Fueron terribles, casi no nos daban de comer, recuerdo que íbamos a las pocilgas que tenían allí con algunos cerdos, a quitarles los trozos de pan duro que les echaban. Y si te veían hacerlo, te pegaban.
Recuerdo haber pasado tanto frío que si te caías al suelo de rodillas, no te dolían, porque estaban congeladas. Pero lo que más recuerdo de todo aquello era la sensación de abandono, de tristeza, sólo quería irme de allí. Algunos de los compañeros lloraban toda la noche. Pero cuando fueron pasando los años, me acostumbré. 
A veces salíamos a dar un paseo por el pueblo y si las monjas te veían pedir comida a los vecinos, al llegar al colegio te llevaban a una habitación, te pegaban con una especie de tabla de madera y te dejaban sin comer varios días. No importaba si hacía frío o calor, todos los días había que salir al patio y estar allí viendo morir las horas, sin nada que hacer. Y no se podía protestar, nadie lo hacía. Por eso, al final, lo único que tenías eran los otros niños que lo estaban pasando tan mal como tú.

Se detuvo y me miró. Le sostuve la mirada y no pude decir nada.
- Por eso cuando a los catorce años nos pasaron al Reformatorio, éramos como una pequeña mafia. Nadie podía tocarnos, pero no creas que no nos costaba, porque allí había chavales que eran realmente malos. Es verdad que algunos de mis compañeros se torcieron, pero no se les puede reprochar, porque eran muy malas compañías y es más fácil siempre tirar por el mal camino. Hay algunos que después, con los años, acabaron en la cárcel. Otros ya han muerto. Lo sentí mucho porque yo les conocía bien y sabía que eran buena gente, ¿sabes? para mí eran como mi verdadera familia.

Las lágrimas empezaron a surgir como un torrente de mis ojos. 
- Lo siento mucho, Antonio... no sabía que...
- Si, es una historia terrible. No sé por qué te la he contado. Por eso no me gusta la Iglesia, ni los curas, ni las monjas.
- Ya, claro...
- No sé por qué, pero a pesar de lo mal que lo pasé en el Reformatorio, fue mucho peor el internado. Supongo que era porque llegué muy pequeño y tardé años en acostumbrarme. Recuerdo el frío que hacía en aquel lugar, en las paredes, en el suelo, es como si a pesar de los años, no se me hubiera quitado del todo. Por eso siempre tengo frío en los pies, haga lo que haga.
- A ver Antonio... para tí es tu vida y te parece normal, pero es que... lo siento, no puedo parar de llorar, lo siento...
- Anda, no seas tonta, ya sé que muy normal no es.
- Es que...
- Por eso no me importa el frío que hace cuando vengo caminando, además de que enseguida entro en calor, en cuanto me pongo a andar.
- Claro...
- Y por eso, cuando el otro día te dije que habías tenido mucha suerte por haber podido estudiar una carrera, pensaba en que a mí me hubiera gustado muchísmo estudiar. No pude porque cuando cumplí los diecisiete años me sacaron del Reformatorio y me tuve que poner a trabajar para ganarme la vida. Volví a casa de mis padres, pero casi nunca estaba allí. Hacía trabajos por ahí. Pero me hubiera gustado estudiar. Al menos encontré lo del culturismo y eso me ayudó a no liarme en cosas raras.
- Entiendo -le volví a responder, sabiendo que era imposible que yo pudiera entender por todo lo que había pasado-.

Llegó el silencio y después de un rato me dijo:
- Ahora que te lo he contado me siento mejor.
- Me alegro, pero yo no... creo que podía vivir perfectamente sin saberlo...

Se rió y continué:
- ¿Sabes? no sé si has pensado en el mérito que tienes. Dices que te hubiera gustado estudiar, tener un título universitario y para mí, que hayas llegado donde has llegado, con lo que traías a la espalda, tiene infinítamente más valor.
- Si, a veces lo pienso, pero... no soy el único, otros también consiguieron salir de todo aquello bastante bien.
- Encima no repartas el mérito, que no tiene nada que ver. Eres sencillamente admirable.
 
Por eso, cuando aquella mañana me dijo que había soñado con Tielmes, me preparé para revivir con él sus recuerdos, que pugnaban por salir y que al hacerlo, le aliviaban de alguna manera el peso que soportaba su alma.

