1 de diciembre de 2006

El cielo de Orión

El otro día fuimos a comprar el disfraz que la Reina llevará en la función de Navidad. Después de buscar en varios sitios y no encontrar nada, pensamos desesperados donde comprarlo, y me acordé de una tienda pequeñita que había en el Zoco de Pozuelo. Cuando ibamos llegando comenté al Oráculo que hacía mucho tiempo que no pasábamos por allí, y calculando, resulta que hacía más de diez años.

Bajamos del coche y desde el parking, miramos hacia la entrada por la que antes pasábamos cada fin de semana, cuando ibamos al cine, o de compras, o a jugar un billar.
Sobre la puerta ya no estaba el gigantesco ventilador.
Lo recordaba tan grande como la puerta, girando siempre muy lentamente, con un zumbido rítmico y lúgubre.

Una noche de invierno, cuando llegábamos a la última sesión del cine y no había nadie, y comenzaba a condensarse la niebla hasta conseguir transformarse en fina lluvia, mirando la cúpula de la entrada, con el ventilador en el centro y el vapor saliendo a través de él, imaginamos que estábamos en Blade Runner, con Nexus diciendo:
"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas en el cielo de Orión. Brillar Rayos C en la oscuridad, cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos instantes se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir"

Por eso desde entonces, cada vez que cruzábamos la puerta decíamos... "todos esos instantes se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia", y desde la primera vez que lo hicimos, ya daba igual si lucía el sol y eran las dos de la tarde, siempre recordábamos la sensación de aquella noche, y al pasar por la puerta repetíamos la frase.

Así que el otro dia, como si hubiéramos viajado a través del tiempo, el Oráculo y yo nos cogimos de la mano, y mientras cruzábamos la puerta, aún sabiendo que todo había cambiado, volvimos a decir... "todos esos instantes se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia", y entonces supimos que ningún instante se pierde, que todo regresa, en el momento justo, con la mirada perfecta, con la sonrisa de complicidad de dos que siempre han sido uno.