18 de octubre de 2013

El patrón

La mañana del 14 de Febrero era fría pero soleada. El viento se negaba a mover la atmósfera cercana al cero absoluto y el sol, aprovechando su desgana, calentaba hasta abrasarla cualquier superficie que tocaba. Ese invierno iba camino de ganar el trofeo del más caluroso de las últimas décadas.

Nostromo se despertó ilusionada con la idea de acudir a la cena de Navidad y volver a encontrarse con aquella gente tan extraordinaria. Sonrió al pensar en las conversaciones de Ilógico y en las extravagantes formas de plantear cualquier asunto, porque reconoció que se sentía tan extravagante como ellos, pero era una sensación extraña, porque hasta en esa extraordinaria locura, el ego quiere ser único. Tenía tantas preguntas que hacerles y tantas cosas de las que quería saber qué pensaban, que sabía que el tiempo no sería suficiente.

Mientras tomaba un café encendió el móvil. Eran casi las diez de la mañana.
Le sirvió el desayuno a Conan y escuchó la notificación de un mensaje. Era Thor, le enviaba una postal con un corazón por el día de los enamorados. Qué encanto, lo cierto es que era adorable, pero. Esa era la realidad por mucho que retrasara la conclusión de su relación. Era adorable, pero.

Salió al jardín por la puerta del salón, a fumar el primer cigarro del día. Se sentó en el banco que había al lado de la piscina. Este año tampoco había puesto la piscina en marcha y la lona que la cubría mostraba evidentes signos de fatiga, se hundía por el centro, provocando que el agua desbordara por los tres agujeros centrales. Con los años, se había formado una pequeña charca que contenía un ecosistema propio, ya habían enraizado algunas hierbas sobre la tierra que había ido acumulando la lona y dos piñas caídas de la última tormenta aumentaban el peso y hacían la charca más profunda. Con el frío del invierno las algas se habían ido al fondo y el agua se veía cristalina. A los pájaros les encantaba bañarse en la charca, generalmente al mediodía, excepto en verano, que lo hacían al atardecer.

Cada año, cuando llegaba mayo, Nostromo pensaba si pondría en marcha la piscina e invariablamente recordaba a los pájaros. Les gustaba la charca tal y como estaba, la piscina con el agua clorada era como un desierto para ellos, no se acercaban. Pero la charca era una parte indispensable de su hogar.
En primavera las golondrinas y los mirlos traían a beber a sus polluelos. Las palomas paseaban por la lona, Nostromo pensaba que les encantaba el tacto del material plástico en sus patas, porque no buscaban comida, sólo paseaban arriba y abajo de la lona, bebían un poco de agua y seguían su paseo. Las urracas tenían su propia forma de acercarse, siempre en un picado, directas al borde de la charca, bebían, miraban a un lado y a otro y despegaban como si tuvieran prisa.

Durante el primer año que ocupó la casa, los pájaros que vivían en el jardín la rehuían, no importaba por qué puerta saliera o que no hiciera ruido, que todos los pájaros, de todo el jardín, echaban a volar hacia arriba, lejos.
Años después, podía salir por la puerta que quisiera, haciendo todo el ruido que quisiera, que ninguno se marchaba, la miraban y seguían a lo suyo. En verano, algún polluelo ya crecido que andaba despistado se asustaba al verla, hasta que imitando a los demás pájaros, continuaba tranquilamente con lo que estuviera haciendo, picotear la hierba, revolotear de rama en rama o permanecer en silencio al sol del atardecer.

La primera vez que Thor vió la piscina, le dijo a Nostromo que si ella quería, le ayudaba a limpiar la lona y a ponerla en marcha para el verano. Nostromo le contestó que le gustaba que los pájaros vinieran a bañarse. Thor se rió y con cara de sorpresa le contestó que era una tontería, nadie tenía una piscina para eso, insistió en que era mucho trabajo para ella y que por eso no lo había hecho, pero que ahora él la ayudaría. Nostromo le besó y le dió las gracias porque, a su modo, intentaba agradarla.

