20 de enero de 2013

El encuentro


Como cualquier 22 de diciembre, la tele estaba encendida y escuchaba a los niños del Colegio de San Ildefonso cantar los números de los afortunados. Tal vez tuviera suerte y saliera el número del décimo que su madre le había regalado.

Aún no había decidido si iría a la misteriosa inauguración. Lo cierto es que no encontraba una razón mínimamente lógica que la impulsara a ir, pero había algo en su interior que no la dejaba tranquila, si no iba no sabría si había acertado, no sabría quien había enviado esa carta, no sabría cual era la intención de la invitación, en definitiva, no sabría nada y eso era más de lo que podía soportar.

Así que sobre las ocho de la tarde y a pesar de la llovizna que había estado empapándolo todo durante todo el día, que invitaba a quedarse en casa bajo una cálida manta, se puso en marcha.
Si quería llegar a las diez de la noche tendría que darse algo de prisa, Madrid en Navidad era intransitable, dejaría el coche en el parking de Moncloa, al lado del Van Gogh, y cogería un taxi.
Se puso los vaqueros, un jersey de fina lana gris, las botas camperas, el plumas negro y salió pensando que seguramente no llegaría a tiempo. Condujo por las calles de la urbanización, giró en dirección Majadahonda y después llegó hasta la carretera de la Coruña.

El tráfico era infernal, los tres carriles estaban llenos de coches, no le gustaba bajar a Madrid con tanto tráfico, varias veces pensó qué demonios la llevaba a pasar por todo aquello y siempre encontraba la misma respuesta, su maldita curiosidad.

Dejó el coche en el parking y cogió un taxi, cuando llegaron a la altura del edificio de Metrópolis se bajó y comenzó a caminar a lo largo de la calle. Cuando llevaba varios metros recorridos, mirando en cada portal si había algo que la indicara que había acertado con el sitio, pudo ver una invitación exactamente igual a la suya, casi escondida, pegada en la esquina del cristal de la ventana de una cafetería.

Sobre la puerta de entrada vió el nombre del local: "Ilógico". No parecía un local nuevo, de hecho su aspecto era el de una típica cafetería antigua, echó un vistazo por el cristal y pudo ver una barra de madera y unas cuantas mesas de mármol blancas. Definitivamente no era lo que se podía esperar de un moderno bar de copas, elitista y exclusivo, como decía la invitación.
En la puerta, pegado con cinta adhesiva, leyó una nota escrita a mano que decía "Cerrado por fiesta privada". Tal vez fuera este el lugar, pero no lo sabría hasta que no intentara entrar y eso no formaba parte del plan que había pensado cumplir, sólo quería saber si había acertado y volver a casa.

Pero no había remedio, una invitación pegada en un cristal no era suficiente, tenía que saber si era allí. Sacó la invitación del bolso y pulsó lo que parecía un timbre, en el lateral de la puerta. Se escuchaba la música tras la puerta, a un volumen bastante alto, así que pasado un rato volvió a llamar, más insistentemente. 
Por fin abrió la puerta un hombre de casi dos metros, grande, de pelo rojo y rostro sonriente.
- Está cerrado, es una fiesta privada.
- Ah, bien, perdone, pensé que este era el lugar, dijo mientras sostenía la invitación entre sus manos.
El gigante de pelo rojo vió la invitación y sonrió abiertamente.
- Si, por supuesto, este es el lugar, no había visto la invitación, mujer, la llevas escondida. 
Ella sonrió, así que después de todo había acertado.
-Bienvenida, pasa y ponte cómoda, dijo con una amplia sonrisa, abriendo la puerta.

Su primer pensamiento fue decir amablemente que no y marcharse, pero había algo en aquel tipo que inspiraba confianza, no perdería nada por entrar y ver qué había allí, siempre estaba a tiempo de irse. No podía imaginar hasta qué punto cruzar el umbral de aquella puerta iba a cambiar su vida.

Capítulos anteriores:
1.- La invitación
2.- La búsqueda