9 de febrero de 2008

La inspiración

La sala es gigantesca, las estanterías repletas de libros se ordenan una detrás de otra, no hay apenas luz, está atardeciendo y los últimos rayos del sol iluminan la bóveda central, a varios metros de altura.

Se asoma temerosa por el arco de la entrada, el suave sonido cada vez se escucha más cerca, pero no sabe de donde procede. Agazapada sigue escuchando, mientras anochece.

Al fin se decide a entrar sin hacer ruido y cuando la oscuridad inunda completamente la estancia, al fondo, en una de las mesas de lectura, puede distinguir una silueta que oculta tras de sí la tenue luz de una lámpara. Está sentado de espaldas, parece un anciano, se encorva sobre la mesa y sus movimientos son rítmicos.

Está escribiendo. El sonido lo produce el golpeteo de sus dedos sobre las teclas de una máquina de escribir. No descansa, sus dedos acarician las teclas, cada palabra que escribe atraviesa el tiempo y el espacio y consigue que en alguna parte del mundo alguien sienta la necesidad de crear.

Es el maestro de la inspiración. Los libros que llenan la biblioteca son las obras que serán creadas en el futuro, y hay millones de ellas esperando transformar la realidad.

- Maestro, siento mucho molestarle.
Pero el anciano continúa con su tarea, no parece escucharla.
- Maestro, necesito su ayuda, no consigo encontrar las palabras adecuadas, no consigo encontrar el momento, mi inspiración me ha abandonado, he perdido el amor.
El anciano se detiene y reposa sus manos en su regazo.
- Por favor Maestro, dígame sólo una palabra que consiga volver a inspirarme, no necesito nada más, sólo una palabra que me guíe a través de esta oscuridad. Quiero recuperar mi inspiración.

El anciano se incorpora como si nunca antes lo hubiera hecho, se levanta de la silla, muy despacio, coge la lámpara y camina lentamente hacia las estanterías.

La oscuridad a medida que avanzan es cada vez más densa, ella le sigue detrás, muy cerca, caminan a través de laberínticos pasillos, dejando atrás miles de volúmenes, libros grandes, pequeños, estrechos y alargados, de lomos dorados o sencillos lomos de cartón, gruesos como enciclopedias, todos esperando ser escritos algún día.

Finalmente se detiene y despacio, coge uno de ellos. Es muy delgado y liviano, parece muy antigüo, a pesar de que aún no ha sido escrito. Extiende su mano hacia ella y se lo da, oculta la luz de la lámpara, y en silencio se aleja.

Ella permanece en la oscuridad, abrazando el libro con todo el amor que alguna vez fue capaz de sentir, hasta que se queda dormida.
Cuando despierta, el sol ilumina la biblioteca. Se levanta y corre entre las estanterías hasta que encuentra el camino hacia la mesa donde estaba el Maestro, que ahora está vacía.

Se sienta en el mismo sitio que él ocupaba y con sus manos temblorosas deja el libro sobre la mesa, acaricia su lomo y lo abre.
En la primera página las palabras comienzan a escribirse:

"La sala es gigantesca, las estanterías repletas de libros se ordenan una detrás de otra..."