Le recordaba al patrón que parecía inevitable que se cumpliera con todas sus relaciones. No sólo sus otras parejas no habían entendido lo que había detrás de cada fotografía de su pequeño mundo y tampoco era que hubiera una falta de interés por entenderlo, porque las rupturas habían sido siempre muy dolorosas, lo que ocurría sencillamente es que no podían comprenderla. Parecía como si existiera una barrera que no podían superar, no se planteaban ni siquiera que alguien pudiera pensar así, que se condujera por la vida de aquella manera.

Recordó a su primera pareja estable, un chaval muy inteligente que había conocido a través de una amiga. Había ido al colegio de la urbanización de al lado de la suya, un colegio que exigía mucho nivel de estudio a sus alumnos. Había sacado las mejores notas de su curso, era lo que normalmente se denomina un empollón. Ese año había empezado la carrera de Ingeniería de Telecomunicaciones y le iba muy bien.
Se conocieron una noche que él fue de pasada a un pub de Majadahonda al que Nostromo, en aquel entonces, iba los jueves, viernes, sábados, domingos y en general, en cuanto tenía un par de horas libres, pero no sin antes pasar primero a tomar unos minis de cerveza al bar de al lado. Los sábados, a eso de la una de la madrugada, bajaba a alguna discoteca de Madrid, hasta las cuatro o las cinco. Sin que importara nada más, como si no existiera otra forma de vivir. El resto de la semana era irrelevante.

Al principio su relación fue tan superficial como cabría esperar, pero más adelante comenzó a resultar interesante para Nostromo en cuanto al nivel de conocimientos que podían compartir, que era muy superior al de todos los chicos con los que había estado con anterioridad.
Aquel chaval parecía tener una enciclopedia en la cabeza.
Sin embargo, a medida que le iba conociendo, se dió cuenta de que la enciclopedia no era un medio para él, sino un fin. Le gustaba escucharse a sí mismo acerca de lo mucho que conocía de cualquier asunto del que se hablara, hasta el más mínimo dato, aunque careciera de interés para el caso concreto. Era imposible tratar de comunicarse con él a otro nivel, al nivel de relacionar los conocimientos y extraer conclusiones, simplemente por el placer de pensar.

Y es que seguramente era eso lo que había fallado siempre, que Nostromo disfrutaba pensando, perdiéndose por los caminos de los razonamientos más infrecuentes, tratando de llegar a conclusiones imposibles para después darles la vuelta. Observar cómo lo que pensaba un dia, al siguiente se presentaba como una idea imposible, sin necesidad de adquirir nuevos datos, porque lo que importaba no eran los datos, es el pensamiento que los recoloca, los retuerce hasta el límite o los rompe para ver qué esconden, siempre dirigidos por una insaciable curiosidad por tratar de comprenderlo todo.
Incluso quien no conoce nada, sólo porque piensa, está comprendiendo.

Así que el día que el chaval le dijo que no la veía muy entusiasmada con su relación, Nostromo no pudo más que estar de acuerdo con él. Fue frustrante, porque durante los seis meses que habían  pasado juntos, la había sacado de la espiral de salir de marcha y amortiguar su vacío con fiestas, alcohol y relaciones, como poco, peligrosas. Habían ido al cine, al teatro, a algún concierto, hasta a un museo y aquello era algo que Nostromo echaría de menos.

Pero esa era la realidad, relaciones que siempre estaban a punto de ser, sin conseguirlo, relaciones de las que había aprendido, pero que, después de tantos años, le hacían pensar que en la enigmática ecuación del amor, lo que fallaba era la variable que ella aportaba y no la de su complemento, que por una u otra razón, no podía ofrecer más.

Thor era vital y sincero con Nostromo, transparente y generoso. Y bellísimo. Pero el amor no entiende de conveniencias. O aparece sin que le inviten o nunca llega, por mucho que le llames y le insistas.
Y después de un tiempo, sabes que ya no va a venir. Puedes seguir llamando a un número que nunca existió, pero es una evidente pérdida de tiempo. Incluso aunque se trate de un soberbio Dios Nórdico.

