30 de septiembre de 2008

Hyde Park

El Señor Hyde caminaba tambaleándose directamente hacia ella, unos pasos más y conseguiría tocarla.
Se mantuvo firme, mirándole, observando su ropa hecha jirones, viendo como la sangre se derramaba de sus heridas.

Alzó su brazo derecho, sosteniendo con fuerza el revólver, la mano izquierda rodeó la muñeca y apuntó a la cabeza.
Un disparo, dos, y el gigante cayó a sus pies. Rozó levemente la punta de su zapato.

Dejó caer el revólver, se giró hacia la barra y apuró el último sorbo del martini.
Recogió la gabardina del taburete, se la puso y caminó hacia la puerta, lentamente.
El silencio era tenso, espeso, como la niebla de humo en la que el bar estaba envuelto.
Se apartaron para dejarla pasar y alguien abrió la puerta.

Salió a la calle y la lluvia comenzó a mojarle el cabello, el Doctor Jekyll la esperaba fuera, paciente, sabía que lo conseguiría. Abrió su paraguas y la abrazó, cobijándola en él.