3 de abril de 2008

La mariposa blanca

La reunión había empezado a las diez, eran ya las doce y cuarto y no tenía la impresión de que fuera a acabar pronto.
- Disculparme un momento, tengo una llamada urgente, ahora mismo vuelvo.

Salió de la sala de reuniones mirando el móvil y fingiendo tocar los botones. No aguantaba más.

Su Jefe era un plasta consistente, no había dejado de hablar desde que comenzó la reunión.
Era un incontinente verbal encantado de escucharse a si mismo, un torrente de palabras encadenadas sin el menor sentido de las bondades de un argumento sintético.
Un pesado sublime de esos que no te dá opción a preguntar, a rebatir, a pensar.

Sólo hablaba y hablaba, llenando el aire de imaginarias burbujas vacías de cualquier información o interés, sólo el murmullo, el río del tedio fluyendo sobre la mesa de reuniones, entre los papeles, desparramándose hacia el suelo, invadiendo las paredes, asfixiando cualquier iniciativa, ahogando cualquier resquicio de inteligencia.

Su incompetencia debería ser delito de ejecución inmediata, por la mano de aquellos que la sufrían. Su estupidez, su mediocridad, su incoherencia, todas las cualidades que le adornaban deberían ser agravantes para que esa ejecución conllevara un sufrimiento mayor.

Qué gigantesca ineficacia, qué falta de respeto hacia la humanidad que pretende evolucionar desde el eslabón perdido.

Con esos pensamientos en su cabeza bajaba las escaleras hacia el portal del edificio, para fumarse un cigarrillo. No había salido aún cuando ya lo tenía en sus labios y según cruzó la puerta el chasquido de la piedra del mechero contra el metal de la rueda produjo la llama.
La acercó al cigarrillo y aspiró, sintió el humo entrar en su boca, en sus pulmones. Un segundo y lo expulsó con furia.

Siguió caminando, hacia el parking, daría una vuelta y volvería cuando ya se hubiera calmado. Otra calada. Sin ningún resultado. La ansiedad no decrecía. Otra más.
Se apoyó en el muro del edificio. Hacía sol, un día precioso.
O un día como tantos, como muchos que había pasado perdiendo el tiempo de similares maneras ¿qué sentido tenía todo esto?, ¿merecía la pena?.

Volvían a su recuerdo las conversaciones consigo misma acerca de lo inhumano de vivir de esta manera, de lo absurdo de permanecer constantemente aguantando, sin límite, cuando apareció, de repente, una pequeña mariposa blanca.
Brillante y delicada aleteaba frente a ella, a la altura de su mirada.
Iba arriba y después bajaba. Fue hacia la derecha, voló al lado del muro y regresó de nuevo, permaneció un momento justo enfrente y después voló rápidamente hacia arriba, en dirección al sol. Trató de seguirla hasta que se deslumbró.

Pensó en la alegría que simbolizan las mariposas, pensó en la transformación, en la crisálida que se abre para dar lugar a un nuevo ser, la misma esencia con alas de libertad.

Sonrió y tiró el cigarrillo, ya no le hacía falta, la ansiedad había desaparecido. Su espíritu volaba, como la mariposa, por encima de todo aquello que lo ataba a la tierra. La esencia era la misma, pero ella era diferente.
Cualquier experiencia tiene el valor que uno quiera darle y ella decidió que de aquel día, la experiencia valiosa sería el vuelo de la mariposa y no aquella inútil y superflua reunión que no le aportaba nada.

Regresó de un humor excelente e hizo una propuesta para sucesivas reuniones.
Se podría plantear un orden previo de asuntos a debatir y un control del tiempo en las exposiciones, para conseguir que no se dilataran de forma irremediable.
Después de un sepulcral silencio, de varias miradas cómplices y muchas sonrisas escondidas, la propuesta fue calurosamente acogida por el resto del equipo, incluso una compañera se atrevió a decir, más allá de lo conveniente para conservar su trabajo, que traería para la próxima reunión un reloj, y lo pondría en el centro de la mesa.

La reunión se dió por finalizada.