25 de noviembre de 2013

Anoche soñé con Tielmes

Llegué a las siete y media de la mañana, como cada día, a mi trabajo.
Encendí el ordenador y Antonio, mi compañero, andaba rebuscando en su cajón, porque no encontraba las llaves de su casa.

- Tranquilo, ya aparecerán.
- Es que no sé donde tengo la cabeza, siempre las pierdo. Las llevaba cuando he salido de casa, seguro, espero que no se me hayan caído por el camino.
- No te pongas en lo peor, mira bien en el abrigo.
- Ya he mirado...

Se ponía nervioso con esos despistes. Era muy exigente consigo mismo, mucho. 
Tenía cincuenta y siete años pero parecía que sólo rozaba la cincuentena. Conservaba una forma física extraordinaria, había sido campeón de España de culturismo y venía andando hasta la oficina, veinte minutos de caminata, aunque nevara.

Tenía una berlina Mazda azul oscuro, de gasolina, un coche precioso, con los asientos en cuero beige, eligió hasta el último detalle que lo adornaba, le había costado gran parte de sus ahorros, pero no le importaba, era su capricho. Y seguramente había sido más que un capricho, porque con el trabajo de Conserje no se lo podía permitir y lo dejaba aparcado en el garaje la gran mayoría de los días.

Le gustaban las películas del Oeste Americano, tanto las antiguas como las más recientes. En los días que compartimos aquel espacio lúgubre y oscuro que era nuestro despacho, apartados del resto de compañeros, me contaba cómo le hubiera gustado vivir aquella época y viajar por aquellos paisajes infnitos llenos de nubes y montañas de arena rojiza.
Una época en la que importaban los principios y los valores, en la que la palabra de un hombre valía tanto como su vida, en la que el honor era la moneda más preciada y la traición se cobraba con las balas de un revólver.

Antonio era una persona muy especial, única. 
Había estado casado hacía tiempo con una mujer a la que recordaba con tristeza. Habían tenido un hijo al que amaba con todo su corazón. 
Cuando se divorciaron, en la década de los ochenta, la custodia se la dieron a ella y él le pasaba la pensión religiosamente, cada mes. Me contaba lo terrible que fue para él separarse de su hijo y cómo con el tiempo, el niño fue queriendo ir a verle cada vez más a menudo.

Cuando cumplió once años le dijo que quería vivir con él y no con su madre, a lo que su exmujer accedió sin ningún problema, siempre que ella se quedara con la casa.
Acordaron una pensión que ella nunca le pagó y él nunca reclamó porque no quería pasar por más líos de juzgados, como él los llamaba. Tenía a su hijo con él y nada más le importaba.

Ahora su hijo tenía casi treinta años. Un día fue a visitarlo a la oficina, para ver cómo nos habíamos instalado finalmente. Antonio estaba muy contento con el cambio, en el otro edificio en el que estábamos le habían relegado a una silla al lado de la puerta, sin calefacción ni aire acondicionado.
Ahora al menos, compartía un espacio agradable conmigo.

Lo que para mi era un agujero sin ventanas, con una sola puerta a la calle por la que entraban casi una centena de personas al día, para él era un oasis de comodidad.
Habíamos conseguido tener calefacción y aire acondicionado y que estuviera adecuadamente iluminado, aunque para conseguirlo tuve que estar insistiendo hasta el absurdo. 
Ese espacio que para mi era no sólo un obstáculo, sino un infierno, a la hora de desarrollar mi trabajo como Técnico en orientación laboral, para él era el paraíso.

Y como me decía, lo que más le gustaba, era que podía charlar conmigo. 
La hora que teníamos antes de que la gente empezara entrar sin pausa, la pasábamos hablando de cine, de filosofía, de política, de economía, de teología, de Derecho, de astronomía, de ciencia-ficción...

Antonio no había podido estudiar una carrera universtaria, pero era una persona extraordinariamente culta. Se había acostumbrado a vivir sin televisión, hacía más de una década que no la tenía, porque un día se dió cuenta de que quemaba las horas tumbado en el sofa y le deprimía. Así que después de trabajar iba a la biblioteca municipal, a diario.
Ahora sé que si pude aguantar todo aquello hasta el final, fue gracias a él.

- No sé qué haría sin tí, aquí están las llaves.
- Te lo dije, es que a veces cuando uno se agobia no ve ni lo que tiene delante.
- Menos mal... por cierto, te quería contar un sueño que tuve anoche. Soñé con Tielmes.

Yo procuraba evitar la historia de Tielmes, porque era tan terrible que me afectaba muy profundamente, pero a él le hacía bien hablar de ello.

