26 de septiembre de 2013

IKEA es un infierno


Dicen que es más difícil salir del IKEA que de las drogas y quien lo dijo seguramente había sido adicto a la cocaína, a la heroína y al crack y aún así, había superado su adicción y estaba completamente limpio.

Hace unos diez años fui una vez a IKEA, teníamos que comprar la mesa y las sillas de la cocina y como no había nada por la zona que nos gustara demasiado y no habíamos ido nunca, nos animamos a ir. Fue tan frustrante la experiencia, que siempre me había negado en redondo a volver de nuevo.

Por si alguien no lo sabe, cuando entras en IKEA ya no puedes salir, al menos hasta que te hayas recorrido completamente toda la tienda. No puedes salir, literalmente. 
Me figuro que si enfermas gravemente o te pones de parto sí que te dejan salir, pero si sólo pides amablemente que quieres salir de allí, por favor, de inmediato, te contestan que no hay salida y que sigas adelante, sin piedad.

No sé a quien se le habrá ocurrido esta genial idea, pero al menos a mí me ha mantenido apartada de la tienda casi diez años, hasta el otro día que el Oráculo y yo decidimos que había que volver, porque nos gustan sus muebles y nos gusta el precio que tienen. Nadie es perfecto.

Así que nos levantamos, desayunamos fuerte, nos pusimos ropa cómoda y salimos con el ánimo rebosante de conseguir una victoria. Aparcamos casi en la puerta y nos dirigimos a la entrada.
Miré hacia atrás por un segundo, antes de cruzar las puertas, sabiendo que no volvería a ver la luz del sol en horas, respiré hondo y entré.

El hall estaba lleno de gente, de niños corriendo de un lado para otro, de cochecitos, de niñas preadolescentes mirando sus móviles y chocando con todo el mundo y entre todos ellos conseguí ver la escalera de madera que subía a la tienda. Al lado del pasamanos, dispuestos a acompañarnos en la tortura, reclamaban su atención un metro de papel, una hojita en la que apuntar lo que quieras comprar y un lapicerito muy mono con el logo de IKEA.

Los cogimos y ascendimos por las escaleras con paso firme, esto no había hecho nada más que empezar, sabámos que aún podíamos escapar, pero estábamos decididos a llegar hasta el final.
 
Queríamos comprar una mesa y un sillón para el PC, un mueble para la televisión y la mesa y las sillas del comedor. Nada más.
- Cuánta ingenuidad. -
Así que una vez encarrilados en el redil, fuimos caminando entre símiles de dioramas que nos mostraban lo happy flower que es la decoración interior sueca, con los potenciales clientes abarrotando cada escenario como voluntarios actores y actrices, hasta que llegamos al diorama de los salones y los muebles de televisión.

Sólo queríamos un mueble para la televisión, sólo un mueble en el que pones la televisión encima y ya está. Pero no, no es tan fácil. No hay nadie allí para ayudarte, nadie a quien preguntar, vi a un empleado de la tienda y en cuanto se dió cuenta de que iría a preguntarle desapareció entre espejos. cortinas, cojines y sofás. Le seguí durante un tiempo, pero consiguió despistarme.

Así que estábamos solos en esto, montones de muebles para poner una televisión encima, un metro de papel, un lápiz y una hojita. 
No nos importaba, en la batalla lo realmente importante es el valor y no las armas, así que después de una hora de mirar tamaños, colores, disposición de las baldas, los cajones, las puertas, las patas y los tiradores... conseguimos apuntar en la hojita un número de pasillo y de columna.

Seguimos adelante, yo tenía sed, pero no quise decir nada, no iba a dar ninguna señal de que mi entereza empezaba a flaquear.
Pasamos entre las mesas de centro, las habitaciones para niños y llegamos a lo que llaman centros de trabajo, con mesas para ordenadores y sillones. Montones de sillones, de montones de colores, texturas, formas, tamaños, montones de mesas, de montones de colores y tamaños y lo que es peor, con montones de patas donde elegir... un infierno. Así que comenzamos a tratar de decidir cual sería la mejor opción.
Sabíamos que la mejor opción era escapar, pero continuamos.
Nos sentamos en los sillones y sacamos el metro de papel para medir las mesas. Me corte con la hoja en el dedo y empezó a sangrar. No me importaba, era sólo una herida visible que podría mostrar con orgullo cuando la batalla hubiera acabado.
Después elegimos las patas, pero no pudimos apuntar el número de pasillo, en su lugar había una nota que decía "Pregunte al personal de la tienda". Además de torturarnos se reían de nosotros.