Capítulos anteriores:
1.- La invitación
2.- La búsqueda
3.- El encuentro
4.- Hari Seldon
5. ¿Quién soy?
6.- Ilógico
7.- El Martillo de Thor
8.- Brindando con hidromiel

16 de octubre de 2013

Brindando con hidromiel

Dallas estaba leyendo "El Juego de Ender" cuando sonó el teléfono.
- ¿Dígame?
- Hola Dallas, soy Gandalf
- Hola, qué hay
- Me ha dicho Gopher que Nostromo va a ir a la cena de Navidad, no había podido escribirle el email hasta ahora, así que fallaste en tu pronóstico de que no volvería a aparecer, no había vuelto porque Gopher no le había dicho nada
- Pues muy bien y a mi qué me importa
- Qué borde eres tío, pensé que te gustaría saberlo, creo que le molas, aunque no tengo ni idea de qué ha podido ver en tí, dijo riéndose Gandalf
- Ya ves, a mí me parece una pija que seguramente no tiene nada mejor que hacer que mirarse al espejo, así que...
- Vale, vale, ya lo pillo, o sea que de sentarte a su lado ya ni hablamos ¿no?, es que aunque no hay sitios adjudicados, me ha dicho Hari que no la dejemos colgada, como es nueva y eso...
- Que se busque la vida, a mi no me la pongáis al lado.
- Pues la otra noche se os veía muy bien.
- Será que necesitas gafas.
- Joder tío, me ha quedado claro -dijo riéndose- se lo diré a Hari.
- Ok, hasta luego tío.

Colgó el teléfono y siguió leyendo, después de algunas líneas se dió cuenta de que no se estaba enterando de nada, así que salió al balcón a fumarse un cigarro.

Era una séptima planta en el Barrio de Chamberí y el balcón daba a un patio de manzana.
Cuando ponía el anuncio en internet para alquilar alguna de las habitaciones que iban quedando libres, siempre lo mencionaba como una ventaja, porque a pesar de estar en Madrid, los edificios que rodeaban el patio amortiguaban el ruido de la calle.
Toda la planta baja la ocupaba un parking cubierto por un tejado. La fachada del edificio de enfrente y las de los edifcios colindantes estaban lo suficientemente lejos como para conseguir una ilusión de privacidad. Algunas mañanas de domingo podía escucharse el silencio.

Pensó en Nostromo, con aquella permanente sonrisa y esa irritante seguridad en sí misma. Estaba buena, muy buena en realidad, pero no soportaba a las pijas, niñas de papá con la cabeza hueca que se pasaban el día pensando en sí mismas. Sin embargo en Nostromo había algo que no le cuadraba, no sabía qué era y desde que la conoció no había dejado de pensar en ello.
Gandalf se equivocaba al pensar que podía gustarle, no le había dado ningún motivo, se había comportado como un imbécil. Tampoco pensó que volvería a verla, no se le había ocurrido que Gopher no la escribiera y que por eso ella no había vuelto. Gopher siempre había sido un desastre para eso.

Empezaba a hacer frío allí fuera, pero no le apetecía entrar, Kentley estaba en su habitación acompañado por una chica que había conocido en la Universidad. Era simpática, aunque para lo que le duraban las relaciones a Kentley, no se iba a molestar en aprenderse su nombre.
No comprendía cómo Kentley no se aburría de tener ese tipo de relaciones, aunque aburrirse no sería la palabra adecuada, porque no le daba tiempo. Desde que Kentley se mudó, el piso era un desfile de veinteañeras, los fines de semana organizaba fiestas y la que fuera su pareja temporal en ese momento solía venir acompañada de sus amigas, otras veinteañeras universitarias, con muchos proyectos por delante y pocas ganas de compromiso. 
Imaginaba que ese era el universo perfecto para Kentley, personas con ganas de viajar por su vida sin detenerse mucho a pensar cada paso que daban.
Exactamente lo contrario de lo que él era.

