16 de octubre de 2013

Brindando con hidromiel

Dallas estaba leyendo "El Juego de Ender" cuando sonó el teléfono.
- ¿Dígame?
- Hola Dallas, soy Gandalf
- Hola, qué hay
- Me ha dicho Gopher que Nostromo va a ir a la cena de Navidad, no había podido escribirle el email hasta ahora, así que fallaste en tu pronóstico de que no volvería a aparecer, no había vuelto porque Gopher no le había dicho nada
- Pues muy bien y a mi qué me importa
- Qué borde eres tío, pensé que te gustaría saberlo, creo que le molas, aunque no tengo ni idea de qué ha podido ver en tí, dijo riéndose Gandalf
- Ya ves, a mí me parece una pija que seguramente no tiene nada mejor que hacer que mirarse al espejo, así que...
- Vale, vale, ya lo pillo, o sea que de sentarte a su lado ya ni hablamos ¿no?, es que aunque no hay sitios adjudicados, me ha dicho Hari que no la dejemos colgada, como es nueva y eso...
- Que se busque la vida, a mi no me la pongáis al lado.
- Pues la otra noche se os veía muy bien.
- Será que necesitas gafas.
- Joder tío, me ha quedado claro -dijo riéndose- se lo diré a Hari.
- Ok, hasta luego tío.

Colgó el teléfono y siguió leyendo, después de algunas líneas se dió cuenta de que no se estaba enterando de nada, así que salió al balcón a fumarse un cigarro.

Era una séptima planta en el Barrio de Chamberí y el balcón daba a un patio de manzana.
Cuando ponía el anuncio en internet para alquilar alguna de las habitaciones que iban quedando libres, siempre lo mencionaba como una ventaja, porque a pesar de estar en Madrid, los edificios que rodeaban el patio amortiguaban el ruido de la calle.
Toda la planta baja la ocupaba un parking cubierto por un tejado. La fachada del edificio de enfrente y las de los edifcios colindantes estaban lo suficientemente lejos como para conseguir una ilusión de privacidad. Algunas mañanas de domingo podía escucharse el silencio.

Pensó en Nostromo, con aquella permanente sonrisa y esa irritante seguridad en sí misma. Estaba buena, muy buena en realidad, pero no soportaba a las pijas, niñas de papá con la cabeza hueca que se pasaban el día pensando en sí mismas. Sin embargo en Nostromo había algo que no le cuadraba, no sabía qué era y desde que la conoció no había dejado de pensar en ello.
Gandalf se equivocaba al pensar que podía gustarle, no le había dado ningún motivo, se había comportado como un imbécil. Tampoco pensó que volvería a verla, no se le había ocurrido que Gopher no la escribiera y que por eso ella no había vuelto. Gopher siempre había sido un desastre para eso.

Empezaba a hacer frío allí fuera, pero no le apetecía entrar, Kentley estaba en su habitación acompañado por una chica que había conocido en la Universidad. Era simpática, aunque para lo que le duraban las relaciones a Kentley, no se iba a molestar en aprenderse su nombre.
No comprendía cómo Kentley no se aburría de tener ese tipo de relaciones, aunque aburrirse no sería la palabra adecuada, porque no le daba tiempo. Desde que Kentley se mudó, el piso era un desfile de veinteañeras, los fines de semana organizaba fiestas y la que fuera su pareja temporal en ese momento solía venir acompañada de sus amigas, otras veinteañeras universitarias, con muchos proyectos por delante y pocas ganas de compromiso. 
Imaginaba que ese era el universo perfecto para Kentley, personas con ganas de viajar por su vida sin detenerse mucho a pensar cada paso que daban.
Exactamente lo contrario de lo que él era.

No podía negar que Kentley le había sacado de su ostracismo, había conocido más mujeres en ese par de años que ocupaba el piso, que las que había conocido en toda su vida.
No le gustaba salir de copas, le agobiaban las discotecas, los pubs, hasta los bares, en general prefería pasar el sábado por la noche acompañado de un buen libro o una buena película. 

La universidad había sido un refugio ideal para él, podía pasar las horas en las que no tenía que dar clase, en la biblioteca del Departamento de la Facultad, puliendo sus ideas, aprendiendo más y más de todo aquello que le apasionaba, se había ganado la plaza de Profesor de Derecho Civil cuando acabó la carrera. Pasó de poner excusas para evitar los botellones de la adolescencia, a no excusarse más, se centró en su carrera y de esa forma las relaciones románticas pasaron a ocupar el último lugar. 

Pero echaba de menos tener a alguien a su lado, contaba con muy buenos amigos y desde que conoció Ilógico se habían ampliado sus relaciones, pero sentía que no era lo mismo. 
Sentía que le faltaba algo, sentía que seguramente echaba de menos enamorarse.
Cuantas más mujeres trataba de conocer, más sentía que ya no quería conocer a ninguna más. Las decepciones empezaban a pesar demasiado y las relaciones superficiales ni siquiera eran estimulantes.

Y de nuevo pensó en Nostromo. Tan políticamente correcta y simpática, siempre con una sonrisa, nada de lo que dijo tratando de incomodarla funcionó. Se había comportado como un idiota, normalmente no era amable, pero esa noche, con ella, se había comportado como un solemne imbécil. Y aún no sabía por qué.

O tal vez si, su aspecto lo descolocó, era como una guerrera Valkiria de brillantes ojos azules, casi tan alta como él, no llevaba pulseras ni anillos, sólo unos pendientes de cristal. Su melena le caía por los hombros algo despeinada, como si acabara de salir de la ducha.
Era extraordinariamente femenina, pero se empeñaba en ocultarlo, estaba claro que prefería las relaciones puramente racionales y en ningún momento hizo ademán de querer ser deseada como mujer. Decididamente Gandalf no se enteraba de nada.

Recordó cómo a medida que avanzó la noche, comenzaron a hablar de filosofía. Hasta ese momento no parecía que nada la hubiera sacado de su férreo control, pero Magneto, tal y como hacía de vez en cuando, trató de convencer al resto de la indubitada existencia de Dios. 
Fue entonces cuando vió algo más en ella, fue lo que vió en ese momento lo que no cuadraba, comenzó a discutir con Magneto con simpatía pero con firmeza, cuanto más insistía Magneto, más sonreía la Valkiria pero más enfadada parecía, llegó un momento en el que Magneto dió todo lo que podía dar de sí mismo y acorralado, comenzó a perder el respeto por sí mismo y por los demás.
No podía asegurarlo y menos aún a aquellas horas de la noche y con cuatro gin-tonics en el cuerpo, pero le pareció que sus azules ojos centelleaban de la más pura y legendaria furia de los dioses.
Le hubiera parecido normal que hubiera dado un salto sobre la mesa, hubiera sacado una espada y cogiendo al imbécil de Magneto por el cuello, lo hubiera cortado en pedazos, después los hubiera ofrecido en un altar a Odín y finalmente, alzando un cuerno de hidromiel, hubiera propuesto un brindis por los dioses de la mitología nórdica.
Al menos a él no le hubiera extrañado nada.

Pero de repente, de forma casi imperceptible, la Valkiria desapareció, la guerrera ya no estaba, sólo tuvo que inspirar distraídamente y volver a sonreir.
La calma había vuelto, estaba seguro de que nadie lo había visto, de hecho había llegado a pensar que se lo había imaginado. No era posible, detrás de esa sonrisa no podía haber nada más, no debería, porque si lo hubiera, él estaría perdido.

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