3 de enero de 2008

Cribo, luego existo

Mi amiga C. no consiguió que ninguna de sus relaciones cuajase. Tenía especial querencia a arrimarse a fulanos engreídos, colmados de sí mismos, rutilantes, espléndidos en regalos materiales y usureros de cariño.

Siempre pensé que mejor que se quedara sola que con alguno de ellos, así que ahora, cumplidos ya los cuarenta, charlamos de cómo nos ha ido la vida y siempre salen a colación esos extraños seres humanos que son los hombres.

Me comenta que los ojos se le van tras los chavales que rondan la treintena, porque los que se supone que le corresponderían por edad están todos hasta arriba de complicaciones, estrés, familias, exfamilias, hipotecas, michelines, abandono y desilusión.
No le puedo criticar el gusto, porque lo comparto.
Hay tan pocos hombres que continúen manteniendo la capacidad de seducir según van sumando años, que al menos los que aún sienten la llamada más salvaje saben cómo hacer para llegar al corazón de una mujer, aunque como siempre sea sólo como medio para llegar al lugar que realmente les importa.

Y es que a estas alturas ya no esperas que te regalen una docena de rosas rojas, como símbolo del profundo amor que sienten por ti. Sólo esperas que mantengan la armonía adecuada que no haga desaparecer la pasión, al menos hasta que se consuma, y no acabar tirados por ahí como autómatas que sólo buscan satisfacer un deseo que, para eso, bien puede cumplirlo uno misma.

De vuelta al mercado de las relaciones contemplo mis posibilidades y trato de ser optimista. Tal vez podría ser peor, aunque ¿cómo?, no consigo imaginarlo.

Al menos con la juventud los defectos se desdibujan entre músculos repletos de fuerza y hormonas que arden en las zonas más oscuras. La expresión más instintiva del sexo invita a dejar de pensar en la obviedad de que hay momentos que tienen establecido de antemano un final, pero con una cierta edad eso ya no ocurre. El listón está tan alto que sólo pensar en que hay que llegar hasta allí, desmotiva.

Buscas entre los fantasmas de garitos desfasados alguna mirada que te haga soñar, sin darte cuenta que ni siquiera la tuya lo consigue.
No esperas encontrar a alguien con quien compartir lo mejor de ti, porque lo mejor de ti ya lo has vivido, y tampoco sabes cómo podrás compartir la cuesta abajo en compañía, cuando es tan dificil hacerlo en soledad.

Creo que con el paso del tiempo uno se acostumbra a tolerar entre poco y nada, lo que deja muy poco margen para comenzar cualquier relación.
Un sólo gesto espanta, una palabra dicha de un modo determinado borra al autor del planeta de posibles candidatos, la búsqueda sólo terminará después de una elaborada y analítica criba que ni siquiera el más perfecto de los hombres superaría.

Siempre se puede ser menos exigente, claro, y de vez en cuando ocurre, justo antes de que te preguntes por qué demonios cambiaste al soñado príncipe azul por ese gañán.

En fin, tampoco hay que ser tan derrotista, en algún escondido lugar sigue existiendo el amor, aunque no sea correspondido.