No podía negar que Kentley le había sacado de su ostracismo, había conocido más mujeres en ese par de años que ocupaba el piso, que las que había conocido en toda su vida.
No le gustaba salir de copas, le agobiaban las discotecas, los pubs, hasta los bares, en general prefería pasar el sábado por la noche acompañado de un buen libro o una buena película. 

La universidad había sido un refugio ideal para él, podía pasar las horas en las que no tenía que dar clase, en la biblioteca del Departamento de la Facultad, puliendo sus ideas, aprendiendo más y más de todo aquello que le apasionaba, se había ganado la plaza de Profesor de Derecho Civil cuando acabó la carrera. Pasó de poner excusas para evitar los botellones de la adolescencia, a no excusarse más, se centró en su carrera y de esa forma las relaciones románticas pasaron a ocupar el último lugar. 

Pero echaba de menos tener a alguien a su lado, contaba con muy buenos amigos y desde que conoció Ilógico se habían ampliado sus relaciones, pero sentía que no era lo mismo. 
Sentía que le faltaba algo, sentía que seguramente echaba de menos enamorarse.
Cuantas más mujeres trataba de conocer, más sentía que ya no quería conocer a ninguna más. Las decepciones empezaban a pesar demasiado y las relaciones superficiales ni siquiera eran estimulantes.

Y de nuevo pensó en Nostromo. Tan políticamente correcta y simpática, siempre con una sonrisa, nada de lo que dijo tratando de incomodarla funcionó. Se había comportado como un idiota, normalmente no era amable, pero esa noche, con ella, se había comportado como un solemne imbécil. Y aún no sabía por qué.

O tal vez si, su aspecto lo descolocó, era como una guerrera Valkiria de brillantes ojos azules, casi tan alta como él, no llevaba pulseras ni anillos, sólo unos pendientes de cristal. Su melena le caía por los hombros algo despeinada, como si acabara de salir de la ducha.
Era extraordinariamente femenina, pero se empeñaba en ocultarlo, estaba claro que prefería las relaciones puramente racionales y en ningún momento hizo ademán de querer ser deseada como mujer. Decididamente Gandalf no se enteraba de nada.

Recordó cómo a medida que avanzó la noche, comenzaron a hablar de filosofía. Hasta ese momento no parecía que nada la hubiera sacado de su férreo control, pero Magneto, tal y como hacía de vez en cuando, trató de convencer al resto de la indubitada existencia de Dios. 
Fue entonces cuando vió algo más en ella, fue lo que vió en ese momento lo que no cuadraba, comenzó a discutir con Magneto con simpatía pero con firmeza, cuanto más insistía Magneto, más sonreía la Valkiria pero más enfadada parecía, llegó un momento en el que Magneto dió todo lo que podía dar de sí mismo y acorralado, comenzó a perder el respeto por sí mismo y por los demás.
No podía asegurarlo y menos aún a aquellas horas de la noche y con cuatro gin-tonics en el cuerpo, pero le pareció que sus azules ojos centelleaban de la más pura y legendaria furia de los dioses.
Le hubiera parecido normal que hubiera dado un salto sobre la mesa, hubiera sacado una espada y cogiendo al imbécil de Magneto por el cuello, lo hubiera cortado en pedazos, después los hubiera ofrecido en un altar a Odín y finalmente, alzando un cuerno de hidromiel, hubiera propuesto un brindis por los dioses de la mitología nórdica.
Al menos a él no le hubiera extrañado nada.

Pero de repente, de forma casi imperceptible, la Valkiria desapareció, la guerrera ya no estaba, sólo tuvo que inspirar distraídamente y volver a sonreir.
La calma había vuelto, estaba seguro de que nadie lo había visto, de hecho había llegado a pensar que se lo había imaginado. No era posible, detrás de esa sonrisa no podía haber nada más, no debería, porque si lo hubiera, él estaría perdido.