Cuando meses después le despidieron del trabajo, con una pequeña reunión de cinco minutos y un cheque con su indemnización, me abrazó, con lágrimas en los ojos y me dijo que volvería a verme algún día, que todo iría bien, que no me preocupara.
A mí me despidieron dos días después, por lo visto a la Empresa no le salían las cuentas.
Trabajó durante dieciocho años en lo que para él fue el mejor trabajo de su vida, de una vida que nació en la desgracia y que sólo él consiguió reconducir, sin ninguna ayuda. 

Me pregunto si a los últimos responsables de mi Empresa les importaba, de alguna manera, Antonio. 
Y la respuesta es muy sencilla... no.
Todos y cada uno de ellos contribuyeron a que Antonio, aquel día que tuvo que despedirse de mi, entre lágrimas, añadiera otra muesca más a su enorme lista de decepciones.

Espero que Dios los recompense como merecen, porque esa sería la única razón por la que ahora debería existir, cuando antes nunca lo hizo.

26 de septiembre de 2013

IKEA es un infierno


Dicen que es más difícil salir del IKEA que de las drogas y quien lo dijo seguramente había sido adicto a la cocaína, a la heroína y al crack y aún así, había superado su adicción y estaba completamente limpio.

Hace unos diez años fui una vez a IKEA, teníamos que comprar la mesa y las sillas de la cocina y como no había nada por la zona que nos gustara demasiado y no habíamos ido nunca, nos animamos a ir. Fue tan frustrante la experiencia, que siempre me había negado en redondo a volver de nuevo.

Por si alguien no lo sabe, cuando entras en IKEA ya no puedes salir, al menos hasta que te hayas recorrido completamente toda la tienda. No puedes salir, literalmente. 
Me figuro que si enfermas gravemente o te pones de parto sí que te dejan salir, pero si sólo pides amablemente que quieres salir de allí, por favor, de inmediato, te contestan que no hay salida y que sigas adelante, sin piedad.

No sé a quien se le habrá ocurrido esta genial idea, pero al menos a mí me ha mantenido apartada de la tienda casi diez años, hasta el otro día que el Oráculo y yo decidimos que había que volver, porque nos gustan sus muebles y nos gusta el precio que tienen. Nadie es perfecto.

Así que nos levantamos, desayunamos fuerte, nos pusimos ropa cómoda y salimos con el ánimo rebosante de conseguir una victoria. Aparcamos casi en la puerta y nos dirigimos a la entrada.
Miré hacia atrás por un segundo, antes de cruzar las puertas, sabiendo que no volvería a ver la luz del sol en horas, respiré hondo y entré.

El hall estaba lleno de gente, de niños corriendo de un lado para otro, de cochecitos, de niñas preadolescentes mirando sus móviles y chocando con todo el mundo y entre todos ellos conseguí ver la escalera de madera que subía a la tienda. Al lado del pasamanos, dispuestos a acompañarnos en la tortura, reclamaban su atención un metro de papel, una hojita en la que apuntar lo que quieras comprar y un lapicerito muy mono con el logo de IKEA.

Los cogimos y ascendimos por las escaleras con paso firme, esto no había hecho nada más que empezar, sabámos que aún podíamos escapar, pero estábamos decididos a llegar hasta el final.
 
Queríamos comprar una mesa y un sillón para el PC, un mueble para la televisión y la mesa y las sillas del comedor. Nada más.
- Cuánta ingenuidad. -
Así que una vez encarrilados en el redil, fuimos caminando entre símiles de dioramas que nos mostraban lo happy flower que es la decoración interior sueca, con los potenciales clientes abarrotando cada escenario como voluntarios actores y actrices, hasta que llegamos al diorama de los salones y los muebles de televisión.

Sólo queríamos un mueble para la televisión, sólo un mueble en el que pones la televisión encima y ya está. Pero no, no es tan fácil. No hay nadie allí para ayudarte, nadie a quien preguntar, vi a un empleado de la tienda y en cuanto se dió cuenta de que iría a preguntarle desapareció entre espejos. cortinas, cojines y sofás. Le seguí durante un tiempo, pero consiguió despistarme.