La primera vez que me contó su historia no pude evitar llorar. 
Ya nos conocíamos lo suficiente como para que él pensara que yo merecía conocer aquella parte de su vida. Nunca se la había contado a nadie del trabajo, ni por lo general se lo contaba a nadie. Sólo la conocía su familia. 
Aún no sé por qué tuve el honor de que sintiera que podía ser completamente sincero conmigo, pero hay cosas que sencillamente ocurren y tampoco hay que pensar por qué.

La primera vez que me lo contó fue un día que había estado nevando toda la noche y cuando llegó por la mañana, le dije que no comprendía cómo podía venir andando hasta la oficina, porque hacía mucho frío. Que al menos se pusiera guantes, porque debía tener las manos heladas.

Me contó que para él, aquello no era pasar frío, porque había pasado mucho frío cuando era pequeño. Me quedé un poco descolocada y él continúo:
- Es que de pequeño estuve en un internado y allí sí que pasábamos frío.
- Ah, bueno, pero... 
- Nada, que esto no es frío, no te preocupes.

Le sonreí. Dejó el abrigo y se sentó.
Seguí ojeando un documento en el ordenador, cuando me dijo:
- Es que nadie de aqui lo sabe, bueno, en realidad, no es algo que cuente a nadie.
Le miré sin entender del todo.
- Si quieres puedes contármelo.
- Lo mismo te aburro.
Reí y le contesté:
- Sabes que no me aburres, sino todo lo contrario. De todos los compañeros que he tenido en este antro, durante todo este tiempo, de lejos, eres la persona más interesante y divertida de todas.

Y era completamente sincera, porque no sólo es que supiera charlar de cualquier tema que surgiera, es que además tenía un fino sentido del humor, siempre andaba contando chistes y sacaba punta a todo.
- Pero esto igual te sorprende un poco.
- Prueba a ver.
- Vale... como te he dicho, de pequeño estuve en un internado, en Tielmes. Tielmes es un pueblo del sur de Madrid, cerca de Alcalá. Mi padre era alcohólico y supongo que mi madre pensó que lo mejor era que mis hermanos y yo estuviéramos lejos de casa, así que cuando yo tenía siete años, entré en el internado.
- Vaya, no sabía que...
- Si, mi padre era alcohólico, nos maltrataba. Con el tiempo aprendí a perdonarle... pero no del todo. Bueno, como te contaba, nos internaron en un colegio en Tielmes, era un internado católico, sólo de monjas. Los vecinos nos llamaban los niños del Palacio, porque en sus buenos tiempos aquel edificio había sido un Palacio en el que vivía gente de la nobleza. Era el Colegio de los Santos Niños Justo y Pastor. Aún hoy sigue existiendo, pero creo que ya no es un internado. 

Noté que le costaba continuar, era como si los recuerdos estuvieran surgiendo de una parte de él arrinconada por el tiempo o por el sufrimiento.
- Esto no es pasar frío -me dijo sonriendo-, yo he tenido sabañones en las manos que me sangraban y en las rodillas. Los zapatos que tenía no me abrigaban y los dedos de los pies se me congelaban. Teníamos un uniforme que era obligatorio que lleváramos, con pantalón corto, aunque fuera invierno. Había algunos padres de otros compañeros que les llevaban a sus hijos pantalones largos y las monjas los tiraban a la basura. Decían que teníamos que hacernos fuertes. Mis padres al principio fueron a visitarnos un par de veces, pero después no fueron más que una vez al año. Estuve internado hasta los catorce años, porque en el colegio sólo se podía estar hasta esa edad y después nos pasaron al Reformatorio, porque no había otro sitio en el que meternos.

Me miró, esperando que asimilara lo que me estaba contando.
- ¿En el Reformatorio? pero eso no es para...
- Si, nos juntaron con chavales que estaban allí porque eran delincuentes, pero nosotros nos mantuvimos unidos para protegernos.
- Entiendo -le respondí, tratando de entenderlo-.
- Lo pasamos tan mal en el internado que creamos una familia entre nosotros, aún hoy en día nos juntamos a veces y recordamos aquellos tiempos. Fueron terribles, casi no nos daban de comer, recuerdo que íbamos a las pocilgas que tenían allí con algunos cerdos, a quitarles los trozos de pan duro que les echaban. Y si te veían hacerlo, te pegaban.
Recuerdo haber pasado tanto frío que si te caías al suelo de rodillas, no te dolían, porque estaban congeladas. Pero lo que más recuerdo de todo aquello era la sensación de abandono, de tristeza, sólo quería irme de allí. Algunos de los compañeros lloraban toda la noche. Pero cuando fueron pasando los años, me acostumbré. 
A veces salíamos a dar un paseo por el pueblo y si las monjas te veían pedir comida a los vecinos, al llegar al colegio te llevaban a una habitación, te pegaban con una especie de tabla de madera y te dejaban sin comer varios días. No importaba si hacía frío o calor, todos los días había que salir al patio y estar allí viendo morir las horas, sin nada que hacer. Y no se podía protestar, nadie lo hacía. Por eso, al final, lo único que tenías eran los otros niños que lo estaban pasando tan mal como tú.

