Está escrito en el libro sagrado...

Estoy leyendo "Ladrón del tiempo" de Terry Pratchett.
No es que sea el mejor libro para leer cuando hace una semana y tres días que te has mudado de casa.
Al menos yo, cuando todo a mi alrededor se desmadeja y revuelve, lo que necesito es equilibrio y estabilidad.

El caso es que la casa perfecta estaba en venta y nos decidimos a comprarla, así, de repente.
Podíamos haber esperado otro año más, porque al fin y al cabo no teníamos aún obligación de reinvertir por el IRPF, pero es que fue como cuando llegas a mirar el mar después de un viaje por carretera de siete horas del tirón.
Joder, por fin está ahí, sin más.

Había planificado una semana de visitas a todos los pisos que entraban dentro de lo que estábamos buscando, una semana entera a jornada completa, y cuando acabó la semana habíamos visitado una media de cuatro pisos al día.
Pues bien, nuestra casa fue la primera que visitamos.

Las cosas sólo salen bien cuando todo encaja sin esfuerzo alguno, o te esfuerzas mucho por deporte, porque al fin y al cabo siempre salen como deben de salir, quieras o no.
No querer que salgan como deben salir generalmente se debe a razones superficiales o absurdas, pequeños obstáculos que uno mismo se pone porque no puede creer que las cosas sean como son y ya está, pero es que es inevitable.

Está claro que la metáfora de dejar que todo fluya como un río está muy manoseada, pero eso no hace que deje de ser una verdad como un templo, zen, claro, pero un templo al fin y al cabo.
Y es que cuando te dejas llevar por la corriente dentro del camino correcto, todo es tan sencillo, tan fácil, que es sorprendente.

No puedo evitar sentirme como Wen, El Eternamente Sorprendido. Siento que el mundo es completamente nuevo con cada parpadeo, pero es que resulta que desde hace una semana realmente lo es.

Todo ha vuelto a cambiar, estuvimos navegando hacia el futuro y por fin hemos llegado a puerto, estamos en casa, en nuestro hogar y es rematadamente perfecto.
Ya me dá miedo que las cosas vayan tan bien, porque parece que todo lo que sube tiene la manía de bajar y estrellarse contra el suelo, pero cuando lo pienso, no es una subida, no es un subidón, no es la cumbre de nada, es sencillamente el lugar y el momento perfecto. 

Sé, porque me lo recuerda la inscripción de mi anillo, que "esto también pasará", pero cuando me toque leerlo en las horas bajas, estoy segura de que ya no lo serán tanto.