Así que estábamos solos en esto, montones de muebles para poner una televisión encima, un metro de papel, un lápiz y una hojita. 
No nos importaba, en la batalla lo realmente importante es el valor y no las armas, así que después de una hora de mirar tamaños, colores, disposición de las baldas, los cajones, las puertas, las patas y los tiradores... conseguimos apuntar en la hojita un número de pasillo y de columna.

Seguimos adelante, yo tenía sed, pero no quise decir nada, no iba a dar ninguna señal de que mi entereza empezaba a flaquear.
Pasamos entre las mesas de centro, las habitaciones para niños y llegamos a lo que llaman centros de trabajo, con mesas para ordenadores y sillones. Montones de sillones, de montones de colores, texturas, formas, tamaños, montones de mesas, de montones de colores y tamaños y lo que es peor, con montones de patas donde elegir... un infierno. Así que comenzamos a tratar de decidir cual sería la mejor opción.
Sabíamos que la mejor opción era escapar, pero continuamos.
Nos sentamos en los sillones y sacamos el metro de papel para medir las mesas. Me corte con la hoja en el dedo y empezó a sangrar. No me importaba, era sólo una herida visible que podría mostrar con orgullo cuando la batalla hubiera acabado.
Después elegimos las patas, pero no pudimos apuntar el número de pasillo, en su lugar había una nota que decía "Pregunte al personal de la tienda". Además de torturarnos se reían de nosotros.

Acabamos allí y seguimos hacia las mesas y sillas de comedor. Exhaustos. Yo ya no tenía sed, había dejado de sentir mi cuerpo de forma natural. Sólo sentía punzadas de dolor en los pies y las piernas comenzaban a pesarme, cuando ante nosotros se abrió el mayor de los dioramas que habíamos visto hasta entonces.
Comedores de todos los colores y formas, uno al lado del otro, en algunos las mesas eran iguales salvo que cambiaba el color, en otros eran exactamente iguales, salvo que en un sitio estaba cerrada y en otro abierta. También podía despistar que las sillas cambiaban en todos los comedores, así que era realmente difícil saber cuantos modelos de mesas había y casi imposible saber cuantos modelos de sillas, además de que había aún más sillas colgadas a lo largo de dos paredes. El Horror.

Me senté, por primera vez. Quise llorar pero me contuve. Vi a un empleado escabullirse detrás de un práctico armario con espejo de baldas negras y rosas, con cajones llenos de cojines y mantas. Juraría que se estaba riendo.
Pero no nos ibamos a dar por vencidos ahora que casi habíamos acabado.
-Una vez más, cuánta ingenuidad-
Así que me armé del valor que me quedaba, me levanté y sacando el metro y el lápiz nos dispusimos a acabar de una vez por todas. 
Después de más de una hora, temblorosamente, escribimos un número de pasillo para la mesa, otro para las sillas y ninguno para las fundas de las sillas, convencidos de que en algún momento conseguiríamos atrapar a un empleado.

Al fin, la victoria estaba cerca. Mareada, con la boca seca y con dolor en las piernas, nos encaminamos a la salida.
Fue entonces cuando empezamos a darnos cuenta de los letreros que había encima de los caminos. Todo estaba lleno de letreros que indicaban qué era lo que ibas a encontrar más adelante. Una demostración más de la crueldad y el sarcasmo del diseñador de este infierno, porque necesariamente íbamos a tener que verlo, quisieramos o no.

Y llegamos al final de la primera planta, había unas escaleras de madera prácticamente iguales que las de la entrada y sonreí feliz, le dije al Oráculo que no había sido para tanto y que mi memoria recordaba la experiencia peor de lo que había sido.
Bajamos las escaleras y a la izquierda vimos las puertas de cristal de la salida, a través de un parque infantil en donde los padres pueden dejar a sus hijos, me figuro que IKEA ofrece ese servicio para evitarse una demanda por maltrato infantil.
Me encaminé sonriente hasta la valla de colorines que rodea el parque y cerraba el acceso y llamé a la empleada que atendía a los niños.

