13 de abril de 2007

El Trébol

La costumbre consistía en reunirse a tomar unas cervezas en los puntos de pliegue del espacio-tiempo.

Al principio de los viajes en el tiempo estos puntos de reunión no existían como tales. La Agencia los tenía detectados pero en ellos no había lugares de reunión, lo que había era ni más ni menos que lo que existía en ese sitio y en ese tiempo. Podía ser un bosque, estar en mitad de un río, bajo el océano o a cientos de kilómetros del suelo.
Con el tiempo se fueron construyendo en esos puntos unos locales, en los que los Agentes podían detenerse a charlar, a cambiar impresiones de sus viajes o sencillamente a tomarse algo entre salto y salto.

El espacio-tiempo es un continuo formado por cuatro dimensiones. Tres de ellas son el espacio y una es el tiempo. Las tres que forman el espacio son la altura, la anchura y la profundidad, pero en realidad son tres aspectos de una misma dimensión. El tiempo es una dimensión diferente que está asociada al espacio de forma que son uno, sin ser la misma cosa, ni comportarse de la misma manera.

A nuestro profesor de la Academia, donde los Agentes estudiamos las nociones básicas de los saltos, le gusta describir el continuo espacio-tiempo como una cinta de velcro.
El espacio es la parte de la cinta de los ganchos, que atrapa al tiempo, que es la parte de la cinta algodonosa. A veces la cinta de algodón se escapa y crea bucles, que son los que aprovechamos nosotros para hacer los saltos.

Si pensamos en el espacio-tiempo como un laberinto en el que todos los caminos llevan a la salida, el momento presente sería el camino más corto y los momentos alternativos al presente serían los caminos más largos, que estarían formados sólo por tiempo y no por espacio.
Por eso es importante conocer con exactitud en qué momento estás cada vez que das un salto, ya que resulta irrelevante el espacio, que por decirlo de manera sencilla, siempre es el mismo.

Aquel día nos reunimos en el bar irlandés de Guolf, un yankee gigante e irreverente de pelo rojo, al que a veces le gustaba servir la cerveza lanzándola a lo largo de la barra de madera.
La jarra quedaba exactamente enfrente del cliente que la hubiera pedido y tenía tanta maestría, que se ajustaba al milímetro. Cuando la distancia pasaba los cuatro metros, su hazaña provocaba el aplauso general.

Guolf era un Agente nato, no de academia, había nacido con la facultad de ver los pliegues de forma natural, localizando uno de ellos donde vivía, en Mashpee, Massachusets.
El pliegue era tan estable que la Agencia decidió construir allí uno de los locales más importantes de la Tierra y por supuesto, Guolf pasó a encargarse de su gestión.
Se sentía muy afortunado, ya que a diferencia de la mayoría de los Agentes podía visitar con frecuencia a su familia y fue por eso por lo que lo bautizó con el nombre de "El Trébol" y grabó en la puerta de madera de la entrada un trébol de cuatro hojas, que pintó de verde.

Ya estaba cayendo la tarde, lo habíamos pasado bien contando nuestras historias a un grupo de novatos, que nos miraban con expresión de admiración.
Isabel, que era una de ellos, acababa de entrar hacía pocos meses a la Agencia y estaba en período de prácticas. Resultaba que tenía familia en Cape Cod, a pocos kilómetros de "El Trébol".
Eran parientes lejanos, tanto, que se trataba en realidad de su bisabuelo, que en ese tiempo "real" tenía la edad de doce años.

Todos sabemos y además es uno de los primeros cursos de la Academia, que no se deben utilizar los saltos sin objetivo concreto establecido previamente, acompañado siempre de la autorización expresa de la Agencia.
Es cierto que podemos saltar a cualquiera de los locales y viajar en el tiempo asociado a ese espacio mientras estamos en ellos, pero lo hacemos con un salto desde dentro del mismo local, al tiempo que sea nuestro objetivo, nunca salimos directamente de la burbuja temporal.
Nadie había infringido antes esa norma.
Hasta que Isabel, esa tarde, lo hizo.

La más veterana en ese momento era yo, debería haber supuesto que la tentación era demasiado grande para ella y quedarme vigilándola, pero parecía una chica responsable.
Me levanté a por una bolsa de cacahuetes de la máquina del fondo del local y mientras regresaba a la mesa, la vi levantarse y caminar decidida al límite de la burbuja.

La traspasó y en ese momento, desapareció. Se hizo completamete invisible.
Me quedé petrificada, nadie nos había dicho que transgredir el sistema de saltos provocara la volatilización.
Todos estábamos paralizados de la impresión.
Entonces el shock fue aún mayor, vimos como una corriente de aire parecía moverse a través del local, como si alguien que no veíamos estuviera caminando por él.
Chaquetas colgadas de las sillas que se aplastaban, como si las comprimieran para pasar, servilletas de papel que se levantaban, un cliente se giró, mirando al aire, como si alguien lo hubiera empujado.

Se abrió el portón de madera y Guolf, que estaba secando unos vasos, levantó la mirada, extrañado, esperando que alguien entrara.

Fue entonces cuando supimos por qué no se permitía salir de los locales sin autorización expresa.
Cuando se hacía de ese modo, los Agentes resultábamos completamente invisibles.