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12 de octubre de 2013

El Martillo de Thor

Pasaron varias semanas hasta que recibió el email de Gopher.
Había pensado en volver a Ilógico desde el momento en que acabó la reunión, pero cuando fueron pasando las semanas sin noticias del club, se planteó si era mejor no embarcarse en una aventura que tal vez no resultara como ella esperaba. 

Gopher se disculpaba por no haberla escrito antes, había tenido asuntos familiares que atender y como habían quedado en que haría, le detalló los días de reunión.
También le decía que la semana siguiente debería ser la próxima reunión, pero no se iba a celebrar, porque en su lugar se reunirían para la cena de Navidad.

- ¿Una cena de Navidad a mediados de Febrero?, dijo en voz alta.
Conan se acercó hasta ella y la miró esperando algo más.
- No es por tí Conan, es por esta gente tan curiosa, están completamente locos - dijo riéndose - como también lo estoy yo, hablando sola o hablando contigo, que no sé qué es peor.
Conan se subió tratando de alcanzar la zona alta de su rodilla, era tan pequeño que no llegaba hasta arriba.
- Mi pequeño General, mi bichito ¿qué te parece si voy a la cena? ¿te gustaría?.
Escuchar "cenar" y "gustaría" fue la señal para que Conan recordara de alguna manera que era hora de comer algo, así que se apretó contra sus zapatillas y empezó a reclamar su atención.
- No, ahora no, aún queda un rato para cenar, bichito.
Estaba segura de que Conan la comprendía perfectamente. La miró, bajó la cabeza y se sentó en su alfombra.

Tenían que hacer la reserva en el restaurante, así que debía responder hoy mismo o mañana, como muy tarde, si iría o no a la cena. Parecía fácil, seguramente lo sería para cualquiera, pero no era fácil para ella.

Salió al jardín, este otoño había sido muy caluroso y el invierno no estaba siendo digno de llamarse así, incluso la noche de Fín de Año, que siempre había sido condenadamente fría, resultó soportable con un mini-vestido de noche y medias de cristal.
Había ido a cenar con su familia y después de tomar las doce uvas, fue a una fiesta que se celebraba en un chalet de una ubanización próxima a la suya. Su primo, que siempre había sido un bala, estaba allí con sus amigos y le presentó a uno de ellos, que muy bien podría ser la reencarnación de Thor, el Dios del Trueno, un atlético rubio de ojos verdes de casi dos metros, con una mirada que conseguía que se te olvidara quien eras, qué hacías allí y qué sentido tenía todo lo que no fuera dejarte caer rendida a su exclusiva voluntad.

Fue una forma grandiosa de empezar el año, al menos hasta la mañana siguiente, cuando se despertó en casa acompañada de aquella escultura griega de sangre caliente y una estupenda resaca.
Era inevitable, después de un café comenzó a sentirse algo incómoda, aquel era su mundo, su castillo, su fortaleza y si bien su deseado amante era digno de contemplar a cada segundo y en cada gesto, su soledad reclamaba el espacio que merecía.
 
Caminó hasta la mesa de la terraza, cogió una silla y la movió hasta sentarse bajo la sombra de uno de los pinos, se encendió un cigarrillo y contempló el sol de media tarde, otro año más y se iba afianzando la idea de que pasaría el resto de su vida sola, pero no sentía que la soledad se arraigara en su ánimo con tragedia, simplemente lo asumía, asumía que tal vez debería rendirse y conformarse con relaciones superficiales pero placenteras. Sin compromisos, sin felicidad pero sin dramas, un estupendo equilibrio de vacío emocional.

Aspiró el humo del cigarrillo y lo expulsó con la fuerza del desencanto, el humo subió y se quedó enredado entre las púas del pino, tal y como ella se sentía. Miró el humo tratando de disolverse, no había ni una sola gota de aire que lo ayudara.

