18 de noviembre de 2006

Hacia los 40 años y un dia

Hoy cumplo los últimos treinta y..., a partir de mañana iré caminando hacia los cuarenta.
Supongo que cada vez iré percibiendo con mayor claridad, si es que eso es posible, el envejecimiento de cada célula de mi cuerpo.
No es que me moleste envejecer, lo llevo bien, sencillamente es que no me parece justo.

Cuando tienes 20 años la energía que te mueve es inagotable, noches sin dormir, excesos de todo tipo, pareces viajar en una montaña rusa de experiencias y sensaciones, encadenas día tras día y el mundo es un tipo lento que no consigue seguir tus huellas.
Vas tan rápido que los demás te parecen amebas atónitas de su propia existencia y buscas con quien compartir el huracán de emociones con que te embriagas, a cada minuto.
La gente que te rodea es guay o cutre, la carrera es sólo un trámite que cumplir, lo único que importa es la diversión, el placer instantáneo, el ahora.

Cuando tienes 25 años te vas dando cuenta que el tiempo pasa, y deja huella, y que lo que haces importa, y te afecta.
Comienzas a pensar que debes planificar un poco tu vida, seguramente ya tienes pareja, y estás seguro de que la amarás el resto de tu vida.
Acabaste la carrera y buscas un trabajo que te llene y que te haga feliz, quieres ser útil a la sociedad.
Mientras decides cómo poner en marcha todo ese cúmulo de buenas intenciones, tu prioridad sigue siendo divertirte con los amigos, conocer gente que te llene y hacer cualquier cosa que no hayas hecho cuando eras demasiado joven para hacerla, en definitiva, te sientes completamente adulto y actúas como tal.

Cuando tienes 30 años sabes que los excesos se pagan cada vez más caros, cualquier exceso. Te das cuenta que debes abrirte camino tú solo.
Sabes que puedes contar con los demás, pero ya has comprendido que a los demás les cuesta tanto como a ti. Miras a tu alrededor y tratas de situarte y encontrar tu lugar, ya compartes tu vida sólo con quien quieres y esperas encontrar la forma de construir una familia, como cualquier persona.
Has descubierto que el trabajo es sólo trabajo, y se llama así porque es lo que haces sin querer hacerlo. Tus amigos también van acusando el esfuerzo de salir adelante y cada vez las noches de fiesta son menos.
Algunos ya han tenido un bebé y cuando vas a visitarlos piensas cómo seras tú cuando tengas un hijo. En ocasiones piensas que nada es como creías que sería, que hay todo un mundo detrás del que nadie te había hablado.

Cuando tienes 35 años tu prioridad es tu familia. Una vez que asumiste que tu cuerpo ya no te acompañaría en noches de aventuras, aceptas con dignidad que los yogurines te llamen señor o señora.
Su juventud hace que se manifieste con claridad la que tú ya no poseees y aunque aún crees que puedes quemar algún cartucho, sabes que debes dejar que otros ocupen el lugar que una vez ocupaste tú.
El trabajo es un asco, pero el dinero es importante para sobrevivir, y más cuando de ti depende una familia. Decidiste comprar una casa porque quieres que tu esfuerzo lo disfruten un día tus hijos, que son lo más importante para ti.
Sigues adelante, sin mucho convencimiento de que lo que haces está bien, pero ya estás seguro de que eso es lo que le pasa a todo el mundo.

Cuando tienes 39 piensas que definitivamente sigues siendo la misma persona que una vez cumplió 20 años, que todo es blanco o negro, que la gente es guay o cutre, que quieres divertirte, tener un trabajo que te llene, no necesitar el dinero para vivir, estar con quien amas y que ardan en el infierno la marabunta de gilipollas a los que odias, quieres disfrutar, sentir placer, quemar kilómetros como si nada importara, ser absolutamente feliz, y sabes que ahora que por fin descubriste como no quieres que sea tu vida, será exactamente como no quieres que sea.

Ese tipo lento que era antes el mundo ahora está a tu lado, sigues su ritmo y puedes ver sus secretos, comprendes lo que espera de ti, y como siempre, sabes que de una forma u otra lo obtendrá.
Pero mientras tanto... continúas caminando.