Me miró como quien mira al león en el zoo. Volví a llamarla y se acercó, dejando tres metros de distancia. Le pregunté a gritos si me podía abrir para salir. Sonrió y me dijo que no, que tenía que recorrer toda la tienda. Le grité que ya había acabado y que quería salir, y me dijo que no me podía abrir la puerta.
Se dió la vuelta sin ninguna compasión y me quedé ahí durante un rato, mirando las puertas de salida y el sol que aún brillaba. Era un día precioso, la libertad es preciosa, qué poco la valoramos.

Así que era la guerra, pues tendrían guerra, nos cogimos de la mano, nos miramos a los ojos y supimos lo que teníamos que hacer. Correr. 
Correr como si un sanguinario dragón nos persiguiera escupiendo fuego, como si las llamas del infierno quisieran atraparnos para toda la eternidad. Correr por la libertad, por la vida, por el amor, correr por un mundo en el que las personas importan, las empresas se preocupan por su clientes y a los diseñadores de infiernos como IKEA se les juzga y se les encarcela por el resto de sus vidas.
Correr sin mirar atrás, sin mirar más letreros, sin mirar a los lados, sin ver esa colcha tan mona que te hace juego con los cojines de la cama, esa lámpara divina que es justo lo que buscabas, esa plantita que seguro que no se va a morir a los dos días de llegar a casa. Correr por el tiempo que estás perdiendo, correr por tu vida.

Salimos de los dioramas y llegamos al almacén, cajas amontonadas por todas partes, números de pasillos y columnas, gente con la mirada perdida apoyados en sus carritos, prisioneros en la ilusión de que algún día saldrían de allí. Miré hacia arriba, tratando de encontrar un balcón desde el que un guardian vigilara a los prisioneros y recordé la serie Almacén 13. Cada objeto expuesto estaba encantado, maldito, era mejor no tocarlos, ni siquiera acercarse.

Conseguimos sortear los obstáculos y divisamos la salida sin compra, la cruzamos, vimos una máquina de bebidas y paré un segundo para mirar el precio: 2 euros una mini botella de agua.
Sabían hacer muy bien su trabajo, al enemigo, ni agua.

Cruzamos las puertas de la salida y respiramos al fin el aire puro. Habíamos vencido.

Ya ha pasado un tiempo de todo aquello y tanto sufrimiento no ha quedado en nada, tenemos los muebles que queremos, pero nunca más hemos vuelto a entrar en la tienda. 
Hay otros modos de conseguirlo. 
Bendito internet.

29 de agosto de 2013

The Royal Maple

Para entrar tuvo que ir apartando muebles viejos y cajas polvorientas. Consiguió abrirse paso a través del desván poco a poco, hasta llegar a la ventana.
La luz del sol traspasaba con dificultad la mugre que se había ido depositando en el cristal durante todos aquellos años.

Abrió la ventana y respiró por fin el aire fresco de la mañana.
Le parecía que había pasado una eternidad y en cierto modo así había sido, aunque ahora eso no importaba, no importaba cómo lo había conseguido, al menos por el momento.
Lo único que importaba es que había conseguido volver.

Se giró y echó un vistazo al desván, le iba a llevar mucho tiempo adecentarlo para convertirlo en su despacho, pero quedaría bien.
El techo estaba cubierto de madera, dos grandes vigas en lo alto lo cruzaban de un extremo a otro, frente a la pared donde estaba la ventana se encontraba la escalera de madera que lo comunicaba con el piso de abajo y en otra de las paredes había una chimenea de piedra.
Pondría su mesa en la pared que quedaba libre, para poder mirar hacia la ventana que quedaría a su derecha.
Podría ver desde allí los árboles que rodeaban la casa y más a lo lejos, el camino que llevaba al pueblo.

Comenzaría llevando al cobertizo todo lo que no necesitaba, sin detenerse a abrir las cajas, no quería que al hacerlo le invadieran los recuerdos que encerraban.

Entonces escuchó el teléfono en el piso de abajo, se lo había olvidado en el dormitorio, junto al bolso, sobre la cama.
Bajó pensando quien podía llamarla, ya que no había dado su número a mucha gente, sólo a su familia y a unos pocos amigos. Miró en la pantalla del móvil para ver quien era y vió la foto que le había sacado a Karen el día de su treinta cumpleaños. Estaba preciosa y sonriente, como siempre, tal y como era ella.