Se detuvo y me miró. Le sostuve la mirada y no pude decir nada.
- Por eso cuando a los catorce años nos pasaron al Reformatorio, éramos como una pequeña mafia. Nadie podía tocarnos, pero no creas que no nos costaba, porque allí había chavales que eran realmente malos. Es verdad que algunos de mis compañeros se torcieron, pero no se les puede reprochar, porque eran muy malas compañías y es más fácil siempre tirar por el mal camino. Hay algunos que después, con los años, acabaron en la cárcel. Otros ya han muerto. Lo sentí mucho porque yo les conocía bien y sabía que eran buena gente, ¿sabes? para mí eran como mi verdadera familia.

Las lágrimas empezaron a surgir como un torrente de mis ojos. 
- Lo siento mucho, Antonio... no sabía que...
- Si, es una historia terrible. No sé por qué te la he contado. Por eso no me gusta la Iglesia, ni los curas, ni las monjas.
- Ya, claro...
- No sé por qué, pero a pesar de lo mal que lo pasé en el Reformatorio, fue mucho peor el internado. Supongo que era porque llegué muy pequeño y tardé años en acostumbrarme. Recuerdo el frío que hacía en aquel lugar, en las paredes, en el suelo, es como si a pesar de los años, no se me hubiera quitado del todo. Por eso siempre tengo frío en los pies, haga lo que haga.
- A ver Antonio... para tí es tu vida y te parece normal, pero es que... lo siento, no puedo parar de llorar, lo siento...
- Anda, no seas tonta, ya sé que muy normal no es.
- Es que...
- Por eso no me importa el frío que hace cuando vengo caminando, además de que enseguida entro en calor, en cuanto me pongo a andar.
- Claro...
- Y por eso, cuando el otro día te dije que habías tenido mucha suerte por haber podido estudiar una carrera, pensaba en que a mí me hubiera gustado muchísmo estudiar. No pude porque cuando cumplí los diecisiete años me sacaron del Reformatorio y me tuve que poner a trabajar para ganarme la vida. Volví a casa de mis padres, pero casi nunca estaba allí. Hacía trabajos por ahí. Pero me hubiera gustado estudiar. Al menos encontré lo del culturismo y eso me ayudó a no liarme en cosas raras.
- Entiendo -le volví a responder, sabiendo que era imposible que yo pudiera entender por todo lo que había pasado-.

Llegó el silencio y después de un rato me dijo:
- Ahora que te lo he contado me siento mejor.
- Me alegro, pero yo no... creo que podía vivir perfectamente sin saberlo...

Se rió y continué:
- ¿Sabes? no sé si has pensado en el mérito que tienes. Dices que te hubiera gustado estudiar, tener un título universitario y para mí, que hayas llegado donde has llegado, con lo que traías a la espalda, tiene infinítamente más valor.
- Si, a veces lo pienso, pero... no soy el único, otros también consiguieron salir de todo aquello bastante bien.
- Encima no repartas el mérito, que no tiene nada que ver. Eres sencillamente admirable.
 
Por eso, cuando aquella mañana me dijo que había soñado con Tielmes, me preparé para revivir con él sus recuerdos, que pugnaban por salir y que al hacerlo, le aliviaban de alguna manera el peso que soportaba su alma.

Cuando meses después le despidieron del trabajo, con una pequeña reunión de cinco minutos y un cheque con su indemnización, me abrazó, con lágrimas en los ojos y me dijo que volvería a verme algún día, que todo iría bien, que no me preocupara.
A mí me despidieron dos días después, por lo visto a la Empresa no le salían las cuentas.
Trabajó durante dieciocho años en lo que para él fue el mejor trabajo de su vida, de una vida que nació en la desgracia y que sólo él consiguió reconducir, sin ninguna ayuda. 

Me pregunto si a los últimos responsables de mi Empresa les importaba, de alguna manera, Antonio. 
Y la respuesta es muy sencilla... no.
Todos y cada uno de ellos contribuyeron a que Antonio, aquel día que tuvo que despedirse de mi, entre lágrimas, añadiera otra muesca más a su enorme lista de decepciones.

Espero que Dios los recompense como merecen, porque esa sería la única razón por la que ahora debería existir, cuando antes nunca lo hizo.