Acabamos allí y seguimos hacia las mesas y sillas de comedor. Exhaustos. Yo ya no tenía sed, había dejado de sentir mi cuerpo de forma natural. Sólo sentía punzadas de dolor en los pies y las piernas comenzaban a pesarme, cuando ante nosotros se abrió el mayor de los dioramas que habíamos visto hasta entonces.
Comedores de todos los colores y formas, uno al lado del otro, en algunos las mesas eran iguales salvo que cambiaba el color, en otros eran exactamente iguales, salvo que en un sitio estaba cerrada y en otro abierta. También podía despistar que las sillas cambiaban en todos los comedores, así que era realmente difícil saber cuantos modelos de mesas había y casi imposible saber cuantos modelos de sillas, además de que había aún más sillas colgadas a lo largo de dos paredes. El Horror.

Me senté, por primera vez. Quise llorar pero me contuve. Vi a un empleado escabullirse detrás de un práctico armario con espejo de baldas negras y rosas, con cajones llenos de cojines y mantas. Juraría que se estaba riendo.
Pero no nos ibamos a dar por vencidos ahora que casi habíamos acabado.
-Una vez más, cuánta ingenuidad-
Así que me armé del valor que me quedaba, me levanté y sacando el metro y el lápiz nos dispusimos a acabar de una vez por todas. 
Después de más de una hora, temblorosamente, escribimos un número de pasillo para la mesa, otro para las sillas y ninguno para las fundas de las sillas, convencidos de que en algún momento conseguiríamos atrapar a un empleado.

Al fin, la victoria estaba cerca. Mareada, con la boca seca y con dolor en las piernas, nos encaminamos a la salida.
Fue entonces cuando empezamos a darnos cuenta de los letreros que había encima de los caminos. Todo estaba lleno de letreros que indicaban qué era lo que ibas a encontrar más adelante. Una demostración más de la crueldad y el sarcasmo del diseñador de este infierno, porque necesariamente íbamos a tener que verlo, quisieramos o no.

Y llegamos al final de la primera planta, había unas escaleras de madera prácticamente iguales que las de la entrada y sonreí feliz, le dije al Oráculo que no había sido para tanto y que mi memoria recordaba la experiencia peor de lo que había sido.
Bajamos las escaleras y a la izquierda vimos las puertas de cristal de la salida, a través de un parque infantil en donde los padres pueden dejar a sus hijos, me figuro que IKEA ofrece ese servicio para evitarse una demanda por maltrato infantil.
Me encaminé sonriente hasta la valla de colorines que rodea el parque y cerraba el acceso y llamé a la empleada que atendía a los niños.

Me miró como quien mira al león en el zoo. Volví a llamarla y se acercó, dejando tres metros de distancia. Le pregunté a gritos si me podía abrir para salir. Sonrió y me dijo que no, que tenía que recorrer toda la tienda. Le grité que ya había acabado y que quería salir, y me dijo que no me podía abrir la puerta.
Se dió la vuelta sin ninguna compasión y me quedé ahí durante un rato, mirando las puertas de salida y el sol que aún brillaba. Era un día precioso, la libertad es preciosa, qué poco la valoramos.

Así que era la guerra, pues tendrían guerra, nos cogimos de la mano, nos miramos a los ojos y supimos lo que teníamos que hacer. Correr. 
Correr como si un sanguinario dragón nos persiguiera escupiendo fuego, como si las llamas del infierno quisieran atraparnos para toda la eternidad. Correr por la libertad, por la vida, por el amor, correr por un mundo en el que las personas importan, las empresas se preocupan por su clientes y a los diseñadores de infiernos como IKEA se les juzga y se les encarcela por el resto de sus vidas.
Correr sin mirar atrás, sin mirar más letreros, sin mirar a los lados, sin ver esa colcha tan mona que te hace juego con los cojines de la cama, esa lámpara divina que es justo lo que buscabas, esa plantita que seguro que no se va a morir a los dos días de llegar a casa. Correr por el tiempo que estás perdiendo, correr por tu vida.

Salimos de los dioramas y llegamos al almacén, cajas amontonadas por todas partes, números de pasillos y columnas, gente con la mirada perdida apoyados en sus carritos, prisioneros en la ilusión de que algún día saldrían de allí. Miré hacia arriba, tratando de encontrar un balcón desde el que un guardian vigilara a los prisioneros y recordé la serie Almacén 13. Cada objeto expuesto estaba encantado, maldito, era mejor no tocarlos, ni siquiera acercarse.

Conseguimos sortear los obstáculos y divisamos la salida sin compra, la cruzamos, vimos una máquina de bebidas y paré un segundo para mirar el precio: 2 euros una mini botella de agua.
Sabían hacer muy bien su trabajo, al enemigo, ni agua.

Cruzamos las puertas de la salida y respiramos al fin el aire puro. Habíamos vencido.

Ya ha pasado un tiempo de todo aquello y tanto sufrimiento no ha quedado en nada, tenemos los muebles que queremos, pero nunca más hemos vuelto a entrar en la tienda. 
Hay otros modos de conseguirlo. 
Bendito internet.