Las semanas que habían pasado desde la reunión habían ido apagando su entusiasmo por regresar a Ilógico, tal vez fuera mejor añorar lo que nunca llegó a suceder, que estrellarse contra una realidad burda y ordinaria. Sin embargo, en su pensamiento aún quedaba pendiente un acertijo, un enigma, seguramente el enigma más complicado de todos con los que cualquier persona pueda llegar a enfrentarse, tratar de llegar a conocer profundamente a otra persona.

Miró hacia arriba y el humo comenzaba a discurrir entre las púas, hacia arriba y hacia los lados, hasta desaparecer.
Le hubiera gustado que Dallas estuviera allí mismo, frente a ella, le hubiera gustado saber qué escondía detrás de esa mirada arrogante y esa inteligencia tan extraordinaria.
Se sorprendió de la intensidad con la que emociones aletargadas desde hace tiempo, comenzaban a invadirla frente a la posibilidad de volver a encontrarse con él.
Por un instante llegó a sentir que tal vez pudiera compartir su tiempo, en ese espacio sagrado que había construido a su alrededor, con él.

Llamaron al timbre de la puerta y regresó a la realidad.
Entró en la cocina y se dirigió a la entrada, miró al monitor de la cámara de la puerta del jardín y le vió. Sonrió al instante, era insultantemente bello.
- ¿Si? dijo ella apretando el botón de micrófono.
- Hola preciosa, soy yo.
- Hola amor... no te esperaba, pasa, dijo ella abriendo la puerta de la valla del jardín.

Abrió la puerta de la entrada y le vió subir por el camino, hacia ella.
Era magnífico, se podría pasar toda la vida mirándole, llevaban casi un mes saliendo.
Desde la noche de Fín de Año se habían visto varias veces, no podía creer que aún no hubiera conseguido asustarle. Era cierto que tampoco tenían una relación muy profunda, pero con menos aún había conseguido asustar a la mayoría de los hombres que había conocido.
Aunque tenía que ser sincera consigo misma, con Thor estaba teniendo muchísimo cuidado, como cuando coges de la vitrina del salón principal una escultura de porcelana de Lladró y la observas en todos sus detalles, en todos sus recovecos y curvas, su perfección, su exquisita belleza.
Sabes que no puedes más que contemplarla y volverla a dejar en su lugar, no puedes llevarla contigo a todas partes, por mucho que te guste. Su sitio no está contigo, no podría soportar el viaje, tal vez al principio sólo se rallaría, pero más adelante saldría alguna grieta, después otra más y con el paso del tiempo, se rompería.

Ahora estaba contemplándolo sólo un poco más, sabía que no había nada que pudiera hacer para retenerlo a su lado, por lo que cada momento era más especial.

- Te he comprado un regalo, dijo Thor.
- Qué tontería, no tenías que hacerlo.
- Espero que te guste -dijo Thor, ofreciéndole un pequeño paquete-.
- A ver... oh, una pulsera ¡qué bonita!.
- Si, he visto que no llevas ninguna y he pensado que te gustaría llevarla. Así piensas más en mi, que me tienes abandonado.

La abrazó y la besó, ella pensó que podría quedarse entre sus brazos durante el resto de su vida.

- Ya sabes que no me gusta mucho llamar por teléfono... me encanta la pulsera, es preciosa -dijo ella sin mentir del todo, porque seguramente lo era para alguien a quien le gustara llevar pulseras.
- Ven que te la pongo.
- Gracias amor, pero ahora me siento mal porque no tengo nada para ti... espera, ¿o si tengo algo?, dijo ella con una sonrisa maliciosa.
- ¿Me has comprado algo? -dijo sorprendido- ¡qué coincidencia!
- Si, sería una increíble coincidencia, porque no sabía que venías a verme.
- Es verdad...
- Bueno, no importa, no te he comprado nada, pero tengo algo para ti que sé que te gusta más que cualquier cosa...

No esperó a que lo entendiera, le cogió de la mano y subieron las escaleras al dormitorio, sentía la fría pulsera en su muñeca, tal vez esa fuera la primera grieta de su adorada escultura.

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